Por arte de magia
- Автор: Грин Дженнифер
- Язык: испанский
- Жанр: Современные любовные романы
Электронная книга - «Por arte de magia». Краткое содержание книги:
La propuesta de Mitch estaba motivada por el deber, pero en sus ojos brillaba una pasión auténtica… ¿Podía un matrimonio forjado por el bien de un futuro hijo convertirse en un amor de cuento de hadas entre la Bella Durmiente y su Príncipe Azul?
– Seguro que esos tan grandes son muy difíciles de mantener. El tuyo no sólo es un encanto, sino que tiene mucha más personalidad.
La muy condenada estaba obligándolo a darle un beso. Para desterrar de su mente esos pensamientos, Mitch la llevó a la cabina, y luego le mostró los aseos y la despensa. De nuevo en cubierta, la convenció para que se colocara un chaleco salvavidas y por fin puso el motor en marcha. Al cabo de pocos minutos, habían abandonado el puerto y navegaban por mar abierto. El viento alborotaba el cabello de Nicole y ponía en sus mejillas una nota de color.
– ¿Te da miedo dejar que una mujer conduzca esta preciosidad?
Estaban hablando de una verdadera prueba de amor, pero Mitch la llamó con el dedo.
– En absoluto. Ven, ponte aquí -se colocó tras ella para guiarla, tan cerca que Nicole se rozó con su cuerpo más de una vez, lo cual intensificó el color de sus mejillas.
Mitch hizo un esfuerzo por expulsar de su mente las evocaciones sexuales de la situación. Nunca había visto a Nicole tan relajada, tan desinhibida. Adoraba el timón y la velocidad, y llevaba el barco como una marinera nata. Así se lo dijo cuando detuvieron el motor y soltaron el ancla. A renglón seguido Mitch sacó una bandeja con camarones y refrescos, y desplegó una sombrilla. No había olvidado que Nicole era muy blanca de piel, y el sol calentaba con fuerza.
Ambos se sentaron en la cubierta, hombro con hombro, a un palmo de la bandeja de comida.
– Te has tomado muchas molestias, Mitch.
En efecto, así había sido. Pero ver cómo Nicole se abalanzaba ansiosamente sobre los camarones hacía que dichas molestias hubiesen valido la pena.
– No sé por qué, el agua siempre me da hambre. Suelo traer mucha comida cuando navego.
– Comida y algo más. ¿Eso que he visto ahí detrás es un equipo de pesca submarina?
– Sí. Llevo poco tiempo practicando el submarinismo, pero he tomado algunos cursillos. Hay muchos barcos hundidos a lo largo de la costa que me gustaría explorar. Pero sólo un estúpido se sumerge solo. Hacen falta dos para bucear con seguridad… y encontrar a otra persona cuyo tiempo libre coincida con el de uno no es fácil.
Un barco pasó, levantando una ola, y Nicole emitió una risita. Estaba disfrutando de la excursión. Parecía feliz… inocentemente feliz y vulnerable como la Bella Durmiente al despertar. Sería tan fácil besar aquellos labios risueños…
– ¿Has pensado en lo del niño, Mitch? -inquirió Nicole mientras alargaba la mano para tomar otro camarón.
– Sí. ¿Tienes alguna teoría propia sobre la educación de los hijos?
La pregunta pareció sorprenderla.
– Sí, más o menos. ¿Y tú?
– Bueno… no me gusta la idea de obligar a un niño a crecer según un molde establecido. Yo tuve que soportar las expectativas de mis padres desde que apenas levantaba dos palmos del suelo. Creo que a un niño hay que enseñarle de todo… juegos, deportes, arte. Y luego orientarlo hacia aquello que lo motive más.
– Estoy completamente de acuerdo. Me horrorizaría hacer infeliz a un hijo por error. Como madre, quisiera… escuchar. Los adultos siempre estamos hablando, no escuchando.
– Coincido contigo. Ahora pasemos a temas más espinosos. ¿Qué opinas de la disciplina?
– ¿Qué clase de disciplina? ¿Te refieres al castigo físico? -Nicole había alargado el brazo para tomar otro camarón, pero de repente lo dejó caer. Un enorme barco pasó armando gran estruendo y levantado una ola que estremeció el yate.
– ¿Te encuentras bien?
– Claro que sí. Con lo de la disciplina, ¿te referías a dar un azote de vez en cuando? -cuando vio que Mitch asentía, Nicole siguió diciendo-: Bueno… creo que los niños malcriados y consentidos suelen ser conflictivos a la larga. Así que, para mí, la disciplina es importante. Pero eso de los azotes…
– Esa parte la dejaré para ti -declaró Mitch.
