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Los Portales de Piedra

Электронная книга - «Los Portales de Piedra». Краткое содержание книги:

Los sellos de Shayol Ghul se han debilitado y la presencia del Oscuro se hace cada vez más evidente.En Tar Valon, Min es testigo de hechos portentosos que vaticinan un horrible futuro. Los Capas Blancas buscan en Dos Ríos a un hombre con los ojos dorados y siguen el rastro de Dragón Renacido. Mientras tanto, Rand al’Thor se dedica a tomar sus propias y sorprendentes decisiones.
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—Perrin —empezó Tam, pero calló, aparentemente intranquilo.

El joven sabía que sus ojos reflejaban la luz bajo la sombra del roble. Su rostro parecía tallado en piedra. Tam suspiró.

—Primero nos ocuparemos de Natti y los demás, y después decidiremos qué hacer respecto a los trollocs.

—No dejes que te reconcoma, muchacho —aconsejó suavemente Abell—. El odio puede crecer hasta que no deje lugar para nada más dentro de ti.

—No hay nada que me reconcoma —le respondió el joven con un tono de voz inexpresivo—. Sólo tengo intención de hacer lo que ha de hacerse. —Pasó el pulgar por el filo del hacha. Lo que había de hacerse.

Dain Bornhald adoptó una postura erguida en la silla de montar cuando la patrulla de cien hombres que dirigía se aproximó a Colina del Vigía; empero, ya no eran un centenar. Once cuerpos envueltos en capas iban atados sobre las sillas, y otros veintitrés hombres estaban heridos. Los trollocs habían tendido una ingeniosa emboscada que habría tenido un éxito rotundo contra soldados menos preparados que los Hijos. Lo que lo preocupaba era que ésta era la tercera patrulla que sufría ataques de grupos numerosos. No eran encuentros fortuitos en una de las incursiones trollocs, sino asaltos planeados. Además, sólo iban contra las patrullas que dirigía él, ya que parecían evitar a las otras. Tal circunstancia planteaba preguntas inquietantes, y las respuestas que se le ocurrían no ofrecían soluciones.

El sol se estaba poniendo y empezaban a aparecer algunas luces en el pueblo, cuyos tejados de bálago cubrían la colina desde la cumbre hasta la base. El único techado de tejas, el de la posada del Jabalí Blanco, sobresalía por encima de los demás, en lo alto del promontorio. Cualquier otra noche habría ido allí para tomar una copa de vino a pesar del incómodo silencio que se hacía repentinamente ante la aparición de su blanca capa con el radiante sol en el pecho. Rara vez bebía, pero en ocasiones le gustaba encontrarse entre la gente y lejos de los otros Hijos; transcurrido un rato acababan olvidando hasta cierto punto su presencia y empezaban de nuevo a reír y a charlar. Cualquier otra noche, pero no ésta. Hoy quería estar solo para beber.

Había actividad entre el centenar, más o menos, de carromatos de abigarrados colores estacionados a menos de medio kilómetro del pie de la colina; hombres y mujeres vestidos con ropas de tonalidades aun más llamativas que los carromatos iban de aquí para allí comprobando los arneses y cargando cosas que habían estado esparcidas por el campamento durante semanas. Al parecer el Pueblo Errante iba a estar a la altura de su nombre y emprendería la marcha con las primeras luces del día.

—¡Farran! —El fornido centurio taconeó su caballo y se acercó. Bornhald señaló hacia la caravana de los Tuatha’an—. Informa al Buscador que si tiene intención de poner en marcha a su gente deberá hacerlo hacia el sur. —Según sus mapas el único punto para cruzar el río era Embarcadero de Taren; pero, desde que habían cruzado la corriente, se había dado cuenta de que estaban anticuados. Mientras pudiera evitarlo, no estaba dispuesto a que nadie saliera de la comarca de Dos Ríos para quizá tender una encerrona a sus tropas—. Y otra cosa, Farran: no es preciso utilizar botas ni puños, ¿de acuerdo? Con decirlo será suficiente. El tal Raen tiene oídos.

—¡Como ordenéis, lord Bornhald! —La voz del centurio sólo dejó entrever su desencanto. Se llevó al pecho la mano enfundada en el guantelete e hizo volver grupas a su montura en dirección al campamento de los Tuatha’an. Puede que no le gustara, pero obedecería la orden; por mucho que despreciara al Pueblo Errante: Farran era un buen soldado.

