El arca de la redención [Redemption Ark - es]
- Автор: Рейнольдс Аластер
- Год: 2006
- Язык: испанский
- Год: La Factor
- ISBN: 84-9800-283-4
- Переводчик: Aitor Solar
- Жанр: Космическая фантастика
Электронная книга - «El arca de la redención [Redemption Ark - es]». Краткое содержание книги:
Mientras tanto, una fuerza desconocida ha sembrado el terror en el Sanctasanctórum de los combinados. A medida que la naturaleza de la nueva amenaza se vuelve más clara, Clavain, uno de sus guerreros, empieza a plantearse que es hora de volver al combate. En Resurgam se ha descubierto un cargamento de armas devastadoras que podrían ser utilizadas para el bien de la Humanidad, pero alguien ya ha logrado hacerse con su control…
—Te pedí ayuda —dijo Skade—. Dijiste que cooperarías más si traía a Felka conmigo. Bueno, ya lo he hecho. Y Clavain sigue detrás de mí. No ha dado ninguna señal de rendirse.
—¿Qué has intentado?
—La utilicé como moneda de cambio. Pero Clavain no se lo tragó.
—¿Imaginabas que lo haría?
—Pensé que Felka le importaba lo suficiente como para pensárselo.
—Tú no entiendes a Clavain —dijo el lobo—. No habrá renunciado a ella.
—Solo Galiana sabría eso, ¿no?
El lobo no respondió de inmediato.
—¿Cuál fue tu respuesta cuando Clavain no se retiró?
—Hice lo que dije que haría. Lancé un trasbordador, que ahora él tendrá grandes dificultades para interceptar.
—¿Pero sigue siendo posible una interceptación?
Skade asintió.
—La idea era esa. No podrá alcanzarlo con uno de sus propios trasbordadores, pero su nave principal podrá lograr un encuentro.
Había diversión en la voz del lobo.
—¿Estás segura de que uno de sus trasbordadores no puede alcanzar el tuyo?
—Energéticamente hablando no es factible. Habría tenido que lanzarlo mucho antes de que yo me moviera y adivinar la dirección en la que iba a enviar mi trasbordador.
—O cubrir cada posibilidad —dijo el lobo.
—No podría hacer eso —dijo Skade con bastante menos certeza de la que pensaba que debería sentir—. Tendría que lanzar toda una flotilla de trasbordadores y desperdiciar todo ese combustible por si uno… —Fue dejando de hablar.
—Si Clavain considerara que el esfuerzo merece la pena, eso sería lo que haría, seguro, aunque le costara un combustible precioso. ¿Qué esperaba encontrar en el trasbordador, por cierto?
—Le dije que le devolvería a Felka.
El lobo cambió de postura. Ahora su forma persistía cerca de Felka, aunque no era más nítida que un instante antes.
—Ella sigue aquí.
—Puse un arma en el trasbordador. Una cabeza nuclear descortezadora, programada con una detonación de varias teratoneladas.
Vio que el lobo asentía con gesto de aprobación.
—Esperabas que tuviese que dirigir su nave hasta el punto de encuentro. Sin duda has dispuesto algún tipo de activador de proximidad. Muy astuto, Skade. La verdad es que estoy bastante impresionado con tu crueldad.
—Pero no crees que vaya a caer en la trampa.
—Pronto lo sabrás, ¿no es cierto?
Skade asintió, segura ya de su fracaso. A lo lejos, la bruma volvió a dividirse y se le permitió echar otro vistazo a la torre. Lo más probable es que en realidad fuera muy oscura de cerca. Se elevaba alta y escarpada, como un cañón marino. Pero parecía menos una formación marina que un edificio gigante de lados ahusados.
—¿Qué es eso? —preguntó Skade.
—¿Qué es qué?
—Eso… —Pero cuando Skade volvió a mirar hacia la torre, esta ya no era visible. O bien la bruma se había cerrado para ocultarla o había dejado de existir.
—Ahí no hay nada —dijo el lobo.
Skade escogió las palabras con cuidado.
—Lobo, escúchame. Si Clavain sobrevive a esto, estoy preparada para hacer lo que hablamos antes.
—¿Lo impensable, Skade? ¿Una transición al estado cuatro?
Hasta Felka detuvo su juego y levantó los ojos para mirar a los dos adultos. El momento fue elocuente y se prolongó durante una eternidad.
