La fiebre del heno
- Автор: Лем Станіслав
- Год: 2018
- Язык: испанский
- Год: Impedimenta
- ISBN: 978-8-41711-570-8
- Переводчик: Pilar Giralt
- Жанр: Научная фантастика
Электронная книга - «La fiebre del heno». Краткое содержание книги:
La nueva y premiada obra maestra del genio polaco de la ciencia ficción, Stanisław Lem: una fábula metafísica con tintes detectivescos del autor de «Solaris».
—¿Si lo quería? Sí. No intentó ponerse a salvo. Podría haberse deshecho de la cámara.
—Esto es muy importante para nosotros, compréndalo. ¿No sería posible que quisiera lanzar la bomba entre los pasajeros y luego saltar desde el puente, y que usted se lo impidiera al atacarlo? Tropezó y la bomba activada explotó.
—No, no pudo ser así, más bien al contrario —confesé—. Yo no lo ataqué, solo intenté quitarle la bomba cuando se la apartó de la cara. Vi la espoleta entre sus dientes. En realidad se trataba de un pequeño cordón de nailon, no de un alambre. Sostenía la bomba con ambas manos, y no es así como se lanzan las cosas.
—¿Trató usted de cogerla desde arriba?
—No. Lo habría hecho de no encontrarse nadie en la escalera, de haber sido nosotros los últimos, pero precisamente por eso él no se colocó detrás de todos. Si se golpea con el puño desde arriba, es fácil quitarle a cualquiera de las manos una bomba sin mango. La bomba habría caído escaleras abajo, aunque habría quedado al alcance de cualquiera, ya que mucha gente deja su equipaje de mano sobre los peldaños, pese a no estar permitido. No habría rodado muy lejos. Por eso alargué la mano por la izquierda, y así lo desorienté.
—¿Por qué usó la mano izquierda? ¿Es usted zurdo?
—Sí, y él no lo esperaba. Hizo un movimiento en falso. Pero era un profesional. Se protegió levantando el codo hacia la derecha.
—¿Y qué ocurrió entonces?
—Me dio un puntapié y se dejó caer hacia atrás. Debía de estar muy bien entrenado, pues es increíblemente difícil lanzarse hacia atrás por una escalera, incluso aunque se esté dispuesto a morir. Siempre es preferible morir con la cabeza por delante.
—La escalera estaba llena de gente.
—Desde luego. ¡Pero, así y todo, lo hizo! El peldaño de detrás estaba vacío. Quien pudo, se apartó.
—Pero él no pudo verlo.
—No. Y, sin embargo, no hubo improvisación. Actuó con demasiada rapidez. Tenía previstos todos los movimientos.
El jefe de seguridad agarraba con tanta fuerza el borde de la mesa que tenía los nudillos blancos. Las preguntas se sucedían con la velocidad de un careo.
—Me gustaría subrayar que su proceder está por encima de cualquier crítica. Pero, repito: es enormemente importante para nosotros determinar las circunstancias con exactitud. ¡Sin duda comprende usted el porqué!
—¿Quieren saber si tienen que enfrentarse con personas dispuestas a ir a una muerte segura?
—Sí. Por ello le ruego que reflexione otra vez sobre lo ocurrido durante aquel segundo. Me pondré en el lugar del hombre. Quito el seguro de la bomba y quiero saltar desde el puente. Usted trata de arrebatarme la bomba. Si me ciño a mi plan, usted puede quitarme la bomba y lanzarla detrás de mí, al vacío. Vacilo, y esta vacilación es decisiva. ¿No podría haber sucedido así?
—No. Un hombre que quiere lanzar una bomba no la sostiene con ambas manos.
—Pero ¿no lo empujó usted al querer apoderarse de la bomba?
—Al contrario, si los dedos no me hubiesen resbalado, lo habría atraído hacia mí. No lo toqué porque se echó hacia atrás. Eso fue intencionado. Le diré a usted una cosa: lo subestimé, simplemente. Tendría que haberlo lanzado junto con la bomba por encima de la barandilla, y es lo que habría intentado si él no se me hubiera adelantado.
—Es probable que entonces él hubiera dejado caer la bomba a sus pies.
—En tal caso, yo habría saltado tras él. Es decir, lo habría intentado. Ya sé que ahora es fácil hacer conjeturas, pero creo que me habría arriesgado. Peso casi el doble que él y sus manos eran como las de un niño.
