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Электронная книга - «La Mano De Fátima». Краткое содержание книги:

El libro relata la apasionante historia de un joven morisco en la Andalucía del siglo XVI, atrapado entre dos religiones y dos amores, en busca de su libertad y la de su pueblo. Un relato emocionante que pretende reflejar la tragedia del pueblo morisco, ahora que se cumple, en 2009, el cuarto centenario de su expulsión de España. Una novela que nos relata la vida y aventuras de un joven fronterizo y enamorado que nunca se resignó a la derrota y luchó por la convivencia de las religiones cristiana y musulmana. Ildefonso Falcones arrastra al lector en un fascinante recorrido por escenarios como las agrestes montañas de las Alpujarras -y la guerra que en ellas se libró-, así como por la imponente Córdoba, la antigua ciudad califal: con su mezquita catedral, su vieja medina, sus calles y su bullicio. Una novela en la que los lectores de La catedral del mar encontrarán la misma fidelidad histórica, así como un apasionado relato de amor y odio que arrastra a su protagonista por los caminos de la aventura.
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Una noche trataba de ajustar las medidas de las letras a un alif previamente dibujado. Rodeó la primera letra del alifato árabe con una circunferencia en la que el alífera su diámetro, y se ejercitó en trazar las demás conforme al canon que marcaba aquella circunferencia. No llevaba ni media hora de ejercicio cuando comprobó que por más que se esforzase, no conseguía que la ba, horizontal y curvada, se circunscribiese a las medidas de aquella circunferencia ideal ni a la posición que debía ocupar en el plano con respecto al alif.

Rompió los papeles, se levantó y decidió ir a jugar al garito de Coca pese a que le tocaba perder. Llevaba dos noches perdiendo y aun así, Pablo le anunció que todavía debería hacerlo otra más.

– No puedes ganar siempre -le había advertido-. Es posible que nadie reconozca nuestra flor, pero todos pensarían que algo extraño sucede si siempre ganas y no tardarían en asociarte conmigo. Por más que me mueva de una tabla a otra, saben que eres mi amigo. Deja que corran los dineros.

A partir de ahí, Pablo le marcaba los días en que obtendría beneficio, ganancias que por otra parte siempre eran muy superiores a la suma de las pérdidas acumuladas. Con todo, Hernando se distraía en la casa de tablaje. Por más que hubiera aprendido, jugaba como un verdadero palomo y apostaba sin sentido salvo en el momento en el que el lóbulo de la oreja del coimero se movía. Además, cuando salía de la tabla, aprovechaba para visitar la mancebía, donde disfrutaba con una joven pelirroja de cuerpo exuberante y actitud lujuriosa. Antes de abandonar el palacio preguntó por el camarero, ya que le gustaba tenerlo a su lado el día en que le tocaba perder; así al menos podía charlar con alguien conocido. El duque se hallaba fuera, en la corte, preparando la invasión de Inglaterra y José Caro acudió presuroso.

– No pareces de buen humor -comentó el camarero al cabo de un rato de caminar en silencio.

– Lo siento -se excusó Hernando.

Sus pasos resonaban en las desiertas callejuelas del barrio de Santo Domingo. Andaban con energía, el camarero permitiendo que los eslabones y la vaina de su daga entrechocasen y tintineasen, para advertir a quienes pudieran estar embozados en la oscuridad de las noches cordobesas que se trataba de dos hombres fuertes y armados. Hernando llevaba un simple puñal escondido en su marlota, violando la prohibición para los moriscos de portar armas.

Ciertamente no estaba de buen humor. La idea de utilizar a la Virgen María para acercar a las dos comunidades seguía rondándole por la cabeza, pero todavía ignoraba cómo desarrollarla y no tenía con quién comentarla. Uno de los muchos altares que iluminaban Córdoba en la noche asomó al final de la calle por la que transitaban. Si durante el día la multitud de retablos, hornacinas e imágenes de las calles de la ciudad atraían los rezos y súplicas de los devotos cristianos, por la noche se erigían en verdaderos fanales que parecían indicar algún camino más allá de la oscuridad reinante. Se trataba de un retablo en la fachada de una casa, con velas encendidas, flores y una serie de exvotos a sus pies. Hernando se detuvo frente a la pintura: la Virgen del Carmen.

– Virgen santísima -murmuró José Caro.

– A ella no le tocó el pecado -susurró Hernando repitiendo inconscientemente las palabras del Profeta contenidas en los hadices.

– Así es -afirmó el camarero mientras se santiguaba-: pura y limpia, sin pecado concebida.

