El arca de la redención [Redemption Ark - es]
- Автор: Рейнольдс Аластер
- Год: 2006
- Язык: испанский
- Год: La Factor
- ISBN: 84-9800-283-4
- Переводчик: Aitor Solar
- Жанр: Космическая фантастика
Электронная книга - «El arca de la redención [Redemption Ark - es]». Краткое содержание книги:
Mientras tanto, una fuerza desconocida ha sembrado el terror en el Sanctasanctórum de los combinados. A medida que la naturaleza de la nueva amenaza se vuelve más clara, Clavain, uno de sus guerreros, empieza a plantearse que es hora de volver al combate. En Resurgam se ha descubierto un cargamento de armas devastadoras que podrían ser utilizadas para el bien de la Humanidad, pero alguien ya ha logrado hacerse con su control…
Durante una breve tregua en la que la aceleración se había ahogado para realizar unas comprobaciones técnicas, Antoinette había subido a bordo del Ave de Tormenta. Por pura curiosidad, puesto que esperaba que la información se hubiera borrado de los archivos de la nave, había investigado sin ayuda de nadie para ver si tenían algo que decir sobre el tema de la Resolución Mandelstam.
Y vaya si tenían que decir.
Pero incluso si no lo hubieran tenido, supuso que se lo habría imaginado.
Las dudas habían comenzado a surgir de verdad después de que empezara todo ese asunto con Clavain. Como aquella ocasión en que Bestia se había precipitado durante el ataque banshee, como si su nave se hubiera dejado llevar por el pánico, salvo que para una inteligencia de nivel gamma eso no era posible, así de simple.
Luego hubo esa otra ocasión, cuando el proxy de la policía, el mismo que ahora iba viendo cómo pasaba el resto de su vida en un húmedo y frío sótano del Cháteau, la había interrogado sobre la relación de su padre con Lyle Merrick. El proxy había mencionado la Resolución Mandelstam.
En aquel momento no había significado nada para ella.
Pero ahora ya sabía de lo que hablaba.
Y luego aquella otra ocasión en la que Bestia se había referido sin querer a sí mismo con la primera persona del singular, como si una fachada mantenida durante años con toda escrupulosidad se hubiera desprendido durante el más breve de los momentos. Como si ella hubiera vislumbrado el verdadero rostro de algo.
—¿Señorita…?
—Lo sé.
—¿Sabe qué, señorita?
—Lo que eres. Quién eres.
—Debe disculparme, señorita, pero…
—Cierra la puta boca.
—Señorita… Si uno pudiera…
—He dicho que cierres la puta boca. —Antoinette golpeó el panel de la cubierta de vuelo con la palma de la mano. Eso era todo lo cerca que podía estar de golpear a Bestia, y por un momento sintió una cálida aureola de satisfacción por el castigo—. Lo sé todo, lo que pasó. He averiguado lo de la Resolución Mandelstam.
—¿La Resolución Mandelstam, señorita?
—No te hagas el inocente, joder. Sé que lo sabes todo sobre eso. Es la ley que aprobaron justo antes de que murieras. La que hablaba de penas de muerte neuronal irreversible.
—Muerte neuronal irreversible, seño…
—La que dice que las autoridades, la Convención de Ferrisville, tienen derecho a incautar cualquier copia de nivel beta o alfa de alguien sentenciado a muerte permanente. Dice que no importa cuántas copias de seguridad de ti mismo hagas, no importa si son simulacros o escáneres neuronales genuinos, las autoridades van a reunirlo todo y a borrarlo.
—Eso parece bastante extremo, señorita.
—¿A que sí? Y además se lo toman en serio. Cualquier persona a la que se sorprenda escondiendo una copia de un delincuente sentenciado se mete en el mismo lío. Claro que siempre hay resquicios, una simulación se puede esconder casi en cualquier parte, o se puede enviar por haz más allá de la jurisdicción de Ferrisville. Pero sigue habiendo riesgos. Lo he comprobado, Bestia. Las autoridades han detenido a personas que protegían copias, en contra de la Resolución Mandelstam. Todos recibieron también la pena de muerte.
—Se diría que hacer eso sería muy caballeroso.
La joven sonrió.
—¿Cómo no? Pero, ¿y si ni siquiera supieses que estás protegiendo una? ¿Cómo cambiaría eso la ecuación?
—Uno no se atreve a especular.
—Dudo que cambiara la ecuación un puto milímetro. Por lo menos en lo que a la pasma se refiere. Cosa que lo haría todo mucho más irresponsable, ¿no te parece?, que se engañara a otra persona para dar refugio a una simulación ilegal…
—¿Engañar, señorita?
