La Mano De Fátima
- Автор: Фальконес Ильденфонсо
- Язык: испанский
- Жанр: Историческая проза
Электронная книга - «La Mano De Fátima». Краткое содержание книги:
– Según el pergamino, esto es el velo de la Virgen María -señaló el lienzo triangular-, con el que secó las lágrimas de Jesucristo en su pasión; una tablilla de la Virgen y un hueso de san Esteban.
– ¡Lástima! -saltó don Pedro-. Los cristianos no tendrán las reliquias de san Cecilio que tanto buscan.
– San Cecilio no podía escribir y aportar un hueso suyo al mismo tiempo -adujo Hernando con una sonrisa.
– Es un velo sencillo -afirmó Castillo palpando la tela. Hernando asintió-. ¿Puedo saber cómo has conseguido todo esto?
– La tablilla la tomé prestada de un exvoto que estaba al pie de un altar dedicado a la Virgen, en Córdoba. Luego, en las dehesas, la envolví en un paño y la introduje en un hoyo con estiércol para que tomase aspecto de antigua…
– Buena idea -reconoció Luna.
– Sé algo de los efectos del estiércol sobre cualquier objeto -explicó Hernando-. En cuanto al hueso y al lienzo… pagué a unos desgraciados del Potro para que exhumaran algunos cadáveres de las fosas comunes del campo de la Merced, hasta que me hice con un lienzo y un hueso limpio…
– ¿Podrían reconocerte? -le interrumpió Castillo.
– No. Era de noche y en todo momento fui embozado. Pensaron que lo quería para brujería. Nadie puede relacionarlo con nuestro proyecto. ¡Salí cargado de huesos!
– ¿Y ahora? -planteó don Pedro.
– Ahora -contestó Castillo-, debemos encontrar la forma de hacer llegar nuestro primer mensaje a los cristianos. Entiendo que éste no es más que el primer paso de un plan mucho más ambicioso, ¿no es así? -Hernando asintió a las palabras del traductor-. Veremos cómo reacciona la Iglesia ante su venerado obispo y patrón de Granada manifestándose en árabe…
– Y ante la profecía -añadió Hernando.
– La profecía la interpretarán a su conveniencia. No te quepa duda.
– Me recomendaste que fuera ambiguo -se quejó entonces.
– Sí. Es imprescindible. Lo importante es sembrar la duda. Habrá quien lo interprete a favor de la Iglesia, pero habrá otros que no lo entiendan así y se entablarán discusiones. En estas tierras somos muy dados a ello. Sólo es necesario que uno diga una cosa para que el otro sostenga lo contrario, aunque sea para ganar protagonismo. Con toda seguridad, Miguel y yo seremos llamados a traducir el pergamino; ya nos ocuparemos nosotros de hacerlo a nuestra conveniencia. Si fuésemos precisos y mandáramos un mensaje claro a favor del islam, lo tacharían de hereje desde un principio y no habría lugar a la discusión; hay mucha gente que sabe árabe. Ese mensaje, el contenido en el evangelio que has descubierto… Por cierto, ¿lo has traído? Me gustaría leerlo.
– No, lo siento -se excusó Hernando-. Todavía no he terminado de transcribirlo y prefiero no correr riesgos con el original.
– Haces bien. Bueno, como os decía, ese mensaje, la Verdad, debe llegar en el momento en que hayamos sembrado las mayores dudas posibles; debemos preparar concienzudamente su aparición. El problema sigue siendo qué hacer con esto. -Castillo señaló los objetos depositados sobre la mesa-. ¿Cómo esconderlos para que los cristianos los encuentren?
– Están derribando la Torre Vieja La Turpiana-apuntó don Pedro.
– Sería el lugar idóneo para nosotros -asintió Luna-: el antiguo alminar de la mezquita mayor.
– ¿Cuándo? -terció Castillo.
– Mañana es la festividad del arcángel Gabriel -sonrió Hernando.
Los cuatro se miraron. Gabriel era Yibril, el ángel más importante para los musulmanes, el que se encargó de transmitir al Profeta la palabra revelada.
– Dios está con nosotros. No hay duda -se felicitó don Pedro.
Castillo buscó con qué escribir, luego pidió permiso a Hernando, que se lo concedió con un gesto de la mano, y añadió unas frases en latín y castellano al pergamino, en las que entre otras cosas se ordenaba esconderlo en lo alto de la Torre Turpiana.
Los demás lo observaban en silencio.
– Más incógnitas para los cristianos -anunció al terminar, entre soplo y soplo sobre la tinta para que se secase-. Mañana por la noche, iremos a la torre.
