Por arte de magia
- Автор: Грин Дженнифер
- Язык: испанский
- Жанр: Современные любовные романы
Электронная книга - «Por arte de magia». Краткое содержание книги:
La propuesta de Mitch estaba motivada por el deber, pero en sus ojos brillaba una pasión auténtica… ¿Podía un matrimonio forjado por el bien de un futuro hijo convertirse en un amor de cuento de hadas entre la Bella Durmiente y su Príncipe Azul?
– Claro, cómo no -Nicole deseó abofetearse a sí misma por estar tan distraída. De haberse fijado antes, hubiese notado por la expresión de Wilma que algo no iba bien.
Wilma tragó saliva, titubeó, y luego fue a cerrar la puerta.
– Nicole… he hecho algo muy grave. Lo bastante grave como para que me despidas. Mitch dijo que no lo harías, pero…
– Aguarda un momento. ¿Has hablado con Mitch?
Wilma asintió vigorosamente.
– Largo me ha aconsejado que venga y hable contigo. Para serte sincera, tenía mis dudas. Pero, al final, acabarías descubriéndolo, y la situación sería aún más horrible que ahora…
– Cielo santo, ven y siéntate. Ya veo que estás muy disgustada. No puedo creer que la cosa sea tan grave, Wilma. Realizas un trabajo magnífico en el despacho. No debes temer que te despida por un error…
– Sí que me despedirás. No se trata de un error sin importancia. Tiene que ver con Bernie.
Al principio, aquel nombre no le dijo nada a Nicole, aunque supuso que se trataría de un hombre. De pronto, cayó en la cuenta de que el único Bernie al que conocía era Bernard Shaw. El señor Shaw. El nuevo cliente de la compañía de seguros.
– Te juro que jamás había tenido nada con un cliente. Ocurrió por puro accidente, el día en que tú te pusiste enferma y él había acudido a la reunión. Había reservado una habitación de hotel para pasar la noche. Y comentó que detestaba cenar solo. Sólo intenté ser amable. Únicamente tenía pensado cenar con él…
Nicole había oído más que suficiente como para saltar de la silla y subirse por las paredes.
– ¡No puedo creer que hayas hecho algo semejante! Fuera del trabajo, no es asunto mío lo que hagas con tu vida personal. Pero, por Dios santo, deberías tener más cerebro. ¿Y si Shaw se echa atrás del proyecto por haberse liado afectivamente contigo?
– Lo sé.
– ¿Y ni siquiera se te ha ocurrido pensar en el sida? ¿O en si está casado? -Nicole echó un nuevo vistazo al rostro de su ayudante-. Y seguro que tiene que haber algo más. Vamos, cuéntamelo. Necesito saber la magnitud del desastre que has provocado.
Una hora más tarde, Nicole se hallaba sentada a la mesa del despacho cuando Mitch llamó a la puerta. Llevaba en la mano una taza de té caliente.
– Que conste que ahora sí has alcanzado realmente la condición divina a ojos de Wilma.
– Pues no sé por qué. Le he gritado en todos los registros posibles. Lo que debería haber hecho es despedirla. Y afirmó que había hablado contigo. ¿Por qué no me dijiste nada?
– Lo habría hecho si Wilma no hubiese hablado contigo -Mitch dejó la taza y rodeó la mesa. Con sus enormes y fuertes manos empezó a masajearle despacio el cuello y los hombros-. Nadie podía haberlo solventado mejor que tú.
– No lo he solventado bien en absoluto. Dios mío, qué desastre. No se me ocurre otra pareja más improbable desde el Gordo y el Flaco. Al parecer, Shaw está loco por ella… La llama todas las noches desde hace una semana. He decidido que las próximas reuniones con Shaw se celebren en Portland, y no aquí, lo cual supondrá un verdadero engorro y gastos adicionales de viaje para todo el mundo. Al fin y al cabo, es casi seguro que lo perderemos como cliente. Aún me dan ganas de darle un tiro a Wilma.
– Pero, en vez de eso, la has apoyado.
– Porque soy una estúpida. Cualquier jefe con dos dedos de frente la hubiera despedido en el acto – Nicole no deseaba cerrar los ojos, pero los dedos de Mitch parecían localizar mágicamente cada músculo tenso de su cuello y sus hombros.
