Los Portales de Piedra
- Автор: Джордан Роберт
- Серия: La Rueda del Tiempo #4
- Год: 2005
- Язык: испанский
- Переводчик: Mila Lopez Diaz-Guerra
- Жанр: Эпическое фэнтези
Электронная книга - «Los Portales de Piedra». Краткое содержание книги:
Ihvon entró, silencioso, en la habitación, le susurró algo a Alanna al oído y volvió a salir sigilosamente cuando ella musitó algo en respuesta, sin que sonara el más leve crujido en el suelo de madera. Al cabo de unos segundos, el roce de unas botas en los escalones anunció la llegada de más gente.
Perrin se incorporó de un salto cuando Tam al’Thor y Abell Cauthon aparecieron en el umbral empuñando sus arcos, con unas crecidas barbas de dos días y las ropas arrugadas de quien ha dormido al raso. Habían estado de caza; del cinturón de Tam colgaban cuatro conejos y otros tres del de Abell. Era evidente que esperaban ver a las Aes Sedai y también a los visitantes, pero miraron, atónitos, a Loial, con sus orejas copetudas, su ancha nariz hocicuda y tan alto que apenas si le llegaban al pecho. Un destello de reconocimiento asomó al semblante arrugado y franco de Tam cuando vio a los Aiel.
Sin embargo, su mirada pensativa se detuvo en ellos sólo un instante antes de fijarse en Perrin, y su reacción de sorpresa fue tan intensa como al ver a Loial. Era un hombre corpulento y fornido a despecho de tener casi todo el cabello encanecido, de los que haría falta un terremoto para tirarlo al suelo y algo más que eso para ponerlo nervioso.
—¡Perrin, muchacho! —exclamó—. ¿Está Rand contigo?
—¿Y Mat? —añadió, anhelante, Abell. Era la viva imagen canosa y envejecida de Mat, pero con los ojos más serios. No se había vuelto más grueso con la edad, y se advertía que seguía siendo ágil.
—Se encuentran bien —le contestó Perrin—. Están en Tear. —Advirtió que Verin lo observaba por el rabillo del ojo; la Aes Sedai sabía muy bien lo que Tear significaba para Rand. Por el contrario, Alanna apenas si parecía prestarles atención—. Habrían venido conmigo, pero ignorábamos hasta qué punto iban mal las cosas aquí. —No mentía ni en lo uno ni en lo otro—. Mat se pasa el tiempo jugando a los dados… y ganando… y besando a las chicas. Rand… En fin, la última vez que lo vi vestía un lujoso atuendo y llevaba prendida del brazo a una hermosa muchacha rubia.
—Ése es mi Mat —rió Abell.
—Quizás haya sido mejor que no vinieran —comentó lentamente Tam—. Con todos esos trollocs y los Capas Blancas… —Se encogió de hombros—. ¿Sabes que los trollocs han vuelto? —Perrin asintió—. ¿Tenía razón esa Aes Sedai, Moraine? ¿Iban tras vosotros tres aquella Noche de Invierno? ¿Habéis descubierto el motivo?
La hermana Marrón asestó a Perrin una mirada de advertencia; Alanna parecía absorta buscando algo en sus alforjas, pero al joven le dio la impresión de que ahora sí estaba prestando atención a la conversación. Empero, no fue lo uno ni lo otro lo que lo hizo vacilar, sino el hecho de no saber cómo decirle a Tam que su hijo podía encauzar, que Rand era el Dragón Renacido. ¿Cómo se decía algo así a un hombre? Por consiguiente, contestó:
—Tendréis que preguntarle a Moraine. Las Aes Sedai nunca dicen más que lo estrictamente necesario.
—De eso ya me he dado cuenta —repuso secamente Tam.
Ahora sí que no cupo duda de que las dos Aes Sedai estaban escuchando con interés y de que tampoco se molestaban en disimular. Alanna miró a Tam y arqueó una ceja, y Abell rebulló inquieto, como si pensara que su amigo estaba tentando a la suerte, pero hacía falta algo más que una mirada para alterar a Tam.
—¿Os importa si hablamos fuera? —les dijo Perrin a los dos hombres—. Me gustaría respirar un poco de aire fresco. —Lo que quería era hablar con ellos sin que las Aes Sedai pudieran escucharlos y vigilarlos, pero, obviamente, no iba a decirlo a las claras.
Tam y Abell accedieron de buena gana, por lo visto tan ansiosos como él de librarse del escrutinio de Alanna y Verin, pero antes estaba el asunto de los conejos, todos los cuales le entregaron a Alanna.
