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Los Diarios Secretos De Miranda

Электронная книга - «Los Diarios Secretos De Miranda». Краткое содержание книги:

A los diez años Miranda Cheever no muestra signo alguno de convertirse en una gran belleza. Y ni siquiera a esa temprana edad Miranda ha aprendido a aceptar las expectativas que la sociedad tiene depositadas en ella… hasta la tarde en que Nigel Bevelstoke, el guapo y elegante vizconde Turner, besa solemnemente su mano y le promete que un día madurará y se convertirá en una mujer tan hermosa como inteligente.
Y ni siquiera a los diez años Miranda sabía que le amaría para siempre.
Pero los años siguientes se han mostrado tan crueles para Turner como amables ha sido para Miranda. Ella es tan fascinante como osadamente predijo el vizconde aquel memorable día… y aquel hombre se ha convertido en un hombre solitario y amargado, destrozado por una devastadora pérdida.
Pero Miranda jamás ha olvidado la verdad que dejó por escrito en aquel papel tantos años atrás… y no permitirá que el amor que es su destino se le escape de entre los dedos…
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– De acuerdo. Me lo pensaré. Como mínimo, te debo eso.

Dios mío, a Miranda la cabeza le daba vueltas.

– ¿Qué me debes?

– Para empezar, una disculpa. Lo que pasó anoche… Fue imperdonable. Por eso insistí en acompañarte a casa. -Se aclaró la garganta y, durante un momento, apartó la mirada-. Te debo una disculpa y he pensado que preferirías que lo hiciera en privado.

Ella miró al frente.

– Una disculpa pública implicaría que tendríamos que explicar a mi familia por qué me estaba disculpando, exactamente -continuó Turner-. Y me ha parecido que no querrías que lo supieran.

– Quieres decir que tú no quieres que lo sepan.

Él suspiró y se echó el pelo hacia atrás.

– No, no quiero. No es que esté orgulloso de mi comportamiento y preferiría que mi familia no lo supiera. Pero también estaba pensando en ti.

– Disculpas aceptadas -dijo ella, con suavidad.

Turner soltó un suspiro largo y cansado.

– No sé por qué lo hice -continuó-. Ni siquiera era deseo. No sé qué era. Pero no fue culpa tuya.

Ella lo miró a los ojos. Una mirada fácil de descifrar.

– Ah, maldición… -Soltó un suspiro irritado y apartó la mirada. «Genial, Turner. Besas a una chica y luego le dices que no lo hiciste por deseo»-. Lo siento, Miranda. Eso ha estado mal. He sido un estúpido. Estos días, parece que pienso con los pies.

– Quizá deberías escribir un libro -respondió ella, con amargura-. Ciento y una maneras de insultar a una señorita. Seguro que ya has acumulado unas cincuenta.

Turner respiró hondo. No estaba acostumbrado a disculparse.

– No es que no seas atractiva.

La expresión de Miranda se convirtió en incredulidad. Turner se dio cuenta de que no era por sus palabras, sino porque las estuviera diciendo, porque ella se viera obligada a estar ahí sentada escuchando cómo los avergonzaba a los dos. Turner sabía que debería callarse, pero el dolor que vio en sus ojos había despertado un pequeño rincón de su corazón que hacía años había cerrado y, de repente, tenía la extraña necesidad de hacer las cosas bien.

Miranda tenía diecinueve años. Su experiencia con los hombres se limitaba a Winston y a él. Y ambos habían sido, hasta ahora, como figuras fraternales. La pobre debía estar muy confundida. Winston había decidido, de un día para otro, que era Venus, la reina Isabel y la Virgen María; las tres en una persona, y Turner se había abalanzado sobre ella. No había sido un día cualquiera en la vida de una joven de campo.

Y, sin embargo, ahí estaba. Con la espalda recta. La barbilla alta. Y no lo odiaba. Debería, pero no lo odiaba.

– No -dijo, tomándola de la mano-. Tienes que escucharme. Eres atractiva. Bastante. -Posó sus ojos en su rostro y la miró de verdad por primera vez en años. No tenía una belleza clásica, pero había algo en sus enormes ojos marrones que era muy atractivo. Tenía una piel sin imperfecciones y de un pálido muy elegante, lo que le confería un contraste luminiscente con el pelo oscuro que era, descubrió de repente, bastante grueso y con cierta tendencia a rizarse. Parecía muy suave. Lo había tocado la noche anterior. ¿Por qué no recordaba qué tacto tenía? Seguro que se habría dado cuenta de eso.

– Turner -dijo Miranda.

