El Vizconde Que Me Amo
- Автор: Куинн Джулия
- Язык: испанский
- Жанр: Исторические любовные романы
Электронная книга - «El Vizconde Que Me Amo». Краткое содержание книги:
La joya más preciada, la joven y hermosa Edwina Sheffield, es su elección natural. Pero para conseguirla ha de obtener antes la aprobación de la hermana mayor de la muchacha, Kate. Anthony comprobará que convencer a esa mujer arrogante y decidida de que ha dejado de ser un vividor no es tarea fácil. Como tampoco lo es quitársela de la cabeza cuando llega la noche.
Pero él podría haber sido capaz de vencer las ideas preconcebidas de Kate. Él podría haber sido encantador y sincero y directo y ser capaz de convencerle de que las historias que aparecían en Confidencia eran una exageración, que no era el mayor golfo que había conocido Londres desde principios de siglo. Podría haberle convencido de que seguía un código de honor, que era un hombre honrado y de principios…
Si no se le hubiera ocurrido compararla con Edwina.
Porque no podía haber una mentira más obvia. Kate sabía que ella no era insoportable; su rostro y su forma eran bastante agradables. Pero de ninguna manera podía comparársela con Edwina de este modo y quedar como su igual. Edwina era de verdad un diamante de la mejor calidad, ella nunca superaría la media, ni llamaría la atención.
Y si este hombre decía lo contrario, entonces era que tenía algún motivo oculto, porque era obvio que no estaba ciego.
Podría haberle hecho algún otro cumplido vacuo y ella lo habría aceptado como la conversación amable de un caballero. Incluso se habría sentido halagada si sus palabras se hubieran acercado un tanto a la verdad. Pero compararla con Edwina…
Kate adoraba a su hermana. De veras, lo hacía. Y sabía mejor que nadie que el corazón de Edwina era tan hermoso y radiante como su rostro. No es que se considerara una persona celosa, pero aún así… la comparación de alguna forma la hería en lo más profundo.
– No le odio -contestó por fin. Tenía los ojos fijos en la barbilla de él pero, puesto que no toleraba la cobardía y menos en ella misma, se obligó a encontrar su mirada para añadir-: Pero encuentro que no puede caerme bien.
Algo en la mirada de él le dijo que apreciaba su sinceridad directa.
– ¿Y por qué? -preguntó con voz tranquila.
– ¿Puedo ser franca?
Los labios de Anthony se estiraron.
– Por favor.
– Está bailando ahora mismo conmigo porque quiere cortejar a mi hermana. Eso no me importa -se apresuró a asegurarle-. Estoy muy acostumbrada a recibir atenciones de los pretendientes de Edwina.
Estaba claro que no tenía la mente en los pasos de baile. Anthony apartó el pie antes de que sus pies volvieran a lastimarle. Advirtió con interés que volvía a referirse a ellos como pretendientes en vez de cómo idiotas.
– Por favor, continúe -murmuró.
– No es el tipo de hombre con el que querría que se casara mi hermana -dijo lisa y llanamente. Su actitud era directa y sus inteligentes ojos marrones no se apartaron de los de él en ningún momento-. Usted es un mujeriego. Es un vividor. En realidad es famoso por ambas cosas. No permitiría que mi hermana se acercara a tres metros de usted.
– Y no obstante -le dijo él con una sonrisita maliciosa-. He bailado el vals con ella esta noche.
– Un acto que no volverá a repetirse, se lo aseguro.
– ¿Y le corresponde a usted decidir el destino de Edwina?
– Edwina confía en mi opinión -contestó remilgada.
– Ya veo -dijo él con lo que esperaba que fuera su actitud más misteriosa-. Eso es muy interesante. Pensaba que Edwina ya era mayor.
– ¡Edwina sólo tiene diecisiete años!
– Y usted es tan mayor, ¿cuántos años, veinte tal vez?
– Veintiuno -soltó con brusquedad.
– Ah, eso la convierte en una verdadera experta en hombres y en que especial en maridos. Sobre todo teniendo en cuenta que estará casada, ¿verdad?
– Sabe muy bien que no lo estoy -dijo apretando los dientes.
Anthony reprimió las ganas de sonreír. Santo Dios, sí que era divertido hacer picar el anzuelo a la mayor de las Sheffield.
