Los Portales de Piedra
- Автор: Джордан Роберт
- Серия: La Rueda del Tiempo #4
- Год: 2005
- Язык: испанский
- Переводчик: Mila Lopez Diaz-Guerra
- Жанр: Эпическое фэнтези
Электронная книга - «Los Portales de Piedra». Краткое содержание книги:
—Transmite mi saludo a maese Ordeith, Byar, y… ¡No, nada de saludos! Dile, con estas mismas palabras, que quiero que mueva su huesudo trasero y se presente de inmediato ante mí. Díselo así, Byar, y tráelo aunque tengas que arrestarlos a él y a esos sucios miserables que desprestigian a los Hijos. Ve.
Bornhald contuvo la ira hasta que se encontró dentro de la tienda, echada la lona de entrada, y entonces tiró de un manotazo los mapas y la escribanía que había sobre la mesa de campaña a la par que lanzaba un hondo gruñido. Ordeith debía de pensar que era idiota. En dos ocasiones había enviado hombres con ese tipo, y en ambas habían sido las únicas bajas sufridas en «una escaramuza con trollocs» en la que el resto salía tan bien parado que sus heridas no eran perceptibles. Siempre al sur. El hombre estaba obsesionado con Campo de Emond. Bueno, también él habría levantado allí su campamento si no fuera por… En fin, ya no servía de nada darle más vueltas. Tenía aquí a los Luhhan, que le entregarían a Perrin Aybara de un modo u otro. Colina del Vigía era una posición estratégica mucho mejor en caso de que tuviera que desplazarse a Embarcadero de Taren repentinamente. Los intereses militares tenían prioridad sobre los personales.
Por enésima vez se preguntó por qué le habría mandado venir aquí el capitán general. La gente no parecía distinta de la que había visto en otro centenar de sitios, salvo que únicamente los vecinos de Embarcadero de Taren mostraban entusiasmo en deshacerse de sus propios Amigos Siniestros. El resto se limitaba a adoptar una actitud de hosca obstinación cuando se dibujaba el Colmillo del Dragón en alguna puerta. En un pueblo se conocía a los indeseables y los vecinos siempre estaban bien dispuestos a limpiar la población con que se los alentara un poco, y así era seguro que los Amigos Siniestros quedaban barridos junto con los otros que la gente quería quitarse de encima. Pero no aquí. El negro trazo de un afilado colmillo sobre una puerta tenía el mismo efecto que si se hubiera enjalbegado la casa. Y estaba el asunto de los trollocs. ¿Sabría Pedron Niall que aparecerían los trollocs cuando había escrito esas órdenes? ¿Cómo era posible tal cosa? Sin embargo, en caso contrario, ¿por qué había enviado suficientes Hijos para sofocar una pequeña rebelión? ¿Y por qué, en nombre de la Luz, el capitán general le había hecho cargar con este loco sanguinario?
La solapa de entrada se abrió, y Ordeith pasó pavoneándose. Su lujosa chaqueta gris tenía bordados en plata pero estaba llena de manchas. También estaba sucio su flaco pescuezo, que asomaba por el holgado cuello de la prenda dándole el aspecto de una tortuga.
—Buenas tardes tengáis, mi señor Bornhald. Una estupenda y espléndida tarde, por cierto. —El acento lugardeño era especialmente fuerte hoy.
—¿Qué les ocurrió a los Hijos Joelin y Gomanes, Ordeith?
—Qué asunto tan desgraciado y terrible, mi señor. Cuando nos topamos con los trollocs, el Hijo Gomanes, con gran bravura… —Bornhald le cruzó la cara con los guanteletes. El escuálido individuo se tambaleó, se llevó la mano a los labios partidos y miró la sangre que le manchaba los dedos. Su sonrisa ya no era burlona, sino venenosa—. ¿Habéis olvidado quién firmó mi nombramiento, petimetre? Con que sólo diga una palabra, Pedro Niall os colgará con las entrañas de vuestra madre después de haberos desollado a los dos.
—Eso será si vivís para pronunciar esa palabra, ¿no os parece? —replicó lord Bornhald.
Ordeith soltó un gruñido, agazapado y espumajeando como una alimaña rabiosa. Se sacudió lentamente y, poco a poco, se puso erguido de nuevo.