– Vaya, ¿ya estás eludiendo los deberes paternales más duros? ¡Qué frescura!
– Eh, eh, un momento. ¿Tienes sobrinos?
Ella negó con la cabeza.
– Bien, pues yo sí. Una vez, mientras cuidaba de mi sobrino Tony, se me escapó y salió corriendo hacia la carretera. Por poco me da un infarto. De modo que le di un azote en el trasero. Me sentí culpable durante los tres meses siguientes.
Nicole se echó a reír y alargó la mano hacia él. Quizá pretendía darle un apretón afectuoso en el hombro, pero los dedos de Mitch se encontraron con los suyos a medio camino. Y de nuevo sucedió. Una ráfaga de electricidad los recorrió a ambos.
Él frotó la palma contra la de ella, y Nicole lo miró a los ojos con una expresión de frágil vulnerabilidad. Mitch notó que su corazón se elevaba hasta la estratosfera. Ella jamás lo había mirado así anteriormente, con aquella cálida y suave luz en los ojos. Lo supiera o no, estaba pidiendo a gritos que la besara.
No obstante, la expresión de sus ojos cambió de súbito. Retiró rápidamente la mano y su risa cesó como si alguien la hubiera cortado con una espada afilada.
– Eh, que sólo estaba bromeando -dijo Mitch-. Me encargaré de administrar disciplina si es necesario.
– No se trata de eso -respondió Nik.
– Además, me ocuparé de los pañales. Y le daré de comer por las noches.
– Te repito que no se trata de eso.
– ¿Qué sucede?
– Vuelve la cabeza, Landers.
Él no lo hizo, por supuesto. Por un segundo, permaneció petrificado, porque no entendía lo que Nicole estaba haciendo. Se había levantado y caminaba hacia un costado del yate como si pensara zambullirse. De repente, Mitch comprendió que no estaba disgustada con él ni con sus teorías acerca de la crianza de los hijos. Y siguió observándola mientras vomitaba en el océano los camarones que se había comido.
Capítulo Seis
El lunes por la mañana, Nik permanecía asomada a la ventana del despacho. En el exterior, una tormenta arreciaba, descargando un fuerte aguacero. El mar se había embravecido, y sus olas azotaban furiosamente las rocas de la orilla. Cuando los relámpagos rasgaban el cielo, la fantasmal luz plateada confería al acantilado el aspecto de un castillo, con torreones que sobresalían cual la torre de la princesa en un cuento de hadas.
Nicole pensó que se volvería loca. Tenía cientos de cosas que hacer, y allí estaba, soñando despierta con princesas y cuentos de hadas. No le gustaba descargar la culpa en terceros, pero en realidad el culpable de aquella locura era Mitch.
Vomitar delante de él debió haber sido una experiencia mortificante. Sin embargo, Mitch hizo que se sintiera querida, mimada, protegida. ¿Era eso lógico? Desde luego que no. Obviamente, había perdido el juicio.
Sin embargo, Nicole siguió mirando la hipnotizadora lluvia, pensando que su verdadera locura había comenzado con un beso que no conseguía recordar. Como la Bella Durmiente, había emergido de un profundo sueño la noche de la fiesta. Mitch había despertado en ella la consciencia de todo aquello que se estaba perdiendo en la vida.
Nicole temía terriblemente haberse enamorado de él. No era el mismo hombre con el que había colaborado durante tantos meses. Era otra persona. Un amante misterioso e irresistible capaz de transmitirle sentimientos increíblemente extraños y poderosos cada vez que la besaba. La hacía sentirse segura y aterrada al mismo tiempo.
De repente, Wilma llamó repetidamente a la puerta.
– ¿Estás ocupada, Nicole? Traigo unos documentos para que los firmes.
– Pasa. Es un buen momento -Nicole se deslizó tras la mesa, meneando mentalmente la cabeza ante la vestimenta de su empleada. Llevaba una falda verde chillón y un corpiño ceñido. Los documentos estaban ordenados impecablemente. Nóminas, informes de final de mes, balances-. ¿Te he dicho recientemente que eres una maravilla, Wilma?
– Sí, bueno… -Wilma fue colocando los papeles en las carpetas correspondientes conforme Nicole los firmaba-. A veces no hago tan bien las cosas. ¿Puedo hablar contigo unos minutos?