– Creo que… -dijo entonces pronunciando las palabras de forma lenta e intencionada -le ha resultado relativamente fácil controlar a la mayoría de hombres que han llamado a la puerta de su hermana. ¿Es eso cierto?
Kate guardó un silencio sepulcral.
– ¿Es así?
Finalmente ella consintió un leve gesto de asentimiento.
– Eso pensaba -murmuró-. Parece de ese tipo.
Ella le fulminó con una mirada tan feroz que a él le costó aguantar la risa. Si no estuvieran bailando, lo más probable es que se hubiera acariciado la barbilla, fingiendo una profunda reflexión. Pero puesto que tenía las manos ocupadas en otra cosa, tuvo que contentarse con torcer de forma lenta y pesada la cabeza, algo que combinó con un gesto altivo de sus cejas.
– Pero también creo -añadió- que comete un grave error al pensar que podrá controlarme a mí.
Los labios de Kate formaban un línea grave y recta, pero consiguió decir:
– No intento controlarle, lord Bridgerton. Sólo intento mantenerle alejado de mi hermana.
– Lo cual demuestra, señorita Sheffield, lo poco que sabe de los hombres. Al menos de la variedad mujeriega y vividora. -Se inclinó un poco hacia ella y dejó que su aliento caliente le rozara la mejilla.
Kate se estremeció. Él sabía que iba a estremecerse.
Sonrió con malicia.
– Hay poco que nos deleite más que un desafío.
La música concluyó entonces y les dejó de pie en medio de la pista de baile, uno de cara al otro. Anthony la cogió del brazo, pero antes de llevarla otra vez al perímetro de la sala, acercó mucho los labios al oído de Kate y susurro:
– Y usted, señorita Sheffield, me ha retado al más delicioso de 1os desafíos.
Kate le pisó un pie. Con fuerza. Lo suficiente para que él soltara un pequeño chillido, sin duda poco mujeriego y poco libertino.
No obstante, cuando el vizconde le lanzó una mirada hostil, ella se limitó a encogerse de hombros y a decir:
– Era mi única defensa.
La mirada de él se oscureció.
– Usted, señorita Sheffield, es una amenaza.
El vizconde le sujetó el brazo con más fuerza.
– Antes de que regrese a su santuario de acompañantes y solteronas, hay una cosa que tenemos que aclarar.
Kate contuvo la respiración. No le gustaba el tono duro que detectaba en su voz.
– Voy a cortejar a su hermana. Y si decido que podría ser una lady Bridgerton idónea, la convertiré en mi esposa.
Kate alzó con brusquedad la cabeza para encararse a él con fuego en los ojos.
– Entonces supongo que piensa que le corresponde a usted decidir el destino de Edwina. No lo olvide, milord: aunque usted decida que va a ser una lady Bridgerton -y pronunció con desdén la palabra- idónea, tal vez ella escoja a otra persona.
Él la miró con la seguridad del varón al que nunca contrarían.
– Si me decido a pedírselo a Edwina, no dirá que no.
– ¿Intenta decirme que ninguna mujer ha sido capaz de resistírsele?
No contestó, sólo alzó una ceja altanera para que ella misma dedujera sus propias conclusiones.
Kate consiguió soltar su brazo y se fue hacia su madrastra a buen paso, temblando de furia, resentimiento y un poco de miedo incluso.
Porque tenía la horrorosa sensación de que él no mentía. Y si de verdad resultaba ser irresistible…
Kate se estremeció. Ella y Edwina iban a tener graves, graves problemas.
La tarde siguiente fue como cualquier tarde tras un gran baile. El salón de casa de la familia Sheffield se llenó a reventar de ramos de flores, cada uno acompañado de una escueta tarjeta blanca con el nombre “Edwina Sheffield”.
Un simple «Señorita Sheffield» habría sido suficiente, pensó Kate con una mueca, pero supuso que en realidad no se podía culpar a los pretendientes de Edwina por querer asegurarse de que las flores llegaban a la señorita Sheffield correcta.
No es que fuera probable que alguien fuera a cometer el error de equivocarse. Las flores eran por regla general para Edwina. Y realmente, de regla general no había nada ya que todos los ramos que habían llegado a la residencia Sheffield durante el último mes eran para Edwina. Todos.