– Sabes que en ningún momento te planteaste despedirla, Nik -dijo él serenamente-. Siempre has brindado tu apoyo a los miembros de la plantilla, incluso cuando han hecho algo mal. Siempre les has dado otra oportunidad. Aún no te he visto crucificar a nadie por un error. Con una notable excepción.
– ¿A qué excepción te refieres?
– Tú misma eres esa excepción. Eres comprensiva con todos los demás. Pero te torturas a ti misma sin piedad cuando cometes algún error -Mitch bajó las manos-. Y no creo que lo hayas cometido ahora, Nik. Esa chica necesita el trabajo… Mantiene a su padre alcohólico, ¿lo sabías?
– No.
– Su situación es delicada en todos los frentes. Quizá esto la anime a replantearse cómo está encauzando su vida y a tomar decisiones al respecto. Bueno, ¿qué tal si te tomas el té? Has tenido una mañana muy dura.
De nuevo la estaba cuidando, comprendió Nicole de repente. Había entrado en la oficina sólo para llevarle un té y darle un masaje porque sabía lo difícil que se le había presentado la mañana.
– Vuelve aquí -le pidió.
Mitch ya había recorrido medio trecho hasta la puerta.
– No puedo. Mi jefa es una negrera y tengo toneladas de trabajo que hacer.
– Déjate de excusas, Landers. Sólo será un minuto -Nicole le dirigió una sonrisa, pero aquella locura que la embargaba volvía a inquietarla.
Mitch le sonrió.
Ella notó que el pulso se le aceleraba, y se quedó mirándolo como una niñita que aún creyera en los cuentos de hadas. Con impaciencia, se levantó de la silla y se acercó a la ventana, donde lo más peligroso que podía contemplar era la atronadora tormenta.
– Nik, sobre lo que ocurrió el otro día… No quiero que te sientas obligada a nada.
– No me siento obligada -se apresuró a contestar ella, y luego puso los ojos en blanco y alzó las manos-. De acuerdo, está bien. Me siento confusa. Quisiera saber qué es lo que más le conviene al niño. A nosotros -titubeó-. Pero creo que el tiempo que pasamos juntos nos está ayudando, Mitch.
– ¿Lo dices en serio?
– Sí. Y había pensado que… Bueno, quizá el sábado por la noche podamos relajarnos un poco y olvidarnos del trabajo. No sé… quizá ir a la playa y hacer una barbacoa, o algo por el estilo. ¿Qué contestas?
Mitch abrió el maletero del Miata y extrajo las dos bolsas llenas con lo necesario para la barbacoa. Miró nerviosamente el paquete que contenía los filetes de ternera. El carnicero había afirmado que era la carne más tierna que tenía en la tienda, pero ésa no era la cuestión.
Mitch había aceptado que cortejar a una mujer embarazada conllevaba ciertos desafíos poco usuales. Y, de momento, parecía no dar en el clavo con la comida. Las patas de cangrejo y los camarones habían sido un desastre, y ya sólo faltaban unos seis meses para que naciera el niño. Aquella fecha resonaba en su mente como un detonador. No podía permitir que nada saliera mal, aunque nada parecía haber salido bien hasta entonces.
Nik salió al oír el coche, y de inmediato sonrió cuando lo vio cargado con las dos bolsas… a juego con las que llevaba ella.
– Parece que los dos nos hemos pasado con los preparativos. Y se suponía que lo único que debías traer era la carne.
– Y la traigo. Unos filetes estupendos.
– Ternera, ¿eh?
– Dijiste que te encargarías de los platos y los cubiertos. También he traído algo de leña, un asador, una manta, y demás. Parece que será una noche perfecta.
– Insuperable -convino Nicole. Conforme bajaban las escaleras y se preparaban para salir, saboreó la noche con la misma intensidad que Mitch. Apenas corría un soplo de brisa sobre el Pacífico. El anochecer era idóneo para los amantes, con un cielo salpicado de tonos amatista y zafiro. Las olas acariciaban la arena de la orilla.
Nik ya había formado un círculo de piedras para encender la hoguera bajo el repecho de un acantilado. Luego extendió la manta y sacó las bebidas mientras Mitch encendía el fuego.
– Se ve que ya lo has hecho antes. Ese fuego es una obra maestra -bromeó.
– Tardará un poco en encenderse del todo. Espero que no tengas demasiada hambre.
– La tengo… pero puedo esperar. Se está muy a gusto aquí, disfrutando del anochecer.