Igual que sucedía con la Turpiana, el cuerpo del campanario de la iglesia de San José, en el Albaicín, había sido el alminar de la más antigua de las mezquitas de Granada, la Almorabitin, pero a diferencia de lo que estaba ocurriendo con la Turpiana, en este caso se había procedido al derribo de la mezquita y se mantuvo su alminar. Amaneció un día que presagiaba sol y calor. Hernando madrugó y merodeó por los alrededores del templo. La noche anterior, antes de retirarse, en un aparte con don Pedro, le había preguntado sobre el oidor don Ponce de Hervás: quería saber si sus amoríos con Isabel habían tenido alguna consecuencia.
– Ninguna -contestó el noble-. Tal como te anuncié, el juez no va a provocar ningún escándalo. Puedes estar tranquilo.
Hernando se recreó en la composición que formaba la desigual sillería y las lajas de piedra dispuestas en dibujos almohadillados del alminar. Una maravillosa ventana en arco de herradura, manifiestamente musulmana, que se conservaba en una de sus paredes, captó su atención. Trató de imaginar tiempos pasados, cuando los musulmanes eran llamados a la oración desde aquel alminar, y estuvo a punto de no reconocer a dos mujeres que, entre los feligreses, abandonaron la iglesia una vez finalizada la misa. Sin embargo, el pelo rubio de Isabel refulgía bajo el sol incluso entre los delicados bordados de la mantilla negra que cubría su cabeza y enmarcaba su rostro. Hernando sintió un escalofrío al verla moverse, orgullosa, altiva, inaccesible. Doña Ángela andaba a su lado, vigilante y malcarada. Ninguna de las mujeres se fijó en él; las dos caminaban en silencio, mirando al frente. Permaneció oculto en el quicio de una de las pequeñas puertas de una casa morisca y las vio descender en dirección al carmen. La noche anterior, la visión de una iluminada Alhambra había dado alas a una renacida pasión. Con los ojos puestos en Isabel, las siguió a cierta distancia, entre la gente. ¿Qué podía hacer? Doña Ángela no le permitiría hablar con Isabel y cuando llegara al carmen ya no podría ni acercarse a ella. Se cruzó con cuatro mocosos que holgazaneaban en la calle. Extrajo un real de su bolsa y lo mostró; los muchachos le rodearon de inmediato.
– ¿Veis a aquellas dos mujeres? -señaló Hernando, procurando que ninguna de las personas que deambulaban a su alrededor se percatase de sus intenciones-. Quiero que corráis hacia ellas y tropecéis con la más baja de las dos. Luego la distraéis durante un buen rato. A la otra ni rozarla, ¿entendido?
Los cuatro asintieron al tiempo y tal como el mayor de ellos agarró el real, salieron corriendo sin necesidad de trazar plan alguno. Hernando se apresuró calle abajo, sorteando a hombres y mujeres y planteándose si no se habría excedido; la prima del oidor era una persona mayor…
El grito de una mujer resonó en el callejón cuando doña Ángela salió despedida hasta caer de bruces, cuan larga era, sobre la tierra. Hernando meneó la cabeza. ¡Ya no tenía solución! Los mocosos no tuvieron necesidad de distraer a doña Ángela: un corro de viandantes se formó en derredor de las mujeres mientras los chavales escapaban a las imprecaciones y a algún que otro pescozón. Se acercó al grupo; dos personas trataban de ayudar a doña Ángela a levantarse; otras miraban y un par de hombres hacían aspavientos hacia los muchachos, ya lejos. Isabel estaba inclinada sobre doña Ángela. Mientras la accidentada era izada por las axilas, Isabel pareció presentir que alguien la observaba, así que se irguió y miró entre la gente hasta que dio con Hernando, situado justo enfrente de ella, entre un hombre y una mujer que se habían detenido a contemplar la escena.
Se miraron con intensidad. Isabel resplandecía. Hernando dudó entre sonreír, lanzarle un beso, rodear el corro para agarrarla del brazo y llevársela de allí o sencillamente gritar que la deseaba. Pero no hizo nada. Ella tampoco. Mantuvieron sus ojos fijos el uno en el otro hasta que doña Ángela logró sostenerse en pie sin ayuda. Hernando se distrajo al observar cómo una mujer se empeñaba en frotar el vestido de la prima del oidor para limpiarlo de arena mientras ésta rechazaba la ayuda, como si tuviera prisa por escapar de la situación. Al mirar de nuevo hacia Isabel la encontró con los ojos llorosos; su mentón y su labio inferior temblaban. Hernando hizo un movimiento hacia ella, como si tratara de acercarse entre la gente, pero Isabel apretó los labios y negó con la cabeza de forma casi imperceptible, en un mohín expresivo que se coló hasta la médula del morisco. Luego, acompañadas por la mujer que había tratado de limpiar el vestido de doña Ángela, ambas damas continuaron su camino: la prima cojeando y quejándose, Isabel reteniendo las lágrimas.