—Teníamos pensado quedarnos con dos para nosotros —dijo Abell—, pero al parecer tenéis más bocas que alimentar.
—No hacía falta que trajeseis caza. —El tono de Verin daba a entender que había dicho lo mismo muchas veces con anterioridad.
—Nos gusta pagar lo que recibimos —le respondió Tam, como si también repitiera las mismas palabras de muchas otras veces—. Las Aes Sedai tuvieron la amabilidad de hacernos una Curación —le explicó a Perrin—, y queremos tener algo a cuenta por si volvemos a necesitar de su ayuda.
El joven asintió. Comprendía muy bien que no desearan aceptar nada gratis de ellas. «Los regalos de las Aes Sedai son como el cebo para un pez» rezaba el viejo dicho, y él sabía muy bien que tal cosa era verdad. Sin embargo, daba igual si se aceptaba como regalo o se pagaba por ello; en cualquier caso, las Aes Sedai se las componían para echar el anzuelo. Verin lo estaba observando con una sombra de sonrisa, como si supiera lo que pensaba.
Cuando los tres hombres echaron a andar hacia la salida, con los arcos en la mano, Faile se incorporó para ir tras ellos. Perrin sacudió la cabeza en un gesto negativo y, sorprendentemente, la muchacha volvió a sentarse. El joven se preguntó si no estaría enferma.
Después de hacer un alto para que Tam y Abell admiraran a Brioso y a Golondrina, se alejaron un trecho bajo los árboles. El sol descendía hacia el oeste y las sombras se iban alargando. Los dos hombres mayores gastaron unas cuantas bromas sobre la barba de Perrin, pero no hicieron una sola mención respecto a sus ojos. Aunque pudiera parecer extraño, al joven no le molestó aquella omisión; tenía preocupaciones mucho más importantes que el hecho de que alguien considerara peculiares sus ojos.
A la pregunta de Abell sobre si «esa cosa» no era molesta para tomarse una sopa, el joven se rascó la barba y respondió suavemente:
—A Faile le gusta.
—Vaya, vaya —rió Tam—. Es esa chica, ¿no? Diría que es una hembra de armas tomar, muchacho. Te va a tener despierto noches enteras intentando distinguir arriba de abajo.
—Sólo hay un modo de manejar a las que son así —convino Abell—. Déjala que piense que es ella la que lleva las riendas. De esa forma, cuando se trate de algo importante y tú le lleves la contraria, hasta que haya salido de su sorpresa ya te habrá dado tiempo de arreglar las cosas a tu modo y será demasiado tarde para que te hostigue a fin de cambiarlas.
A Perrin este consejo le sonaba muy, pero que muy parecido al que la señora al’Vere le había dado a Faile para manejar a los hombres. Se preguntó si Abell y Marin habrían cambiado impresiones al respecto. No, seguramente no. Pero tal vez merecía la pena probarlo con Faile, bien que la joven parecía tener que salirse con la suya siempre.
Echó una ojeada hacia atrás; los árboles ocultaban prácticamente la casa de enfermos. Era preciso que estuvieran lejos de los oídos de las Aes Sedai, de modo que escuchó con suma atención y olisqueó profundamente. Había ardillas en las frondosas ramas, en lo alto, y un zorro había pasado por allí no hacía mucho con su presa muerta, un conejo. Aparte de ellos tres, no percibía olor a hombre, nada que indicara la presencia de un Guardián escuchando a escondidas. Quizás estaba siendo demasiado precavido pero, tuvieran o no razones suficientemente justificadas, no podía pasar por alto la coincidencia de que las dos Aes Sedai eran mujeres a las que ya conocía, una de las cuales no merecía la confianza de Egwene mientras que de la otra no acababa de fiarse él.
—¿Estáis instalados aquí, con Verin y Alanna? —preguntó.
—Ni hablar —contestó Abell—. A ver qué hombre es capaz de dormir teniendo unas Aes Sedai bajo el mismo techo. O lo que queda de él.
—Pensamos que sería un buen sitio para esconderse —añadió Tam—, pero llegaron antes que nosotros. Creo que esos Guardianes nos habrían matado si Marin y otras mujeres del Círculo no hubieran estado también aquí en ese momento.
—Pues a mí me da la impresión de que lo único que los detuvo fue que las Aes Sedai supieran quiénes éramos —comentó Abell haciendo una mueca—. O, mejor dicho, quiénes eran nuestros hijos. Mostraron demasiado interés en vosotros, muchachos, para mi gusto. —Jugueteó con el arco, vacilante—. Esa Alanna dejó caer que erais ta’veren, los tres, y tengo entendido que las Aes Sedai no pueden mentir.