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La Piedra de las Lágrimas (A Espada da Verdade #3)

Электронная книга - «La Piedra de las Lágrimas (A Espada da Verdade #3)». Краткое содержание книги:

Tras derrotar a Rahl el Oscuro, Richard se dispone a disfrutar de la máxima recompensa a la que podría aspirar, el amor de Calan. Pero, inadvertidamente, el joven rasgó el velo que separa el mundo de los vivos del de los muertos y ahora debe enfrentarse al mal supremo, al temible Custodio del inframundo, que intenta escapar.

Para vencerlo, Richard debe aprender a dominar sus incipientes talentos arcanos, pues de otro modo morirá. A no ser que Richard aprenda a controlar sus poderes, nadie, ni siquiera su amada Calan, la poderosa pero benevolente Madre Confesora, podrá salvar al mundo. El único modo de lograrlo es ponerse en manos de las misteriosas Hermanas de la Verdad, que afirman ser su única esperanza.
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El capitán no dio aún su brazo a torcer.

— Podemos lograrlo. No sabéis lo bien que luchamos. No somos novatos.

— ¡Todos y cada uno de los muchachos que tienes a tu mando morirán! ¿Has visto morir a alguien, capitán? No me refiero a un anciano que muere en la cama, sino a morir en batalla. Os atravesarán el cuerpo con lanzas y los ojos con flechas. Las espadas cortarán brazos y abrirán pechos, desgarrarán abdómenes y esparcirán vuestras tripas por el helado suelo.

»Caras conocidas, las caras de tus amigos, de esos muchachos, te mirarán llenas de pánico mientras se ahogan en su propia sangre y vómitos. Otros chillarán pidiendo ayuda mientras el enemigo avanza entre los heridos tirados por el suelo y los destripa para que tengan una muerte espantosa. Los que se rindan serán ejecutados mientras el enemigo celebra con cantos y danzas la gran victoria que acaba de conseguir.

Finalmente el capitán Ryan alzó la cabeza, pero sus tenientes seguían con la mirada fija en el suelo.

— Habláis como el príncipe Harold, Madre Confesora; muchas veces me ha soltado un discurso muy similar al vuestro.

— El príncipe Harold es un soldado muy inteligente.

El capitán Ryan se abrochó los dos botones de latón de su guerrera de lana marrón oscuro y repuso:

— Pero eso no cambia mi decisión. El yunque y el martillo es la mejor opción que tenemos para vencerlos. Creo que funcionará. Tiene que funcionar.

Chandalen se inclinó hacia Kahlan y le habló en su lengua.

— Madre Confesora, esos hombres van a lanzarse de cabeza a la muerte. Deberíamos alejarnos de ellos para que su locura no os atrape. Todos pueden darse por muertos.

— ¿Qué ha dicho? —inquirió el joven capitán, ceñudo.

— Ha dicho que mañana todos moriréis.

El capitán lo miró de arriba a abajo.

— ¿Y qué sabrá él de batallas? No es más que un salvaje.

— ¿Salvaje? —Kahlan enarcó una ceja—. Es un hombre inteligente que habla dos idiomas, el suyo y el nuestro. —El capitán Ryan tragó saliva—. Ha luchado en batallas y matado a enemigos. ¿A cuántos has matado tú, Bradley?

— Bueno, a ninguno, supongo —confesó el joven después de echar una rápida mirada a sus dos tenientes—. Lo siento, no pretendía ofender a nadie, pero sé mucho sobre la guerra.

— ¿Qué sabes tú sobre la guerra, muchacho? —susurró Kahlan.

— Todos somos voluntarios. Yo me alisté en el ejército hace tres años y casi ninguno de mis hombres lleva menos de uno. Todos hemos superado un duro entrenamiento. El mismo príncipe Harold ha trabajado con nosotros, nos ha enseñado tácticas y le hemos vencido en varias batallas simuladas. Esta expedición debía ser la prueba final antes de recibir nuestros destinos. Llevamos casi un mes de campaña, practicando juegos de guerra y tácticas de batalla. Sabemos qué hacemos. El hecho de que seamos jóvenes no significa que no sepamos luchar. Somos jóvenes, sí, pero también somos fuertes.

Chandalen rompió a reír.

— ¿Fuertes? ¡Pero si viajáis como mujeres! —Al ver a Kahlan arquear una ceja, carraspeó y se corrigió—. Bueno, como algunas mujeres. No sois tan fuertes como crees, ni mucho menos. Tenéis carros para transportar lo que necesitáis, y eso os hace blandos. Mañana moriréis.

— Mi amigo se equivoca —afirmó Kahlan, volviéndose hacia los tres soldados—. No vais a morir mañana.

— ¿No? —El rostro del capitán se iluminó—. ¿Así pues, tenéis confianza en nosotros?

