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La Piedra de las Lágrimas (A Espada da Verdade #3)

Электронная книга - «La Piedra de las Lágrimas (A Espada da Verdade #3)». Краткое содержание книги:

Tras derrotar a Rahl el Oscuro, Richard se dispone a disfrutar de la máxima recompensa a la que podría aspirar, el amor de Calan. Pero, inadvertidamente, el joven rasgó el velo que separa el mundo de los vivos del de los muertos y ahora debe enfrentarse al mal supremo, al temible Custodio del inframundo, que intenta escapar.

Para vencerlo, Richard debe aprender a dominar sus incipientes talentos arcanos, pues de otro modo morirá. A no ser que Richard aprenda a controlar sus poderes, nadie, ni siquiera su amada Calan, la poderosa pero benevolente Madre Confesora, podrá salvar al mundo. El único modo de lograrlo es ponerse en manos de las misteriosas Hermanas de la Verdad, que afirman ser su única esperanza.
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»Hemos jurado dedicar nuestra vida a proteger a nuestro pueblo, y no podemos eludir esa responsabilidad. Debemos atacar y tratar de detener a esos hombres antes de que maten a más inocentes. Pido a los buenos espíritus que tengáis éxito en Aydindril, pero eso llevará demasiado tiempo. ¿Cuántas ciudades más saquearán antes de que logréis que la Tierra Central se una contra ellos? Con Ebinissia basta. Nosotros somos los únicos que podemos detener a los asesinos. Lo único que se interpone entre ellos y sus próximas víctimas son nuestras vidas.

»Cuando pronuncié el juramento, prometí que siempre protegería a mi gente por encima de todo, sin importar las circunstancias ni las órdenes. Por esta razón debo desobedecer vuestras órdenes, Madre Confesora. No porque busque la gloria, sino para proteger a quienes están indefensos. Me gustaría contar con vuestra bendición, pero con ella o sin ella trataré de detener a ese ejército.

Kahlan se dejó caer sobre el tronco y, con la mirada perdida en la distancia, reflexionó sobre esos tres soldados. Todos aguardaban en silencio. Aunque por su edad no eran más que unos niños, eran más maduros de lo que creía. Y tenían razón.

Pasaría bastante tiempo antes de que llegara a Aydindril, y más aún antes de reunir un ejército que diera caza a los asesinos. Mientras tanto ellos seguirían matando. ¿Cuántas personas morirían esperando ayuda del Consejo Supremo?

En esos momentos Kahlan deseó ser cualquier otra persona y no la Madre Confesora. Pero lo era. Debía dejar de lado sus sentimientos y plantearse el problema como la Madre Confesora; debía poner en la balanza vidas, las que se perderían y las que se salvarían.

— Debemos ayudarlos —dijo a Chandalen, poniéndose de pie.

El hombre barro deslizó hacia arriba las manos con las que se apoyaba en la lanza y se inclinó hacia ella, diciendo:

— Madre Confesora, estos hombres son estúpidos chiquillos y morirán. Si nos quedamos con ellos, nos arrastrarán a un baño de sangre. También nosotros moriremos y entonces nunca llegaremos a Aydindril. Hagamos lo que hagamos, están condenados.

— Chandalen, estos muchachos son como la gente barro. Están persiguiendo a sus jocopo. Si no los ayudamos, más personas morirán tal como vimos en Ebinissia.

— Madre Confesora —intervino Prindin—, ya sabes que haremos cualquier cosa que desees, pero no hay modo de ayudarlos. Sólo somos cuatro.

— Mi hermano tiene razón. Y, además, faltarías a tu deber de llegar a Aydindril. ¿Acaso no es eso importante? —dijo Tossidin.

— Claro que sí. —Kahlan se apartó un mechón de pelo de la cara y añadió—: Pero ¿qué pensarías si ese ejército que exterminó a todos los habitantes de una ciudad decidiera ir contra la gente barro? ¿No querríais que os ayudara si las próximas víctimas fueran vuestra gente?

Los tres hombres barro se irguieron volteando las lanzas mientras pensaban. De vez en cuando miraban por encima del hombro a los tres soldados, que asimismo guardaban silencio.

— ¿Qué haríais vosotros para derrotar a ese enemigo? —les preguntó Kahlan, mirándolos alternativamente.

Por fin, Tossidin fue el que respondió.

— Son demasiados. Jamás podríamos vencerlos.

— ¡Somos gente barro y guerreros! —Muy enfadado, Chandalen propinó un revés a Tossidin en el hombro—. Somos más listos que esos hombres que viajan en carros y asesinan a mujeres. ¿Crees acaso que son mejores luchadores que nosotros?

