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Long John Silver

Электронная книга - «Long John Silver». Краткое содержание книги:

¿Quién no recuerda a Long John Silver, el famoso Pata de Palo de La isla del tesoro? Espíritu rebelde, audaz y mujeriego, el intrépido marino surcó los mares a las órdenes de piratas tan temidos como England o Flint, contrabandeó en las costas de Francia y fue vendido como esclavo en las Antillas, convirtiéndose en el personaje más carismático y controvertido de R. L. Stevenson.
Este hombre seductor, capaz de mil traiciones y siempre dispuesto a pactar para sobrevivir, nos cuenta ahora su intensa vida desde su retiro en la isla de Madagascar: así es como la magia de la letra impresa consigue hacernos llegar una autobiografía imposible y sin embargo tan real como las mejores páginas de la buena literatura.
Björn Larsson, escritor y navegante, es el autor de este doble salto mortal que nos regala la voz de Pata de Palo para que él mismo nos diga la verdad, y nada más que la verdad, sobre sus andanzas de hombre y marinero.
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Durante horas estuve dando vueltas por las callejuelas de Greenock. Como todas las ciudades portuarias, Greenock apestaba a alquitrán, basura y desperdicios. Toda la vida, hasta hoy mismo, he estado rodeado de olores pestilentes: alquitrán, cadáveres, sangre, agua podrida y carne corrompida, lana rancia y lona de vela enmohecida, defecaciones de todas las formas y matices, sudor, grasa, ron y muchos otros. El alquitrán era lo peor, porque se pegaba a la memoria y se imponía sobre cualquier otro olor, el que fuera. Por culpa del alquitrán, nunca gracias a él, por muy borrachos, adormecidos, afligidos y destrozados que estuvieran, los marineros encontraban el camino del puerto y de sus respectivos barcos, si es que lo deseaban, aunque no lo deseaban nunca, o bien si era ésa su obligación, que era lo normal. La nariz era su brújula, y casi nunca tenía que desviarse. El hedor era su norte.

Huí de la fetidez de los barrios marineros de Greenock y fui a parar, como corresponde a la gente de orden, al distinguido centro de Glasgow a medida que el mal olor se iba disipando. Creí que allí en High Street, a la sombra del Tolbooth, entre los armadores, los comerciantes barrigudos y otras gentes de alcurnia, podría encontrar información sobre los barcos y los capitanes adecuados que necesitaran a alguien como yo.

Sin embargo, entre todas aquellas caras que no me dedicaban ni una mirada, como si no existiera, ¿a quién iba yo a preguntar? Me acerqué a hombres grandullones, vestidos con gabanes cubiertos de botones de latón, tricornios y bastones de empuñadura dorada, para escuchar qué decían, por si acaso hablaban de los barcos que iban a zarpar. Pero en cuanto me acercaba demasiado, siempre había alguien que me echaba de un empellón y me daba órdenes como si yo fuera un perro callejero.

– ¡Fuera de aquí, pilluelo! Aquí no tienes nada que buscar.

«¿Por qué no?», pensaba yo con una indignación que no había sentido antes. ¿Qué sabían aquellos señores de lo que yo andaba buscando? A sus ojos enrojecidos, yo no era más que un piojo, una mosca, una cucaracha, un gusano en una galleta de barco. Y ellos ¿qué eran? Sapos hinchados que de un momento a otro podían explotar de orgullo. Pero yo era joven, inexperto y demasiado tonto para entender que era tan capaz como ellos. En lugar de entenderlo, mi impotencia aumentaba cada vez que me echaban sin ser escuchado, hasta que al final me quedé clavado en el suelo, delante de tres hombres que tampoco querían saber nada de mí. Uno de ellos tenía unas charreteras que lanzaban destellos cada vez que les daba el sol.

– ¿Estás sordo? -me preguntó el hombre condecorado después de haberme mandado al infierno-. ¡Esfúmate!

– No te quedes ahí escuchando hablar a los hombres honrados, que pareces un ladrón -dijo otro.

– Pido perdón, señor -respondí-, pero no puedo ser sordo y andar escuchando a la vez, ¿no?

Hubo un silencio. Creí que les había dado la respuesta que se merecían. De nuevo me equivoqué. Un brazo recubierto de chorreras surcó el aire como un aspa de molino y me arreó tal bofetón que seguro que me puse rojo hasta las orejas del dolor.

– Eres un maleducado, pillastre -dijo el hombre.

– No -dije yo con una mano en la mejilla caliente-. Sólo he dicho lo que pienso.

– Exacto -contestó amenazador amenté-. ¿Y crees que lo puedes hacer sin recibir tu justo castigo?