— No. No vais a morir porque os ordeno que regreséis. Quiero que conduzcas a tu división de regreso a la unidad central, capitán, y es una orden. Yo me dirijo a Aydindril para ocuparme de lo ocurrido; pienso detener a ese ejército de asesinos.

— Ya no tenemos unidad central a la que regresar —objetó el capitán Ryan con gesto duro—. Fue aniquilada por completo en Ebinissia. Nosotros nos salvamos porque estábamos fuera de maniobras. Hemos localizado el rastro de quienes lo hicieron y los perseguimos.

— Los soldados de Ebinissia os superaban ampliamente en número y fueron aplastados por el ejército al que pretendéis dar caza.

— Lo sabemos. Ésos eran los hombres con los que compartíamos vida, comida y alojamiento. Eran nuestros maestros, nuestros hermanos, nuestros padres, nuestros amigos y camaradas. —El capitán cambió de posición mientras se aclaraba la garganta en un esfuerzo por evitar que la voz le temblara—. Deberíamos haber estado allí con ellos. Deberíamos haber luchado a su lado.

Kahlan dio la espalda a los tres soldados galeanos, cerró los ojos, se llevó los dedos a las sienes y se las masajeó describiendo pequeños círculos. Le dolía la cabeza por la desazón que le causaba la idea de que todos esos jóvenes fueran masacrados. Asimismo lloraba la muerte de los amigos y los camaradas de los jóvenes soldados que habían muerto defendiendo la ciudad. En su mente aparecieron los rostros de las mujeres violadas.

Kahlan dio media vuelta y escrutó los ojos del joven capitán. Se daba cuenta de que esos ojos habían visto más de lo que había supuesto en un principio.

— Fuiste tú —susurró—. Fuiste tú quien cerró las puertas. Tú cerraste las puertas en palacio. Las puertas de los dormitorios de la reina y sus doncellas.

El joven tragó saliva y asintió. Los ojos azules se le humedecieron y el labio inferior le tembló.

— ¿Por qué tuvieron que hacer algo así a esa pobre gente?

— El propósito de un soldado es que el enemigo cometa estupideces —respondió Kahlan con voz dulce—. Para ello debe asustarlo o enfurecerlo lo suficiente para que no piense. Hicieron eso no sólo para meteros el miedo en el cuerpo sino para despertar vuestra cólera y forzaros a cometer una estupidez que os costara la vida.

— Estamos persiguiendo a quienes cometieron esas barbaridades. Ya no tenemos unidad central a la que regresar. Ahora depende de nosotros.

— Ésa es la estupidez que quieren que cometáis. Pero no vais a hacerlo. Os reuniréis con otra unidad. No atacaréis a ese ejército.

— Madre Confesora, soy un soldado que ha jurado servir a Galea y a la Tierra Central. Pese a mi juventud, nunca, en toda mi vida, me ha pasado siquiera por la cabeza la posibilidad de desobedecer a mis superiores, a mi reina o a la Madre Confesora. —El joven capitán alzó la muñeca de Kahlan con los dedos índice y pulgar y colocó su mano sobre su propio hombro—. Pero en esto debo desobedeceros. Tomadme con vuestro poder, si deseáis, pues ése será el único modo de que haga lo que me ordenáis.

— Y luego deberéis tomarme a mí —intervino el teniente Sloan, que hasta entonces había guardado silencio—, porque yo ocuparé su lugar y conduciré a los hombres a la batalla.

— Y después a mí —añadió el teniente Hobson, dando un paso adelante.

— Después de tomarnos a nosotros tres, tendréis que hacer lo propio con los oficiales y luego con los soldados rasos —dijo el capitán—. Si queda uno solo, atacará y morirá luchando si es necesario.

Kahlan retiró la mano.

— Te repito que me dirijo al Consejo Supremo para hacerme cargo de esto. Lo que queréis hacer es un suicidio.

— Madre Confesora, atacaremos.

— ¿Por qué? ¿Buscáis la gloria? ¿Queréis ser héroes que venguen a los asesinados? ¿Queréis morir en una batalla gloriosa?

— No, Madre Confesora —repuso el capitán con voz queda—. Vimos los desmanes que esos hombres cometieron en Ebinissia, vimos lo que les hicieron a los prisioneros, vimos lo que les hicieron a las mujeres y a los niños. Muchos de los hombres que sirven a mis órdenes perdieron a sus madres y a sus hermanas allí. Todos vimos lo que les había ocurrido, así como a nuestros padres y hermanos. A nuestra gente.

El joven se irguió cuán alto era y la miró directamente a los ojos con gesto resuelto.

— No buscamos la gloria, Madre Confesora. Sabemos que es una misión suicida. Pero todos somos solteros, no tenemos esposa ni hijos que puedan quedarse sin padre. Si no hacemos algo, esos hombres atacarán otra ciudad y cometerán las mismas tropelías que en Ebinissia. Nuestra intención es detenerlos, si podemos.

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