—Entiendo los peligros. Pero tenemos que hacerlo para adelantarnos a él de forma definitiva. Tenemos que atravesar de un salto el límite de la masa cero y pasar al estado cuatro. A la fase de masa taquiónica.
Una vez más ese horrible destello de sonrisa lobuna.
—Muy pocos organismos han viajado más rápido que la luz, Skade.
—Estoy preparada para convertirme en uno de ellos. ¿Qué tengo que hacer?
—Lo sabes de sobra. La maquinaria que has hecho es casi capaz de ello, pero requerirá unas cuantas modificaciones. Nada de lo que tus fábricas no se puedan encargar. Pero para hacer los cambios tendrás que seguir los consejos del Exordio.
Skade asintió.
—Por eso estoy aquí. Por eso he traído a Felka.
—Entonces comencemos.
Felka volvió a su juego e hizo caso omiso de los otros dos. Skade emitió la secuencia codificada de órdenes neuronales que harían que la maquinaria del Exordio iniciara el acoplamiento de coherencia.
—Está empezando, lobo.
—Lo sé. Yo también lo siento.
Felka levantó la vista de su juego.
Skade sintió que se convertía en una pluralidad. De la niebla marina, de una dirección que no podía describir ni señalar, llegó una sensación de algo que retrocedía a una distancia inmensa, escalofriante, como un pasillo blanco que alcanzaba el borde lúgubre de la eternidad. El vello de la nuca de Skade se puso de punta. De algún modo sabía que estaba cometiendo un profundo error. La premonitoria sensación del mal que sentía era casi tangible. Pero tenía que ser firme y hacer lo que había que hacer.
Como el lobo había dicho, era necesario enfrentarse a los miedos propios.
Skade escuchó con atención. Creyó oír voces que susurraban por aquel pasillo.
—¿Bestia?
—¿Sí, señorita?
—¿Has sido completamente honesto conmigo?
—¿Por qué habría de ser uno otra cosa que honesto, señorita?
—Eso es justo lo que yo me preguntaba, Bestia.
Antoinette estaba sola en la cubierta de vuelo inferior del Ave de Tormenta. Su mercancías estaba inmovilizado en un telar de pesados andamios de reparación, en una de las bodegas para trasbordadores de la Luz del Zodíaco, preparada para soportar incluso el ritmo de aceleración incrementada de la abrazadora lumínica. El mercancías había estado allí desde que habían tomado la abrazadora, y el daño que había sufrido se iba reparando con toda meticulosidad bajo la experta dirección de Xavier. Este había dependido de hipercerdos y servidores de a bordo para que le ayudasen a hacer el trabajo, y al principio las reparaciones habían ido con más lentitud que con una mano de obra bien preparada de monos entrenados. Pero aunque tenían algunos problemas de destreza, en última instancia los cerdos eran más listos que los hiperprimates, y una vez superadas las dificultades iniciales, y cuando se hubo programado bien a los servidores, el trabajo había ido muy bien. Xavier no solo había reparado el casco: lo había vuelto a acorazar por completo. Los motores, desde los impulsores de atraque hasta el grupo electrógeno de fusión tokamak, se habían revisado y retocado para lograr un mejor rendimiento. Los elementos disuasivos, las muchas armas enterradas en escondites camuflados por toda la nave, se habían modernizado y unido a una red integrada de mando armamentístico. Ya no tenía sentido andarse con pamplinas, dijo Xavier. Ya no había razón para fingir que el Ave de Tormenta era un simple mercancías. Adonde se dirigían no habría autoridades entrometidas a las que ocultar nada.
Pero una vez que el ritmo de aceleración se incrementó y todos tuvieron que quedarse quietos o someterse al uso de incómodos y voluminosos exoesqueletos, Antoinette había hecho menos visitas a su nave. No era solo que el trabajo ya estaba casi terminado y que no había nada que supervisar; había otra cosa que la mantenía alejada.
La joven suponía que, en cierto modo, siempre había tenido sus sospechas. Había habido ocasiones en las que había sentido que no estaba sola en el Ave de Tormenta, que la vigilancia de Bestia se extendía a algo más que al mecánico escrutinio vigilante de una persona de nivel gamma. Que había habido algo más en él.
Pero eso habría significado que Xavier (y su padre) le habían mentido. Y no estaba preparada para enfrentarse a eso.
Hasta ahora.