Continuaron su camino, Hernando absorto en sus pensamientos. ¿Acaso aquel cristiano podía llegar a imaginar que su afirmación sobre la Inmaculada Concepción no procedía sino de la Suna, la recopilación de dichos del Profeta? ¿Qué pensaría aquel hombre si le explicase que el reconocimiento como dogma de la Inmaculada Concepción por el que tanto luchaban los cristianos ya se hallaba contenido en el Corán? ¿Qué pensaría el camarero si le dijese que fue el Profeta quien sostuvo que a la Virgen nunca le tocó el pecado? ¿Qué pensaría ante la consideración en que el Profeta tenía a Maryam? «Tú serás la señora de las mujeres del paraíso… -anunció Muhammad a su hija Fátima cuando vio que la hora de su muerte estaba cerca-, después de Maryam.»

Hernando aligeró el paso. ¡Aquél era el camino que debían seguir para acercar las religiones y obtener el respeto que pretendían don Pedro y sus amigos para los moriscos! ¡Tenía que conseguirlo!

Obsesionado por esa idea, tuvo conocimiento de que ese mismo año de 1587 se había descubierto otra conjura entre moriscos de Sevilla, Córdoba y Écija, que querían aprovechar la carencia de defensas de la capital para hacerse con la ciudad hispalense durante la noche de San Pedro. Los cabecillas fueron ejecutados de forma sumaria; Abbas no se hallaba entre ellos, pero varios vecinos de Córdoba corrieron esa suerte. ¡Las armas! Jamás conseguirían con las armas otra cosa que no fuera soliviantar aún más a los cristianos y a su rey, pensó. ¡Querían castrarlos! ¿Acaso no se daba cuenta de ello la comunidad morisca y los ancianos y sabios que la dirigían?

Hernando por fin había pergeñado un plan: los granadinos buscaban mártires y reliquias, las necesitaban para hacer de su ciudad cuna de la cristiandad y compararse a los grandes centros de peregrinación de España: Toledo, Santiago de Compostela, Sevilla… ¿Por qué no proporcionárselos? Así se lo propuso a Castillo en una larga misiva.

Creemos en el mismo Dios, el de Abraham -escribió-. Para nosotros, su Jesucristo es el Mesías, la Palabra de Dios y el Espíritu de Dios, así lo afirma el Corán, muchas veces. ¡Isa es el Enviado!, lo dijo Muhammad, la salvación sea con Él. ¿Saben eso los cristianos? Nos juzgan como simples perros, como si fuésemos mulas ignorantes; ninguno de ellos se ha preocupado por conocer cuáles son nuestras verdaderas creencias y los polemistas, nuestros o suyos, con sus escritos y discusiones, profundizan más en todo aquello que nos separa que en lo que pudiera llegar a unirnos. Todos sabemos que trescientos años después de su muerte, la naturaleza divina de Jesús fue adulterada por los papas. Él, Isa, nunca se llamó Dios o Hijo de Dios, nunca defendió más que la existencia de un Dios, solo y único, como hacemos nosotros. Pero si la naturaleza divina de Jesús fue falseada por los papaces, no sucedió lo mismo con la de su madre. Quizá el hecho de que fuera mujer la relegó a un segundo plano y no se preocuparon de ella; aún hoy los papas, pese al clamor del pueblo, se resisten a elevar a dogma de fe la Inmaculada Concepción. Es, pues, en María donde nuestras dos religiones continúan coincidiendo, y quizá sea a través de María como podamos acercar a nuestras dos comunidades. Las polémicas sobre la Virgen giran en torno a su genealogía, no en cuanto a su consideración. Si el pueblo y sus sacerdotes, esos mismos que hoy nos consideran unos perros herejes, entienden que veneramos a la madre de Dios igual que ellos, quizá se replanteen sus posturas. La devoción mariana se halla a flor de piel en el pueblo llano; ¡no pueden odiar a quienes comparten con ellos esos sentimientos! Quizá sea ése el principio de entendimiento que con tanto ahínco buscamos.

Luego, Hernando desveló a Castillo, como si lo hubiera hallado entonces, la existencia de la copia del evangelio de Bernabé.

Con toda seguridad, un documento como el evangelio sería inmediatamente tachado de apócrifo, hereje y contrario a los principios de la Santa Madre Iglesia si viera la luz sin una previa estrategia. Empecemos a convencer a los cristianos de cuáles son nuestras creencias y cuál es la realidad; preparémosles para su conocimiento y algún día podremos mostrarlo para, por lo menos, sembrar en ellos la duda y conseguir un trato más benevolente y misericordioso.

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