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Long John Silver

Электронная книга - «Long John Silver». Краткое содержание книги:

¿Quién no recuerda a Long John Silver, el famoso Pata de Palo de La isla del tesoro? Espíritu rebelde, audaz y mujeriego, el intrépido marino surcó los mares a las órdenes de piratas tan temidos como England o Flint, contrabandeó en las costas de Francia y fue vendido como esclavo en las Antillas, convirtiéndose en el personaje más carismático y controvertido de R. L. Stevenson.
Este hombre seductor, capaz de mil traiciones y siempre dispuesto a pactar para sobrevivir, nos cuenta ahora su intensa vida desde su retiro en la isla de Madagascar: así es como la magia de la letra impresa consigue hacernos llegar una autobiografía imposible y sin embargo tan real como las mejores páginas de la buena literatura.
Björn Larsson, escritor y navegante, es el autor de este doble salto mortal que nos regala la voz de Pata de Palo para que él mismo nos diga la verdad, y nada más que la verdad, sobre sus andanzas de hombre y marinero.
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Yo aún salí bien de todo aquel asunto. Bebí hasta acabar tirado debajo de la mesa, eso fue todo. En plena borrachera firmé un papel y se quedaron con el sueldo de tres meses. Naturalmente, también pagué el ron que había trasegado. Pero habría podido salir mucho peor. Había gente que llegaba al barco medio muerta y apaleada. Había otros que ya sabían, al subir a bordo endeudados hasta las orejas por obra y gracia del sinvergüenza de turno, que no recibirían ni un chelín cuando se licenciaran un año o dos más tarde. Y luego estaban los que firmaban un contrato para trabajar en las plantaciones, y que tardarían cinco años en ser libres de nuevo. En caso de que entonces aún pudieran mantenerse en pie.

¡Y pensar que en tierra firme hay otros que escriben página tras página preguntándose, completamente en serio, cómo es posible que la profesión de pirata tenga constantemente nuevos adeptos y aprendices! Saber escribir, lo digo francamente, no es un remedio contra la estupidez, porque a la hora de la verdad se puede demostrar que yo firmé el contrato que Ned me puso delante de las narices cuando el ron había surtido su efecto.

Me desperté cuando me echaron un cubo de agua de mar y el superior me dio una buena patada en el trasero. La cabeza me estallaba, tenía todo el cuerpo bañado en un sudor frío, me temblaban las manos y veía bailar chispas alrededor de los ojos en cuanto movía la cabeza. En pocas palabras, y no tiene nada de extraordinario, viví mi primera resaca, y si alguien me lo hubiera preguntado, en aquellos momentos habría preferido estar muerto, aunque por primera y última vez en mi vida, si mal no recuerdo.

Me sacaron a cubierta por una escala de cuerda, a través de una puerta en la popa del navío, aunque yo apenas sabía dónde estaba la parte de delante y la de atrás, y me encontré de pronto ante el dios del barco.

– Señor -dijo el primero de a bordo, respetuosamente-, éste es John Silver, el grumete, que subió a bordo con Ned ayer noche.

El capitán me miró de arriba abajo como si yo fuera un caballo en una subasta.

– Tengo aquí un contrato -dijo-, en el que se estipula que John Silver se obliga a navegar como marinero inexperto desde Glasgow a Chesapeake, ida y vuelta, por un sueldo de veintidós chelines al mes. Está firmado por usted mismo y en presencia de testigos. ¿Estamos de acuerdo?

Creo que asentí con la cabeza.

– Bien.

El capitán se levantó, rodeó la mesa lentamente y me miró como si quisiera infundirme el espanto más terrible.

– Tengo entendido, Silver, que es la primera vez que pisa un barco. Sólo voy a decirle una cosa: A bordo de un barco no hay nada que sea justo o injusto, como parece ser que se entiende en tierra. En un barco sólo hay dos cosas: el deber y el motín. Si usted desobedece las órdenes o deja trabajos por hacer, se considerará motín. Y el motín se castiga con la muerte. Haga el favor de grabárselo en la memoria.

– Sí, señor -susurré torpemente, sin saber lo que había dicho o hecho.

Así fue como inició John Silver su carrera de marinero. Me había hecho a la mar para tener libres las manos, además con guantes de piel, y me encontraba ligado de pies y manos. Me pusieron a trabajar de inmediato en un mundo que para mí era completamente incomprensible. Estaba paralizado y perplejo. Obedecía una orden tras otra en una corriente que no tenía fin. Nunca dije lo que pensaba, porque a pesar de todo había aprendido que la sinceridad no me conduciría a ninguna parte. Si abría la boca era para decir lo que querían oír los otros, nada más. Me convencí de que era la única forma de sobrevivir hasta que, llegado el momento, supiera más.

