Los Portales de Piedra
- Автор: Джордан Роберт
- Серия: La Rueda del Tiempo #4
- Год: 2005
- Язык: испанский
- Переводчик: Mila Lopez Diaz-Guerra
- Жанр: Эпическое фэнтези
Электронная книга - «Los Portales de Piedra». Краткое содержание книги:
Percibía la presencia de uno de los que odiaba allá fuera, en alguna parte, al sur, en dirección a Campo de Emond. Pero ¿cuál de ellos? Daba igual. Rand al’Thor era el único realmente importante. Lo habría notado si se tratara de él. El rumor no lo había atraído todavía, pero lo haría. Habría que pasar más rumores mediante los guardias de Bornhald apostados en Embarcadero de Taren, más noticias relativas a las violentas purgas llevadas a cabo en Dos Ríos que llegaran a oídos de Rand al’Thor y le abrasaran el cerebro. Primero, al’Thor, y después, la Torre, por lo que le habían arrebatado. Recuperaría lo que era suyo por derecho.
Todo había funcionado con la precisión de un reloj, a pesar incluso de las injerencias de Bornhald, hasta que el nuevo apareció con sus Hombres Grises. Ordeith se pasó los dedos por el grasiento cabello. ¿Por qué sus sueños al menos no iban a ser sólo suyos? Ya no era una marioneta cuyos hilos manejaban Myrddraal, Renegados y hasta el propio Oscuro. Las manejaba él, y no podían impedírselo; no podían matarlo.
—Nada puede acabar conmigo —murmuró, ceñudo—. He sobrevivido desde la Guerra de los Trollocs. —Bueno, al menos, una parte de él. Soltó una risa estentórea en la que se advertía un timbre de locura, pero, aunque lo advirtió, le dio igual.
Un joven oficial Capa Blanca lo miró con el ceño fruncido. Esta vez no había nada de amistoso en la mueca que dejaba a la vista los dientes de Ordeith, y el imberbe jovencito reculó. Ordeith siguió caminando sigilosamente.
Las moscas zumbaban sobre las tiendas de su campamento, y los ojos recelosos de los centinelas se apartaron con sobresalto de los suyos. Aquí las blancas capas estaban mugrientas, pero las espadas tenían filos aguzados y la obediencia era inmediata y sumisa. Bornhald creía que estos hombres seguían perteneciendo a su asociación, como también lo creía Pedron Niall, quien estaba convencido de que Ordeith era su perro amaestrado. Necios.
Retiró la lona de entrada de su tienda y nada más pasar al interior comprobó que su prisionero permanecía tendido en el suelo con los brazos en cruz sujetos a dos estacas lo bastante gruesas para sujetar un tiro de caballos. Las vueltas de las cadenas de grueso acero estaban tensas; había calculado cuánto haría falta para que resistieran y después utilizó justo el doble. Menos mal. Una vuelta menos, y aquellos fuertes eslabones de acero se habrían roto.
Con un suspiro, se sentó al borde del catre. Las lámparas, más de una docena, estaban ya encendidas sin dejar resquicio a las sombras. El interior de la tienda estaba tan iluminado como si fuera mediodía.
—¿Has pensado en lo que te he propuesto? Acepta y serás libre. Si rehúsas… Sé cómo hacer daño a los de tu clase. Soy capaz de hacerte gritar durante una eternidad. Muriendo eternamente. Gritando eternamente.
Las cadenas vibraron con una sacudida; las estacas profundamente clavadas en el suelo crujieron.
—De acuerdo. —La voz del Myrddraal sonaba como la piel seca de una serpiente al desecharla—. Acepto. Suéltame.
Ordeith sonrió. El Fado lo tomaba por un estúpido. Ya aprendería. Todos lo harían.
—Antes hemos de tratar el asunto de… digamos los acuerdos y compromisos, ¿no?
A medida que hablaba, el Myrddraal empezó a sudar.
32
Preguntas pendientes
Deberíamos salir pronto hacia Colina del Vigía —anunció Verin a la mañana siguiente, cuando el sol apenas apuntaba en el cielo—, así que no os entretengáis. —Perrin levantó la cabeza de las frías gachas de avena que estaba desayunando y se encontró con una mirada firme; la Aes Sedai estaba decidida a acompañarlos y no iba a admitir objeciones. Tras un instante, Verin añadió pensativamente—: No creas que esto significa que pienso ayudarte en cualquier empresa descabellada. Eres astuto, jovencito, pero no intentes ninguna de tus mañas conmigo.