Los dos hermanos arrastraron los pies al tiempo que eludían la mirada de su compañero.

— Bueno —se defendió Prindin—, si lo hacemos tal como ellos pretenden, moriremos. Hay modos mejores.

Chandalen sonrió.

— Claro que sí. Los espíritus enseñaron a mi abuelo cómo enfrentarse a un enemigo mucho más numeroso. Mi abuelo enseñó a mi padre, y mi padre me enseñó a mí. Los bandos son más numerosos, pero el problema es el mismo. Nosotros sabemos qué hacer. —Chandalen miró a Kahlan a los ojos—. Y tú también lo sabes, pero ellos no. Tú sabes que no debemos luchar como el enemigo quiere, que es lo que estos jovencitos pretenden.

Kahlan le sonrió y asintió.

— Tal vez podemos ayudarlos a proteger a inocentes.

La mujer se volvió hacia el capitán Ryan, que la había estado observando conversar en una lengua extranjera con esos hombres de extraño aspecto.

— Muy bien, capitán. Atacaremos a ese ejército.

El capitán la agarró por los hombros.

— ¡Gracias, Madre Confesora! —De pronto se dio cuenta de que la estaba tocando y, con un estremecimiento, apartó bruscamente las manos y se las frotó—. Lo lograremos, ya veréis. Tendremos que lanzarnos sobre ellos. Los sorprenderemos y clavaremos sus cabezas en una pica.

Kahlan se inclinó hacia él, haciéndolo retroceder.

— ¿Sorprenderlos? ¿Sorprenderlos, dices? ¡Tienen un mago, idiota! —exclamó, agarrándolo por el cuello y acercando su rostro al de ella.

— ¿Un mago? —susurró el capitán, muy pálido.

La mujer lo soltó empujándolo con gesto airado.

— Estuviste en Ebinissia. ¿Es que no viste el agujero fundido en la muralla?

— Bueno…, supongo que no le presté atención. Únicamente tenía ojos para los muertos. —El capitán lanzó rápidas miradas alrededor, como si siguiera viéndolos—. Estaban por todas partes.

Kahlan se calmó al ver la apenada expresión de su rostro.

— Lo comprendo. Eran tus amigos y parientes. Es comprensible que no te dieras cuenta. Pero eso no es excusa para un soldado. Un soldado debe fijarse en todo. Si pasas por alto detalles como ése, capitán, lograrás que te maten.

El joven capitán tragó saliva y asintió.

— Sí, Madre Confesora.

— ¿Deseáis matar a los hombres que destruyeron Ebinissia? —Los tres soldados respondieron afirmativamente—. En ese caso, asumo el mando de esta legión. Si deseáis detener a los hombres acampados tras esa montaña, haréis lo que yo os diga. Y también obedeceréis a Chandalen, a Prindin y a Tossidin.

»No dudo que sepáis de tácticas de batalla, pero nosotros sabemos cómo se mata a la gente. Esto no es una batalla, capitán, sino que el objetivo es matar. Sólo os ayudaremos si realmente estáis decididos a detenerlos. Si lo que queréis es batiros en una batalla, nos iremos ahora mismo y dejaremos que os masacren.

El capitán Ryan hincó una rodilla en el suelo. Los dos tenientes lo imitaron.

— Madre Confesora, será un gran honor servir a vuestras órdenes. Pongo en vuestras manos mi vida y la vida de todos mis hombres. Si sabéis el modo de evitar que esos hombres asesinen a más inocentes, obedeceremos vuestras órdenes.

— Muy bien. Esto no es un juego de guerra, capitán. Para alcanzar la victoria, todos los hombres deberán seguir las órdenes. Cualquiera que no lo haga, estará ayudando al enemigo y se considerará traición. Si realmente deseáis detener a esos hombres, todos vosotros tendréis que entregarme el mando, sabiendo que no podréis cambiar de opinión si las cosas se ponen feas. ¿Entendido?

— Sí, Madre Confesora, lo entiendo.

— ¿Y vosotros? —dijo, dirigiéndose a los tenientes.

— Me siento honrado de serviros, Madre Confesora.

— Yo también, Madre Confesora.

Kahlan les indicó con un gesto que se levantaran y se abrigó con su manto de pieles.

— Es esencial que vaya a Aydindril, pero os ayudaré a poner en marcha esto. Os diremos qué debéis hacer. Solamente podré quedarme con vosotros uno o dos días; os mostraremos cómo matar enemigos y luego nos marcharemos.

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