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El arca de la redención [Redemption Ark - es]

Электронная книга - «El arca de la redención [Redemption Ark - es]». Краткое содержание книги:

Estamos a comienzos del siglo XXVII. Hace cincuenta años, el hombre puso en marcha un antiguo sistema alienígena que detectaba el nacimiento de formas de vida inteligentes. Los inhibidores llevan mucho tiempo esperando, pero ahora se preparan para volver…
Mientras tanto, una fuerza desconocida ha sembrado el terror en el Sanctasanctórum de los combinados. A medida que la naturaleza de la nueva amenaza se vuelve más clara, Clavain, uno de sus guerreros, empieza a plantearse que es hora de volver al combate. En Resurgam se ha descubierto un cargamento de armas devastadoras que podrían ser utilizadas para el bien de la Humanidad, pero alguien ya ha logrado hacerse con su control…
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Skade revisó las conexiones neuronales entre Felka y el resto de la nave. Para su sorpresa, no detectó ningún tráfico significativo. Había supuesto que Felka debía de estar vagando por un entorno cibernético, como había sido el caso durante sus dos últimas visitas. Skade las había explorado y había encontrado inmensos edificios parecidos a rompecabezas creados por la propia Felka. Estaba claro que eran sucedáneos de la Muralla. Pero en esta ocasión no era así. Después de abandonar el mundo real, Felka había dado el siguiente paso lógico: había vuelto al lugar donde había comenzado todo.

Había regresado a su propio cráneo.

Skade bajó hasta su nivel, estiró el brazo y le tocó la frente. Esperaba que Felka se estremeciera al sentir el contacto frío del metal, pero igual podría estar tocando un maniquí de cera.

Felka… ¿me oyes? Sé que estás ahí dentro, en alguna parte. Soy Skade. Hay algo que tienes que saber.

Esperó una respuesta. No hubo ninguna.

Felka, se trata de Clavain. He hecho lo que he podido para hacerle darla vuelta, pero no ha respondido a ninguno de mis intentos de persuasión. Mi último esfuerzo fue el que penseque tenía más probabilidades de convencerlo. ¿Quieres que te diga cuál fue?

Felka siguió respirando, regular y lentamente.

Te utilicé. Le prometía Clavain que si daba la vuelta te enviaría de vuelta con él. Viva, por supuesto. Creí que era un trato justo. Pero no le interesaba. No ha dado ninguna respuesta a mi propuesta. ¿Lo ves, Felka? No puedes significar tanto para él como su amada misión.

Se levantó y luego se paseó alrededor de la meditabunda figura sentada.

Esperaba que significaras más, ¿sabes? Habría sido la mejor solución para los dos. Pero era cosa suya y me demostró cuáles eran sus prioridades. Y entre ellas no estás tú, Felka. Después de todos esos años, todos esos siglos, no significabas tanto para él como cuarenta absurdas máquinas. Admito que me sorprendió.

Pero Felka seguía sin decir nada. Skade sintió el impulso de meterse en su cráneo y encontrar ese lugar cálido y cómodo al que se había retirado. Si Felka hubiera sido una combinada normal, habría estado dentro de las posibilidades de Skade invadir sus espacios mentales más privados, pero su mente estaba conformada de otra manera. Skade podía rozar la superficie, de vez en cuando vislumbrar sus profundidades, pero nada más.

Suspiró. En realidad no había querido atormentar a Felka, pero tenía la esperanza de arrancarla de su aislamiento, volviéndola contra Clavain.

No había funcionado.

Se colocó detrás de ella. Cerró los ojos y emitió un raudal de órdenes al mecanismo médico de la columna que le había acoplado a Felka. El efecto fue inmediato y gratificante. Felka se derrumbó, se hundió sobre sí misma. Se le abrió la boca, que comenzó a rezumar saliva.

Skade la cogió con delicadeza y la sacó de la habitación.

El sol plateado ardía sobre su cabeza, una moneda negra que atravesaba con sus rayos una caldera de niebla marina y gris. Skade se acomodó en un cuerpo de carne y hueso, como ya había hecho antes. Se encontraba de pie sobre una roca lisa; el aire le helaba hasta los huesos, le picaba por el ozono y el hedor salobre a algas podridas. A lo lejos, mil millones de guijarros suspiraron como en un orgasmo bajo el asalto de otra ola del mar.