Tam y Abell se quedaron con las cucharas a medio camino de la boca e intercambiaron una mirada sorprendida; saltaba a la vista que ya habían tenido sus más y sus menos con las Aes Sedai por querer actuar cada cual por su propia cuenta. Al cabo de un momento continuaron comiendo, aunque un gesto pensativo fruncía el entrecejo de los dos hombres. Ninguno de ellos expresó en voz alta objeción alguna. A pesar de todo, Tomás, que ya había guardado la capa de Guardián en las alforjas, les asestó a los tres una mirada dura, como si previera discrepancias y tuviera intención de ponerles fin sin andarse con contemplaciones. Los Guardianes hacían lo que fuera necesario para que una Aes Sedai se saliera con la suya.
Verin tenía intención de inmiscuirse, por supuesto —como hacían siempre las Aes Sedai—, pero el joven prefería tenerla a la vista que dejarla atrás sin saber qué se traía entre manos. Evitar completamente los enredos de las Aes Sedai era poco menos que imposible cuando estaban decididas a meter las narices en un asunto; en estos casos, sólo quedaba la salida de utilizarlas al tiempo que ellas lo utilizaban a uno, estar ojo avizor y confiar en ser capaz de escabullirse si decidían meterlo a uno de cabeza, como un hurón, por el agujero de una madriguera de conejos. En ocasiones el agujero que supuestamente era la entrada de una conejera resultaba ser el apostadero de un tejón, lo que ponía al hurón en una situación muy comprometida.
—Vos seréis también bienvenida —le dijo a Alanna, pero la mujer le dedicó una mirada gélida que lo enmudeció.
La hermana Verde había desdeñado las gachas de avena y se encontraba de pie ante una de las ventanas cubiertas con enredaderas, escudriñando entre la tupida cortina de hojas.
Perrin era incapaz de saber si le parecían bien sus planes de hacer una batida por los alrededores del campamento de los Capas Blancas, ya que resultaba poco menos que imposible deducirlo por su expresión. Se suponía que las Aes Sedai eran la viva imagen de una fría serenidad, y Alanna correspondía a esa descripción, pero también tenía fugaces estallidos de mal genio o reacciones imprevisibles en el momento más inesperado que recordaban el ardiente chisporroteo de un relámpago que desaparece al instante. A veces lo miraba como si, de no ser una Aes Sedai, habríase dicho que lo admiraba. En otras ocasiones daba la impresión de que lo veía como un mecanismo complicado que pensaba desmontar para estudiar su funcionamiento. En ese aspecto, incluso Verin era mejor; la mayor parte del tiempo su rostro era una máscara inescrutable que, en ocasiones, resultaba inquietante, pero al menos no le hacía preguntarse si después iba a saber cómo volver a montar las piezas.
Habría querido que Faile se quedara —no para librarse de ella, sino para mantenerla a salvo de los Capas Blancas—, pero la joven apretaba las mandíbulas en un gesto obstinado y en sus rasgados ojos había un brillo peligroso.
—Estoy deseosa de conocer parte de tu comarca. Mi padre cría ovejas. —Su tono era definitivo; no conseguiría que se quedara a menos que la atara.
Faltó poco para que Perrin se planteara hacerlo, pero el peligro que pudiera resultar de la proximidad de los Capas Blancas no parecía excesivo, ya que hoy sólo se proponía observarlos.
—Creía que era mercader.—respondió.
—También cría ovejas. —Sus mejillas se tiñeron de rojo.
A lo mejor su padre no era ni mucho menos un mercader, sino un hombre pobre. Perrin no entendía que fingiera para darse importancia, pero, si eso era lo que la joven quería, él no iba a impedírselo. Empero, azorada o no, seguía mostrando aquel gesto obstinado. Recordó el método recomendado por maese Cauthon.
—No sé si habrá mucho que ver. Es posible que en algunas granjas estén esquilando, así que supongo que no será muy diferente de lo que hace tu padre. En cualquier caso, me alegrará contar con tu compañía.