—Tenemos que colaborar. —El acento lugardeño había desaparecido, dejando paso a un tono más imperioso, más distinguido. Bornhald prefería el burlón timbre lugardeño a este otro ligeramente untuoso que apenas velaba el desprecio—. La Sombra nos rodea por doquier en este lugar. No meramente trollocs y Myrddraal. Su presencia es lo menos relevante. Aquí nacieron tres Amigos Siniestros con la misión de destruir el mundo, su linaje dirigido por el Oscuro a lo largo de mil años o más: Rand al’Thor, Mat Cauthon y Perrin Aybara. Conocéis sus nombres. En este lugar se han desatado las fuerzas que desgarrarán el mundo. Las criaturas de la Sombra deambulan por la noche, contaminan los corazones de los hombres, corrompen sus sueños. Son el azote de esta tierra. Y se apoderarán de ella. Rand al’Thor, Mat Cauthon y Perrin Aybara. —Pronunció el último nombre con suavidad casi acariciante.
Bornhald inhaló con dificultad. No sabía cómo se había enterado Ordeith de lo que buscaba aquí; simplemente, un día había revelado su conocimiento.
—Encubrí lo que hicisteis en la granja Aybara…
—Hostigadlos. —Había un atisbo de locura en aquel tono imperioso. El sudor perlaba la frente de Ordeith—. Desolladlos, y los tres acudirán.
—Lo encubrí porque no tenía más remedio. —Bornhald levantó la voz. No había podido hacer otra cosa. Si la verdad se descubría, habría de enfrentarse a algo más que miradas hoscas. Sólo le faltaba una rebelión además de los trollocs—. Pero no me haré cómplice del asesinato de mis soldados. ¿Me habéis oído? ¿Qué es lo que hacéis que tenéis que ocultarlo?
—¿Acaso dudáis que la Sombra hará cuanto sea preciso para detenerme?
—¿Qué?
—¿Lo dudáis? —Ordeith se inclinó hacia adelante, ansioso—. Ya visteis a los Hombres Grises.
Bornhald vaciló. Rodeado por cincuenta Hijos, en medio de Colina del Vigía, y ninguno había reparado en aquellos dos tipos que empuñaban dagas. Él mismo los había mirado sin verlos. Hasta que Ordeith acabó con ellos, y eso le hizo ganarse una gran reputación entre sus hombres al flaco hombrecillo. Más tarde, Bornhald enterró profundamente las dagas. Aquellas hojas parecían de acero, pero su tacto abrasaba como metal al rojo vivo. La primera tierra que cayó sobre ellas siseó y humeó.
—¿Pensáis que iban tras de vos?
—Oh, sí, mi señor Bornhald. Iban por mí. Cualquier cosa con tal de detenerme. La propia Sombra está intentándolo.
—Pero eso no aclara lo del asesinar…
—Lo que tengo que hacer ha de ser secreto. —Su susurro semejaba el siseo de una serpiente—. La Sombra puede entrar en la mente de los hombres para descubrirme. Entrar en los pensamientos y en los sueños. ¿Os gustaría morir en un sueño? Puede ocurrir.
—Estáis loco.
—Dadme mano libre y os entregaré a Perrin Aybara. Es lo que exigen las órdenes de Pedron Nialclass="underline" mano libre para mí. Y yo pondré en las vuestras a Perrin Aybara.
Bornhald guardó un largo silencio.
—No quiero veros —dijo finalmente—. Salid de aquí.
Cuando Ordeith se hubo marchado, Bornhald se estremeció. ¿Qué tramaba el capitán general con este hombre? Pero si le ponía a su alcance a Perrin Aybara… Tiró los guanteletes y empezó a rebuscar entre sus pertenencias. En alguna parte tenía un frasco de brandy.
El hombre que se hacía llamar Ordeith y que a veces incluso pensaba en sí mismo como si lo fuera realmente, se escabulló entre las tiendas de los Hijos de la Luz vigilando con cautela a los hombres de blancas capas. Eran herramientas útiles, ignorantes, pero no podía fiarse de ellos. Sobre todo de Bornhald; quizá tendría que deshacerse de él si le planteaba demasiados problemas. Byar sería mucho más fácil de manejar. Pero todavía no. Había asuntos más importantes de los que ocuparse antes. Algunos soldados lo saludaban respetuosamente cuando pasaba ante ellos, y él respondía enseñando los dientes en lo que interpretaban como una amistosa sonrisa. Necios. Todos ellos.
Sus ojos se enfocaron con ansiedad en la tienda en la que estaban retenidos los prisioneros. También ese asunto podía esperar un poco más de tiempo. De todos modos, sólo eran golosinas. Cebo. Tendría que haberse controlado en la granja Aybara, pero Cone Aybara se había reído en su cara y Joslyn lo había llamado necio hombrecillo de mente retorcida por decir que era una Amiga Siniestra. Bueno, les había dado una buena lección. Habían gritado mientras se quemaban. A despecho de sí mismo, rió quedamente entre dientes. Golosinas.