Volvía a ser el mismo lugar. Se preguntó si el lobo no se estaría volviendo un poquito predecible.

Skade escudriñó la niebla que la rodeaba. Allí, a no más de una docena de pasos de ella, había otra figura humana. Pero esta vez no era Galiana ni el lobo. Era un niño pequeño, agachado sobre una roca de más o menos el mismo tamaño que la de ella. Con gran cuidado, Skade saltó y brincó de una roca a otra, bailando entre los estanques y los riscos de bordes afilados que los unían. Volver a ser del todo humana era tan inquietante como estimulante. Se sentía más frágil que nunca antes de que Clavain le hiciera daño, era consciente de que debajo de la piel solo había músculo suave y hueso quebradizo. Estaba bien ser invisible. Pero al mismo tiempo estaba bien sentir que la química del universo le invadía cada poro de la piel, sentir que el viento le acariciaba el vello del dorso de la mano, sentir cada risco y cada fisura de la roca gastada por el mar que tenía bajo sus pies.

Alcanzó al pequeño. Era Felka, no tenía nada de extraño, pero aparecía tal y como debía de ser en Marte, cuando Clavain la había rescatado.

Estaba sentada con las piernas cruzadas, igual que lo había estado en el camarote. Llevaba un vestido rasgado, manchado por las algas, húmedo y mugriento que le dejaba al aire los brazos y las piernas. Su cabello, como el de Skade, era largo y oscuro y le caía en lacios mechones por la cara. La niebla marina prestaba a la escena un aspecto blanquecino, monocromo.

Felka levantó la cabeza y entabló contacto visual durante un segundo, luego volvió a la actividad que la había ocupado hasta entonces. A su alrededor, formando un anillo desigual, había una multitud de partes diminutas de criaturas marinas de caparazón duro: patas y tenazas, pinzas y colas, antenas que parecían látigos, fragmentos rotos de algún caparazón, alineados y orientados con una precisión maníaca. La conjunción de las muchas partes pálidas se parecía a una especie de álgebra anatómica. Felka miraba los conjuntos en silencio, de vez en cuando se daba la vuelta en cuclillas para examinar una parte diferente. Solo de vez en cuando cogía uno de los trozos, un miembro articulado, con púas quizá, y lo volvía a colocar en otro sitio. Su expresión estaba vacía, no era en absoluto la de una niña jugando. Era más como si estuviera inmersa en una tarea que exigía toda su atención, algo solemne, una actividad demasiado intensa para ser agradable.

Felka…

La niña volvió a levantar la cabeza, con expresión curiosa, pero solo para regresar a su juego.

Las olas distantes volvieron a estrellarse. Más allá de Felka, el muro gris de bruma perdió por un momento parte de su opacidad. Skade seguía sin poder distinguir el mar, pero podía ver mucho más que antes. El estampado de estanques de roca se extendía a lo lejos, un mosaico capaz de volverte loco. No obstante, ahí fuera había algo más, en el límite de su visión. Solo era un poco más oscuro que el gris en sí, y existía y dejaba de existir por momentos, aunque estaba segura de que había algo. Era una aguja gris, un objeto inmenso, como una torre que se abalanzaba sobre el color gris del cielo. Parecía encontrarse a una gran distancia, quizá incluso más allá del mar, o sobresaliendo del mar a cierta distancia de la tierra.

Felka también lo notó. Miró el objeto sin cambiar de expresión, y solo una vez que hubo visto bastante volvió a sus trozos de animales. Skade empezaba a preguntarse qué podía ser cuando la niebla volvió a cerrarse y ella fue consciente de una tercera presencia.

Había llegado el lobo. El ente, o la mujer, se encontraba a solo unos pasos de Felka. La forma seguía siendo vaga, pero siempre que la niebla se aplacaba o que la forma se hacía más sólida, Skade creía ver una mujer en lugar de un animal.

El rugido de las olas, que siempre había estado allí, volvió a transformarse en lenguaje.

—Has traído a Felka, Skade. Me alegro.

—Esta representación de ella —respondió Skade al recordar que debía hablar en voz alta, como le había pedido el lobo antes. Señaló a la niña con un gesto—. ¿Es así como se ve ella ahora, de nuevo niña, o como tú deseas que yo la vea?

—Un poco las dos cosas, quizá —dijo el lobo.

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