Esta vez cerré la boca a la vez que deseaba haber tenido las manos del capitán Barlow y no sólo mis palabras. Los conocimientos se caían como manzanas maduras. Había dicho la verdad para variar, justo lo que pensaba, pero sólo saqué de ello un dolor terrible en las sienes, nada más.

– Venga -dijo uno de los hombres de actitud más sosegada, en un tono suave y considerado-, dinos lo que quieres y después te largas de aquí. Tenemos cosas más importantes a las que dedicar nuestro tiempo.

– Desearía enrolarme -me expliqué-. Estoy buscando un buen barco y un capitán justo.

Los tres hombres se miraron de una forma que me habría tenido que alertar, sólo que yo estaba demasiado ocupado con lo mío para darme cuenta.

– Entonces has tenido suerte -dijo el hombre de la voz suave-. Te puedo ayudar en una cosa y otra, con plena satisfacción por ambas partes. Ven a verme dentro de una hora a la taberna The Anchor, que está en el muelle del tabaco, y seguro que nos ponemos de acuerdo para firmar el contrato. Represento a los honorables señores Johnson, que transportan tabaco desde Virginia. Yo me ocupo de la tripulación.

Me incliné haciendo reverencias y di las gracias por la amabilidad. Pero en medio de la alegría porque me hubieran tomado en serio, tuve el sentido común de preguntar cómo sabría yo que había pasado una hora.

– Es verdad, dijo. ¿A tu edad, quién va por ahí con un reloj? Tienes la cabeza donde hay que tenerla, es evidente. A lo mejor incluso sabes leer.

– Latín -dije, seguro que no sin orgullo.

– ¡No me digas! -exclamó volviéndose hacia los demás-. ¿Han oído, señores míos? El chico sabe leer latín. ¿No creen que el capitán Wilkinson sabrá valorar a un grumete que lee latín?

Los señores se echaron a reír.

– Seguro -dijo el uniformado-. Necesita toda la tripulación que pueda reunir. Y si alguien le supiera leer la Biblia tampoco le iría mal.

– Has conseguido lo que querías -dijo el primero con seriedad-. Márchate ahora mismo a The Anchor y espérame allí. Di que vas de parte de Ned y te darán algo para apagar la sed hasta que llegue yo.

Así me fui por la ribera del río Clyde, pensando que lo había conseguido y mirando con añoranza todos los barcos que se estaban pertrechando para zarpar en busca del tabaco de Virginia, la revancha de los indios, como decían los lobos de mar, y traerlo a Escocia e Inglaterra. «Chesapeake y Charleston», me repetía una y otra vez para mis adentros. A Glasgow enviaban los reyes del tabaco sus barcos, eso sí lo sabía yo.

Iba a salir a ver el mundo, pensaba, sería libre como un pájaro, sería mi propio señor, dueño de mí mismo, no tendría que obedecer a nadie más. Estaba más contento que unas castañuelas y la vida me sonreía, como se dice sin pensar. Pero no había olvidado las enseñanzas del capitán Barlow, y de camino hacia The Anchor compré dos pares de guantes de piel.

¿Y después? Lo mismo de siempre. Era nuevo para mí, pero eso no me ayudó.

Subí por la escalera de The Anchor, saludé de parte de Ned y me dieron un vaso de ron que me bebí de un trago para aparentar, como se suele hacer cuando uno es joven y descarado. Cuando se acabó el contenido del vaso me sirvieron más «a cuenta de la casa», como dijo el tabernero. Él había sido marinero en otros tiempos, y yo no me atreví a no beber lo mismo. El ron anegaba mi cerebro y me emborrachaba, como estaba previsto, provocándome el desatino.

Cuando Ned atravesó el umbral lo saludé como si fuéramos viejos amigos y pusieron otra botella en la mesa.

Me desperté a la mañana siguiente a bordo de un barco tan incomparable como el Lady Mary sin saber cómo había ocurrido todo. Naturalmente, eso lo descubrí más tarde, siendo el hazmerreír de mis compañeros de fatigas; Ned a su vez había sido víctima de la tripulación, pero era el sinvergüenza más despreciable de Glasgow, al menos de los que proveían a los capitanes de barco con o sin su consentimiento. La fórmula variaba, pero el resultado siempre era el mismo; el capitán contrataba a los marineros y el muy sinvergüenza se quedaba con el sueldo de dos meses de los hombres. Si los marineros protestaban, el capitán respondía que ellos habían contratado los servicios de un agente para enrolarse. Y siempre había un contrato con la huella irrefutable o la firma estampada en plena borrachera o en el error, que regulaba la mediación del agente y los marineros, con la aprobación plena de ambas partes, tal como lo expresaba Ned. Pero lo único que probablemente sacaba en claro el marinero era que seguía vivo. Para eso sí tenía entendimiento.

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