De todas maneras, lo peor de todo fue que al principio no entendía nada de lo que se decía a bordo. Claro que se hablaba inglés, pero muchas de aquellas palabras no me resultaban nuevas, y el resto era jerga marinera. Yo, que a pesar de todo creía que tenía el pico de oro y que podía darle la vuelta a las palabras hasta que significaran todo lo contrario, yo, que incluso sabía hablar latín, me encontré fuera de juego como un idiota, con los ojos brillantes, pero ridículo. Recuerdo que un día dijo Morris, uno de los estables a bordo, que Robert Mayor, el joven primero de a bordo que acababa de llegar, había subido a bordo por la cuerda del ancla. Y yo, idiota de mí, me acerqué a Morris para preguntarle cómo era posible que hubiera subido por allí si no era una rata.

Morris y toda la tripulación se echaron a reír hasta no poder más. Y el ánimo, que normalmente y en honor a la verdad escaseaba bastante a bordo, se desbordó gracias a mí, cuando oí decir en Chesapeake que el carpintero, Cuthbert, se había tragado el ancla.

– Desde luego, Cuthbert tiene una bocaza enorme -comenté-, pero no sabía que fuera tan grande como para tragarse el garfio del esquife.

Y en ésas estábamos. Pero poco a poco aprendí las palabras. Porque descubrí rápidamente que en el barco había un idioma claro y conciso, y que los lobos de mar de la Armada tenían otro, que eran canciones, mentiras y parloteo. Me aceptaron y después me apreciaron porque pasado sólo un año ya podía contar relatos como cualquier otro, incluso mejor. Como casi todo el mundo me aceptaba, nadie se cuestionaba si eran verdad o mentira. Una buena historia era lo principal, y por tanto no es de extrañar que me respetaran. Y quizá se debiera también a eso, quiero decir al respeto, por lo que soportaba cumplir las órdenes que se daban en cubierta. Nunca recurrí al ron para olvidar que era marinero y no un hombre, ni vivo ni muerto. Y durante mucho tiempo, hasta que tuve más experiencia, oía el eco de la amenaza del capitán Wilkinson en mi turbio interior: que la obediencia era una forma de salvar el pellejo, la única y la mejor.

Capítulo 7

Durante diez años navegué a las órdenes del capitán Wilkinson. Era un tirano, sin ninguna duda uno de los peores, pero sabía gobernar un barco. Durante todo el tiempo que estuve a bordo nunca le vi tomar una decisión que no fuera de índole marinera. Cuando al final perdió el Lady Mary no fue por culpa suya ni por fallo del barco, aunque más de una vez le remordería la conciencia, en el supuesto de que tuviera conciencia. Seguro que los dioses saben, si tienen ganas de escuchar, que lo único que el capitán Wilkinson sabía en el mundo eran los asuntos relativos a la mar.

Con el tiempo conseguí un lugar no en el corazón del capitán Wilkinson, porque no había sido dotado de ese órgano, pero sí en su mundo sensorial, que se reducía a los barcos. Para el capitán Wilkinson llegué a ser una parte habitual del entorno que se había acostumbrado a tener a mano. Al final, yo fui el único que quedaba de la tripulación reclutada inicialmente en Glasgow, de buen grado o por la fuerza, diez años antes. Se le escapaban incluso los oficiales, que se enrolaban con otros cuando llegábamos a puerto. El capitán Wilkinson dirigía a sus hombres con mano más férrea que nadie; mano muy dura, pero también sin favoritismo alguno. Todos recibían el mismo trato nefasto. He visto a marineros curtidos doblarse de cansancio en el mismo momento en que el cable del ancla del Lady Mary se desenrollaba por el escobén. Que pusieran pies en polvorosa tan pronto surgía la ocasión, en la medida en que aún pudieran andar, no parecía importar lo más mínimo al capitán Wilkinson, siempre y cuando el barco estuviera ya seguro en su destino. Ni siquiera se preocupaba por descargar la mercancía. De eso ya se encargaban los navieros y los agentes. Estoy seguro de que aborrecía poner los pies en tierra firme. De todas maneras, no tenía que preocuparse por las reglas de los demás capitanes, quienes aseguraban que la familiaridad con la tripulación a la larga se convertía en desprecio. Era como si él se hubiera despedido de la humanidad el día en que se hizo a la mar.

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