Antoinette asintió. Ya había llegado al quid de la cuestión. Allí tampoco valía andarse con pamplinas.
—El proxy de la policía lo sabía, ¿no? Pero no pudo reunir las pruebas, supongo, o quizá solo estaba dejando que me cociera en mi propia salsa, para ver cuánto sabía.
La máscara volvió a caer.
—No estoy del todo…
—Supongo que Xavier también tenía que estar metido. Conoce esta nave como la palma de su mano, cada subsistema, cada puñetero cable. No cabe duda de que habría sabido cómo esconder a Lyle Merrick a bordo.
—¿Lyle Merrick, señorita?
—Ya lo sabes. Lo recuerdas. No ese Lyle Merrick, por supuesto, solo una copia. Nivel beta o alfa, no lo sé. Tampoco me importa mucho. No cambiaría las cosas ante un puto tribunal, ¿verdad?
—Bueno…
—Eres tú, Bestia. Tú eres él. Lyle Merrick murió cuando las autoridades lo ejecutaron por la colisión. Pero eso no fue el final, ¿verdad? Tú seguiste adelante. Xavier ocultó una copia de Lyle a bordo de la puta nave de mi padre. Eres tú.
Bestia no dijo nada durante varios segundos. Antoinette contempló el lento e hipnótico juego de colores y números del panel. Se sentía como si hubieran violado una parte de ella, como si acabaran de enrollar y tirar a la basura todo aquello del universo en lo que creía que podía confiar.
Cuando Bestia respondió, el tono de su voz permanecía burlonamente igual.
—Señorita… Es decir, Antoinette… Te equivocas.
—Pues claro que no me equivoco. Prácticamente lo acabas de admitir.
—No. No lo entiendes.
—¿Qué parte no entiendo?
—No fue Xavier el que me hizo esto. Xavier ayudó, Xavier lo sabía todo, pero no fue idea suya.
—¿No?
—Fue tu padre, Antoinette. Fue él quien me ayudó.
La joven volvió a golpear el panel, más fuerte esta vez. Y luego salió caminando de la nave con la intención de no volver a poner un pie en ella.
Lasher, el cerdo, durmió durante buena parte del viaje que lo sacó de la Luz del Zodíaco. Escorpio había dicho que no tenía nada que hacer más que justo al final de la operación, e incluso entonces solo había una posibilidad entre cuatro de que se le exigiera hacer otra cosa que no fuera darle la vuelta a la nave. Pero en el fondo siempre había sabido que sería él quien tuviera que hacer el trabajo sucio. No mostró sorpresa alguna cuando el mensaje del haz estrecho de la Luz del Zodíaco le dijo que su trasbordador era el que estaba en el cuadrante adecuado del cielo para interceptar el navío que Skade había dejado caer tras la nave mayor.
—¡Qué suerte la de Lasher! —dijo para sí—. Siempre quisiste la gloria. Pues ahora es tu gran oportunidad.
No se tomaba su responsabilidad a la ligera, ni subestimaba los riesgos que corría. La operación de rescate era muy peligrosa. La cantidad de combustible que llevaba su trasbordador estaba racionada con toda precisión, solo lo suficiente para que pudiera volver a casa con una carga útil de masa humana. Pero no había margen de error. Clavain había dejado claro que nadie debía hacer heroicidades inútiles. Si la trayectoria del trasbordador de Skade lo llevaba aunque fuera a un kilómetro del volumen, seguro en el que el encuentro era posible; Lasher (o el afortunado que fuera) debía dar la vuelta y olvidarlo. La única concesión que podía hacerse era que cada uno de los trasbordadores de Clavain transportaba un único misil modificado, la cabeza nuclear se había quitado y sustituido por un transmisor. Si se encontraban dentro del alcance del trasbordador de Skade, podrían acoplar la baliza a su casco. La baliza seguiría emitiendo una señal durante un siglo de tiempo subjetivo, quinientos años de tiempo global. No sería fácil, pero seguiría habiendo una tenue oportunidad de buscarlo antes de que cayera más allá de la esfera bien cartografiada del espacio humano. Era suficiente para saber que no habrían abandonado a Felka del todo.
Lasher ya lo veía. Su trasbordador había buscado el de Skade tras seguir las coordinadas actualizadas de la Luz del Zodíaco. El trasbordador de Skade estaba ahora en caída libre, tras haber quemado su último microgramo de antimateria. Lo veía por la ventanilla delantera: un dardo de bronce iluminado por sus focos delanteros.