Los Portales de Piedra
- Автор: Джордан Роберт
- Серия: La Rueda del Tiempo #4
- Год: 2005
- Язык: испанский
- Переводчик: Mila Lopez Diaz-Guerra
- Жанр: Эпическое фэнтези
Электронная книга - «Los Portales de Piedra». Краткое содержание книги:
—No he notado señales de ello ni en Mat ni en mí —repuso, evasivo, Perrin.
Tam lo miró fijamente al advertir que no mencionaba a Rand, y el joven se dijo para sus adentros que tenía que aprender a mentir mejor y también a guardar sus secretos para sí.
—Tal vez sea porque no sabes qué indicios buscar —fue, no obstante, lo único que dijo el hombre mayor—. ¿Cómo es que viajas con un Ogier y tres Aiel?
—El último buhonero que vi me contó que había Aiel a este lado de la Columna Vertebral del Mundo —intervino Abell—, pero no le creí. Afirmó que corrían rumores de que estaban en Murandy, nada menos, o quizás en Altara. No sabía exactamente dónde, pero, en cualquier caso, muy lejos del Yermo.
—Su presencia aquí no tiene nada que ver con lo de ser o no ta’veren —adujo Perrin—. Loial es un amigo y vino para ayudarme. Y Gaul también es mi amigo, supongo. Bain y Chiad vinieron con Faile, no conmigo. Resulta algo complicado, pero así ha ocurrido, y, como ya he dicho, lo de ta’veren no tiene nada que ver.
—Sea por lo que sea, las Aes Sedai están interesadas en vosotros —insistió Abell—. Tam y yo viajamos a Tar Valon el año pasado, hasta la mismísima Torre Blanca, intentando descubrir dónde estabais metidos. Nos costó trabajo encontrar alguna que admitiera siquiera que conocía vuestros nombres, pero saltaba a la vista que estaban ocultando algo. Casi sin darnos tiempo a terminar de hacer una reverencia, la Guardiana de las Crónicas nos metió en un barco que iba río abajo tras llenarnos los bolsillos de oro y las cabezas con ambiguas palabras de garantía y seguridad. No me gusta la idea de que la Torre esté utilizando a Mat de algún modo.
Perrin habría querido asegurar al padre de su amigo que no estaba ocurriendo nada por el estilo, pero dudaba de su capacidad para soltar una mentira tan grande sin alterar el gesto. Moraine no tenía vigilado a Mat porque le gustara su sonrisa; Mat estaba enredado en las intrigas de la Torre tanto como él o puede que incluso más. Los tres estaban firmemente amarrados, y era la Torre la que sujetaba las cuerdas.
Se produjo un incómodo silencio que finalmente rompió la voz queda de Tam:
—Muchacho, respecto a tu familia… Tengo malas noticias.
—Lo sé —lo atajó Perrin con premura y los tres hombres enmudecieron de nuevo, con las miradas prendidas en sus botas. Unos segundos de silencio era todo cuanto el joven necesitaba para contener la congoja y la turbación por permitir que el dolor se exteriorizara en su rostro.
Se produjo un revoloteo de alas, y Perrin alzó la vista. Un gran cuervo se posó en un roble cercano y sus negros ojillos se clavaron en ellos. La mano del joven fue hacia la aljaba, pero todavía no había acabado de sacar una flecha cuando dos proyectiles derribaron al ave del árbol. Tam y Abell encajaron otras dos al tiempo que escudriñaban el entorno buscando más cuervos, pero no había ninguno más.
El disparo de Tam había acertado al ave en la cabeza, un tiro que no era sorprendente ni por casualidad. Perrin no había mentido cuando le dijo a Faile que estos dos hombres eran más diestros que él con el arco. No había nadie en Dos Ríos que igualara la puntería de Tam.
—Bichos asquerosos —rezongó Abell a la par que plantaba un pie encima del cuervo para sacar su flecha. Limpió la punta en la tierra y después la guardó en la aljaba—. Están por todas partes hoy en día.
—Las Aes Sedai nos advirtieron que espiaban para los Fados y hemos corrido la voz —comentó Tam—. También lo ha hecho el Círculo de Mujeres. Aun así, nadie hizo mucho caso hasta que empezaron a atacar ovejas, picándoles los ojos e incluso matando algunas. Bastante malo va a ser el esquileo este año para que lo empeoren esos carroñeros, aunque supongo que tampoco es que importe mucho. Entre los Capas Blancas y los trollocs, dudo que algún mercader venga a la comarca a comprar lana.
