El Vizconde Que Me Amo
- Автор: Куинн Джулия
- Язык: испанский
- Жанр: Исторические любовные романы
Электронная книга - «El Vizconde Que Me Amo». Краткое содержание книги:
La joya más preciada, la joven y hermosa Edwina Sheffield, es su elección natural. Pero para conseguirla ha de obtener antes la aprobación de la hermana mayor de la muchacha, Kate. Anthony comprobará que convencer a esa mujer arrogante y decidida de que ha dejado de ser un vividor no es tarea fácil. Como tampoco lo es quitársela de la cabeza cuando llega la noche.
A Kate le gustaba pensar que, de todos modos, ella se reía la última. La mayoría de las flores le provocaban estornudos a Edwina, así que los ramos solían acabar en el dormitorio de Kate.
– Oh, preciosidad -dijo mientras rozaba con ternura una hermosa orquídea-. Creo que tu sitio está sobre la cabecera de mi cama. Y vosotras -se inclinó hacia delante y olisqueó un ramo de perfectas rosas blancas-, vosotras estaréis imponentes sobre mi tocador.
– ¿Siempre le habla a las flores?
Kate se giró en redondo al oír el sonido de una profunda voz masculina. Santo cielo, era lord Bridgerton con un aspecto pecaminosamente apuesto con su chaqué azul de mañana. ¿Qué diantres estaba haciendo aquí?
No tenía sentido quedarse callada sin hacer preguntas.
– ¿Qué dian… -Se contuvo justo a tiempo. No permitiría que este hombre la rebajara a maldecir en voz alta, por mucho que lo hiciera para sus adentros-. ¿Qué hace aquí?
El vizconde alzó una ceja mientras retocaba el gran ramo que llevaba debajo del brazo. Rosas rosas, advirtió ella. Eran preciosas. Sencillas y elegantes. Exactamente el tipo de cosa que elegiría para sí misma.
– Creo que la costumbre es que los pretendientes visiten a las jovencitas, ¿no es cierto? -murmuró-. ¿O he confundido el libro de protocolo?
– Quería decir -masculló Kate-, ¿cómo ha entrado? Nadie me ha avisado de su llegada.
Indicó el vestíbulo con una inclinación de cabeza.
– El sistema habitual. He llamado a la puerta.
La mirada de irritación de Kate al advertir su sarcasmo no impidió que él continuara:
– Aunque parezca asombroso, su mayordomo contestó. Luego le di mi tarjeta, le dio una mirada y me acompañó hasta el salón. Aunque me encantaría reivindicar algún tipo de taimado y turbio subterfugio- continuó sin dejar un tono extraordinariamente altanero-, lo cierto es que ha sido del todo sencillo, sin tapujos.
– Mayordomo infernal -farfulló Kate-. Se supone que tiene que cerciorarse de que «estamos en casa» antes de dejar pasar a alguien.
– Tal vez tenga instrucciones previas de que «estarán en casa» para mí bajo cualquier circunstancia.
Kate se irritó.
– Yo no le he dado instrucciones de ese tipo.
– No -respondió lord Bridgerton con una risita-, nunca lo habría pensado.
– Y sé que Edwina no lo la hecho.
Él sonrió.
– ¿Tal vez su madre?
Por supuesto.
– Mary -gruñó ella, un mundo de acusaciones en aquella única palabra.
– ¿La llama por su nombre de pila? -preguntó él con amabilidad. Kate asintió.
– En realidad es mi madrastra. Aunque es la única madre que he conocido. Se casó con mi padre cuando yo sólo tenía tres años. No sé por qué sigo llamándola Mary. -Sacudió un poco la cabeza al tiempo que alzaba los hombros y los encogía con gesto de perplejidad-. Pero lo hago.
Los ojos marrones del vizconde continuaban fijos en el rostro de ella. Kate cayó de pronto en la cuenta: acababa de permitir que este hombre -su Némesis, en realidad- accediera a un pequeño rincón de su vida. Notó que las palabras «lo siento» borbotaban en su lengua; un reflejo, pensó, por haber hablado más de la cuenta. Pero no quería pedir disculpas a este hombre por nada, así que dijo:
– Me temo que Edwina ha salido, de modo que su visita ha sido para nada.
– Oh, no lo creo -contestó. Cogió el ramo de flores que había tenido bajo el brazo derecho con la otra mano y, cuando lo sacó, Kate vio que no se trataba de un ramo enorme sino de tres más pequeños.
– Éste -dijo, mientras dejaba uno sobre una mesita auxiliar- es para Edwina. Y éste -hizo lo mismo con el segundo- es para su madre.