La vista de su propio campamento despertó una breve sensación de orgullo en Bornhald con las largas y ordenadas hileras de tiendas blancas y las filas de estacas para atar los caballos colocadas con precisión. Incluso en este rincón del mundo abandonado de la Luz, los Hijos mantenían su férrea disciplina. Y los trollocs eran buena prueba de que la comarca estaba dejada de la mano de la Luz. El que prendieran fuego a ciertas granjas sólo significaba que algunas personas eran puras. Algunas. Los demás inclinaban la cabeza y decían «sí, mi señor», «como queráis, mi señor» para después, obstinadamente, seguir haciendo las cosas a su modo en cuanto les daba la espalda. Por si esto fuera poco, además ocultaban a una Aes Sedai. El segundo día de encontrarse en la orilla meridional del Taren habían matado a un Guardián; la capa de color cambiante era prueba suficiente de su identidad. Bornhald odiaba a las Aes Sedai por su continua injerencia con el Poder Único, como si el Desmembramiento del Mundo no hubiera sido suficiente desastre para la humanidad. Si no se las detenía, acabarían provocando otro cataclismo. Estas reflexiones acabaron de un plumazo con su momentáneo buen humor, derritiéndolo como una nieve primaveral bajo los rayos del sol.

Sus ojos buscaron la tienda en la que estaban encerrados los cautivos y de la que sólo salían de uno en uno durante un corto rato al día para hacer algo de ejercicio. A nadie se le ocurriría la idea de escapar sabiendo que dejaba atrás a los demás, aparte de que no llegaría más allá de una docena de pasos, puesto que había un centinela a cada lado de la tienda y que en un radio de diez metros rondaban otros veinte Hijos, pero prefería evitar problemas en la medida de lo posible. Un conflicto podía ser el detonante de otros. Si se hacía necesario dar un trato rudo a los prisioneros, ello podría despertar el resentimiento en el pueblo hasta el punto de tener que tomar cartas en el asunto. Byar era un necio. Él —y otros, sobre todo Farran— quería someter a los cautivos a interrogatorio. Bornhald no era un interrogador ni le gustaba utilizar sus métodos. Y tampoco tenía intención de dejar que Farran se acercara a las chicas aun en el caso de que fueran Amigos Siniestros, como afirmaba Ordeith.

Tanto si lo eran como si no, cada vez tenía más clara la idea de que lo que deseaba realmente era poner las manos encima a un Amigo Siniestro en particular. Más que a los trollocs, incluso más que a las Aes Sedai, ansiaba atrapar a Perrin Aybara. A fuer de ser sincero, no daba crédito a los cuentos de Byar respecto a que ese hombre iba acompañado por lobos, pero el oficial había sido muy claro respecto a que el tal Aybara había conducido a su padre hacia una trampa de Amigos Siniestros, que había llevado a la muerte a Geofram Bornhald en Punta de Toman, a manos de los seanchan y de sus aliadas Aes Sedai. A lo mejor si ninguno de los Luhhan hablaba pronto permitiría a Byar que lo hiciera a su modo e interrogara al herrero. Una de dos: o el hombre se venía abajo o lo hacía su esposa al presenciar el interrogatorio. Cualquiera de ellos le proporcionaría la información para encontrar a Perrin Aybara.

Cuando desmontó frente a su tienda, Byar estaba esperándolo tan tieso y flaco como un espantapájaros. Bornhald lanzó una mirada de desagrado hacia un agrupamiento de tiendas mucho más pequeño que se levantaba aparte de las demás. El viento soplaba de esa dirección, y le llegó el olor del otro campamento. No mantenían limpias las hileras de postes de las caballerías y tampoco cuidaban su propio aseo.

—Por lo que veo Ordeith ha vuelto, ¿no es así?

—Sí, mi señor Bornhald. —Byar enmudeció, y su superior le asestó una mirada interrogante—. Han informado sobre escaramuzas con trollocs en el sur. Según ellos, han sufrido dos bajas y tienen seis heridos.

—¿Quiénes son los muertos?

—Los Hijos Joelin y Gomanes, mi señor Bornhald. —La expresión del descarnado rostro de Byar no varió en ningún momento.

Bornhald se quitó los guanteletes con estudiada calma. Eran los dos soldados que había enviado para acompañar a Ordeith y estar al tanto de lo que hacía en sus correrías por el sur. Con cuidado de no levantar la voz, ordenó:

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