La estaba mirando. ¿Por qué la estaba mirando?

Turner deslizó la mirada hasta los labios mientras ella pronunciaba su nombre. Una boca pequeña y sensual. Unos labios carnosos y muy adecuados para los besos.

– ¿Turner?

– Bastante -dijo él, en voz baja, como si acabara de descubrir algo increíble.

– ¿Bastante qué?

– Bastante atractiva. -Meneó la cabeza ligeramente, despertando del hechizo que ella le había provocado-. Eres bastante atractiva.

Ella suspiró.

– Turner, por favor, no mientas para no herirme los sentimientos. Es una falta de respeto hacia mi inteligencia, y eso es más insultante que cualquier cosa que puedas decir sobre mi aspecto.

Turner echó la espalda hacia atrás y sonrió.

– No estoy mintiendo. -Parecía sorprendido.

Miranda se mordió el labio inferior con nerviosismo.

– Ah. -Parecía igual de sorprendida que él-. En ese caso, gracias. Creo.

– Normalmente, no soy tan patoso con los cumplidos como para que las destinatarias no sepan identificarlos.

– Seguro que no -respondió ella, cortante.

– ¿Por qué tengo la sensación, de repente, de que me estás acusando de algo?

Ella abrió los ojos. ¿Tan frío había sido tu tono?

– No sé de qué estás hablando -respondió, enseguida.

Por un momento, pareció que Turner iba a seguir interrogándola, pero al final debió de decidirse a no hacerlo, porque tomó las riendas del carruaje y le ofreció una amplia sonrisa mientras decía:

– ¿Vamos?

Cabalgaron durante varios minutos, mientras Miranda miraba de reojo a Turner cuando podía. Su expresión era neutra, incluso plácida, y aquello la irritaba un poco, y más teniendo en cuenta que su cabeza era un hervidero de pensamientos. Le había dicho que no la deseaba, pero entonces, ¿por qué la había besado? ¿Cuál había sido el objetivo? Y, entonces, se le escapó:

– ¿Por qué me besaste?

Por un segundo, parecía que Turner se iba a ahogar, aunque Miranda no se imaginaba por qué. Los caballos redujeron el ritmo al notar la falta de atención del conductor, y Turner se volvió hacia ella con evidente sorpresa.

Miranda reconoció su angustia y decidió que no encontraría una forma amable de responder a su pregunta.

– Olvida que te lo he preguntado -dijo, enseguida-. No importa.

Sin embargo, no se arrepentía de haberlo preguntado. ¿Qué podía perder? No iba a burlarse de ella ni a explicar historias. Sólo tenía que superar la vergüenza de este momento, y nunca podría compararse con la vergüenza de la noche anterior, así que…

– Fui yo -dijo él, de repente-. Sólo yo. Y tú tuviste la mala suerte de estar a mi lado.

Miranda vio la tristeza en sus ojos azules y colocó una mano encima de su manga.

– No pasa nada por estar enfadado con ella.

Él no fingió que no sabía de qué le estaba hablando.

– Está muerta, Miranda.

– Pero eso no significa que no fuera una persona excepcionalmente horrible cuando estaba viva.

Él la miró con extrañeza y luego se echó a reír.

– Miranda, a veces dices las cosas más inesperadas.

Ella sonrió.

– Eso sí que me lo tomaré como un cumplido.

– Recuérdame que nunca te proponga como profesora de catequesis.

– Me temo que nunca he sido una experta en la virtud cristiana.

– ¿De veras? -Turner parecía divertido.

– Todavía se la tengo jurada a la pobre Fiona Bennet.

– ¿Quién es?

– Esa niña horrible que me dijo que era fea en la fiesta del decimoprimer aniversario de Olivia y Winston.

– Dios mío, ¿cuántos años han pasado ya? Recuérdame que nunca me enfade contigo.

Ella arqueó una ceja.

– Será mejor que no lo hagas.

– Querida, está claro que no naciste con una naturaleza caritativa.

Ella se encogió de hombros, maravillada ante la facilidad con la que Turner había conseguido que se sintiera cómoda y feliz en tan poco tiempo.

– No se lo digas a tu madre. Cree que soy una santa.

– En comparación con Olivia, seguro que lo eres.

Miranda agitó un dedo delante de su cara.

– No digas nada malo de Olivia, por favor. La quiero mucho.

– Si me disculpas el símil poco atractivo, eres fiel como un perro.

– Adoro los perros.

Y entonces llegaron a casa de Miranda.

«Adoro los perros.» Esa sería su última frase. Maravilloso. Durante el resto de su vida, Turner la asociaría a los perros.

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