Le quedaba un solo ramo. Kate se quedó paralizada de impresión, incapaz de apartar los ojos de los perfectos capullos rosas. Sabía qué se traía él entre manos, que el motivo de incluirla en aquel detalle era presionar a Edwina, pero, maldición, nadie le había traído flores antes, y hasta ese momento preciso no se había dado cuenta de cuánto deseaba que alguien lo hiciera.
– Éstas -finalizó él mientras sostenía el último arreglo floral de rosas- son para usted.
– Gracias -dijo con vacilación cogiéndolas entre sus brazos-. Son preciosas. -Se inclinó hacia delante para olerlas y suspiró de placer con su intenso aroma. Cuando volvió a alzar la vista añadió-: Ha sido muy considerado de su parte pensar en Mary y en mi.
Él hizo una gentil inclinación con la cabeza.
– Ha sido un placer para mí. Tengo que confesar que, en una ocasión, un pretendiente de mi hermana hizo lo mismo con mi madre, y creo que nunca la he visto tan encantada.
– ¿A su madre o a su hermana?
Él sonrió con su descarada pregunta.
– A las dos.
– ¿Y qué sucedió con el pretendiente? -preguntó Kate.
La mueca de Anthony se volvió maliciosa en extremo.
– Se casó con mi hermana.
– Mmmf. No piense en la probabilidad de que la historia se repita. Pero… -Kate tosió pues no tenía especial interés en ser franca con aquel hombre, aunque se sentía por completo incapaz de hacer otra cosa-. Pero las flores son de verdad preciosas, y… y ha sido un detalle encantador por su parte. -Tragó saliva. Esto no le resultaba fácil-. Y se lo agradezco.
Él hizo una ligera inclinación hacia delante. Sus ojos marrones estaban claramente conmovidos.
– Una frase muy amable -dijo pensativo-. Y más teniendo en cuenta que iba dirigida a mí. Vaya, no ha sido tan difícil, ¿verdad que no?
En un instante, Kate pasó de estar inclinada con gesto encantador sobre las flores a adoptar una rigidez incómoda.
– Parece tener una habilidad especial para decir exactamente lo indebido.
– Sólo cuando tiene que ver con usted, mi querida señorita Sheffield. Le aseguro que otras mujeres confían en cada una de mis palabras.
– Eso he leído -musitó ella.
Los ojos de él se iluminaron.
– ¿Es de ahí de donde ha sacado sus opiniones sobre mí? ¡Por supuesto! La estimable lady Confidencia. Debería haberlo sabido. Caray, me encantaría estrangular a esa mujer.
– A mí me parece bastante inteligente y muy acertada -replicó Kate de modo escueto.
– Cómo no -respondió él.
– Lord Bridgerton -dijo Kate entre dientes-. Estoy segura de que no ha venido de visita para insultarme. ¿Quiere que deje un mensaje para Edwina de su parte?
– Creo que no. No tengo mucha confianza en que llegue a sus manos sin manipular.
Eso ya era demasiado.
– Nunca osaría interferir en la correspondencia de otra persona-consiguió decir Kate. Todo su cuerpo temblaba de rabia, y si hubiera sido una mujer menos controlada sin duda se habría lanzado a su cuello-. ¿Cómo se atreve a insinuar lo contrario?
– Si he de ser sincero, señorita Sheffield -dijo con una calma fastidiosa-, la verdad es que no la conozco demasiado bien. La única certeza es su ferviente declaración de que nunca me encontraré a tres metros de la presencia angelical de su hermana. Dígame usted, ¿si fuera yo, dejaría una nota con tranquilidad?
– Si intenta obtener la aceptación de mi hermana a través de mí un -contestó Kate en tono gélido- no lo está haciendo demasiado bien.
– Soy consciente de ello -dijo él-. Desde luego que no debería provocarla. No está bien por mi parte, ¿verdad que no? Pero me temo que no puedo evitarlo. -Puso una mueca desvergonzada y estiró las manos con gesto de impotencia-. ¿Qué puedo decir? Usted tiene ese efecto sobre mí, señorita Sheffield.
Kate tuvo que reconocer con consternación que aquella sonrisa era una verdadera fuerza a tener en cuenta. De pronto sintió que le flaqueaban las fuerzas. Un asiento, sí, lo que le hacía falta era sentarse.
– Por favor, siéntese -dijo Kate indicando con un ademán el sofá de damasco azul mientras ella cruzaba con dificultad la habitación para ocupar una silla. No es que deseara especialmente que él se entretuviera por aquí, pero resultaría complicado sentarse ella sin ofrecer asiento a su vez, y notaba que las piernas le temblaban de un modo atroz.