—Y ello ha hecho que alguien pierda la cabeza —añadió Abell—. Puede que más de uno. Hemos encontrado toda clase de animales muertos: conejos, venados, zorros e incluso un oso. Muertos y abandonados para que se pudran. La mayoría ni siquiera estaban desollados. Y es obra de un hombre, o quizá de varios; no han sido trollocs. Encontramos huellas de un tipo corpulento, pero eran demasiado pequeñas para tratarse de un trolloc. Una vergüenza y un desperdicio.
Verdugo. También estaba aquí, en el mundo real, no sólo en el sueño. Verdugo y trollocs. El hombre del sueño le había resultado familiar; Perrin escarbó con la puntera de la bota la tierra y las hojas y las echó sobre el cuervo muerto. Habría tiempo de sobra para ocuparse de los trollocs más adelante. Toda una vida, si era preciso.
—Prometí a Mat que cuidaría de Bode y de Eldrin, maese Cauthon. ¿Será muy difícil liberarlas a ellas y a los demás?
—Mucho. —Abell suspiró y el desánimo asomó a su semblante. De repente su aspecto fue el que correspondía a su edad e incluso más—. Yo diría que imposible. Me acerqué al campamento después de que las prendieran y vi a Natti salir de la tienda donde los tienen a todos. Entre mi mujer y yo había dos centenares de Capas Blancas. Descuidé un poco la guardia, y uno de ellos me alcanzó con una flecha. Si Tam no me hubiera traído aquí para que me curaran las Aes Sedai…
—Es un campamento muy grande —dijo el otro hombre— y lo han levantado debajo de Colina del Vigía. Son setecientos u ochocientos hombres y hay patrullas día y noche, con mayor concentración en el tramo de Colina del Vigía a Campo de Emond. Si se desperdigaran un poco más nos facilitarían la cosas, pero salvo los cien hombres más o menos destacados en Embarcadero de Taren, han dejado el resto de Dos Ríos en manos de los trollocs. Por lo que he oído, la situación es grave en Deven Ride, donde parece ser que cada noche arde una nueva granja. Y otro tanto ocurre entre Colina del Vigía y el río Taren. Sacar a Natti y a los demás de allí es una empresa harto difícil, y después hay que considerar si las Aes Sedai los dejarían quedarse aquí o no. No les hace pizca de gracia que haya gente que sepa dónde están.
—Pero alguien habrá que quiera esconderlos —protestó Perrin—. No iréis a decirme que todo el mundo os ha dado la espalda ni que dan crédito a la acusación de que sois Amigos Siniestros. —Mientras hablaba, recordó a Cenn Buie.
—No, eso no —contestó Tam—, salvo unos pocos necios. Hay mucha gente que nos daría un plato de comida o nos dejaría dormir una noche en el granero o incluso en una cama, pero tienes que entender que los inquieta ayudar a personas a quienes buscan los Capas Blancas. No se los puede culpar por ello. Las cosas están muy difíciles y casi todos los hombres intentan cuidar de sus familias lo mejor que pueden. Pedirle a alguien que acoja a Natti y a las chicas, a Haral y a Alsbet… En fin, que sería mucho pedir.
—Tenía mejor opinión de la gente de Dos Ríos —murmuró Perrin, a lo que Abell respondió con una débil sonrisa.
—Casi todo el mundo se siente como si estuviera atrapado entre dos ruedas de molino, Perrin —dijo—. Y esperan fervientemente que entre los Capas Blancas y los trollocs no acaben haciéndolos harina.
—Pues en lugar de esperar deberían hacer algo. —Por un instante Perrin se sintió avergonzado. No había estado aquí y no había vivido la situación. Sin embargo, sabía que tenía razón. Mientras la gente se escondiera detrás de los Hijos de la Luz, tendría que soportar todo lo que le quisieran hacer, ya fuera requisarle libros o arrestar a mujeres y chiquillas—. Mañana echaré un vistazo a ese campamento. Tiene que haber un modo de rescatarlos y, cuando estén libres, podremos ocuparnos de los trollocs. Un Guardián me contó una vez que los trollocs llaman al Yermo de Aiel «la Tierra de la Muerte» y estoy dispuesto a que le den ese mismo nombre a Dos Ríos.