—Gracias. No le haré más preguntas.
—Scarron, ingeniero —se presentó un joven civil de cabellos grises y gafas de concha—. ¿Podría usted imaginarse un sistema de seguridad capaz de evitar un atentado semejante?
—Pide mucho de mí. Se supone que ustedes han instalado todos los dispositivos de seguridad imaginables.
Dijo que habían tenido en cuenta muchas cosas, pero no todas. Contra una operación de tipo Lod, por ejemplo, habían desarrollado un método. Y, desde luego, mediante un botón podían transformar partes aisladas de la escalera automática en una superficie inclinada por la que la gente resbalaba hacia el recipiente de agua.
—¿El que contiene la espuma?
—No. Ese es un recipiente antidetonante, debajo del puente. Tenemos otros.
—Ya… Entonces, ¿por qué no lo han utilizado? Aunque, por otro lado, no habría servido de nada…
—Exactamente. Además, actuó con demasiada rapidez.
Me enseñó sobre el plano de la pared los bastidores del Laberinto. Todo el edificio era, de hecho, una especie de campo de tiro. Desde arriba se podía inundar completamente el edificio, con agua mantenida bajo fuerte presión, arrastrando a todo el mundo. Del embudo no podía salir nadie —dejar las escotillas abiertas había sido un descuido grave—. El ingeniero quería llevarme hasta la maqueta, pero yo rechacé la oferta, dándole las gracias.
Scarron estaba muy excitado; quería mostrarme ejemplos de su eficiencia, pero también él comprendía su inutilidad. Me había preguntado sobre los sistemas de seguridad solamente porque estaba seguro de que yo no podría nombrarle uno mejor. Pensé que ahora ya habían terminado conmigo, pero un hombre de más edad, que se había sentado en la silla de Annabelle, levantó la mano.
—Doctor Toricelli. Una pregunta. ¿Puede decirme cómo salvó a la niña?
Reflexioné.
—Fue una feliz casualidad. Estaba entre nosotros. La empujé a un lado para llegar hasta el hombre, y cuando este se echó hacia atrás fui lanzado contra ella. La barandilla es baja. Si entre nosotros se hubiera encontrado una persona adulta de mi mismo peso, es probable que yo no hubiese podido tirarla abajo; tal vez ni lo habría intentado.
—¿Y si hubiera habido una mujer?
—Había una mujer —repliqué, mirándole a los ojos—. Delante de mí. Una rubia con pantalones recamados de perlas, que llevaba un perro de trapo. ¿Qué le ha ocurrido?
—Se ha desangrado —contestó el jefe de seguridad—. La bomba le arrancó las dos piernas.
Reinó el silencio. Los hombres del alféizar se pusieron en pie. Oí arrastrar sillas, y mis pensamientos volvieron a aquel preciso instante. Solo sabía una cosa… Yo no había intentado frenar mi impulso en la barandilla, sino que la había agarrado con la mano derecha y, al volverme sobre el peldaño, había rodeado a la niña con el brazo. Por eso, cuando salté por encima de la barandilla como un caballo en una carrera de obstáculos, la precipité conmigo al vacío. Pero ignoraba si la había agarrado a propósito o solo porque estaba a mi alcance. No tenían más preguntas que hacerme, pero ahora yo necesitaba estar seguro de que mantendrían alejada a la prensa. Adujeron que mi petición obedecía a una falsa modestia, pero yo no cedí. No quería que mi nombre se mezclara con el baño de sangre de la escalera. Solamente Randy adivinó mis motivos.
Fenner me propuso pasar un día más en Roma, como huésped de la embajada. Pero tampoco me presté a ello. Quería volar con el primer aparato que saliera hacia París. Había uno, un Cessna, que transportaba el material de una conferencia que había tenido lugar a mediodía, seguida de una recepción; por eso Fenner y el intérprete iban vestidos de esmoquin. Nos acercamos a la puerta en grupos, hablando todavía, y entonces vino a nuestro encuentro una mujer a la que yo no había visto hasta entonces. Una mujer de maravillosos ojos negros. Era psicóloga y se había interesado por Annabelle. Me preguntó si realmente me proponía llevarme conmigo a París a la niña.
—¡Pues claro! ¿No le ha dicho que se lo he prometido?
Ella sonrió y preguntó si tenía hijos.
—No. Puede decirse que casi no. Solo dos sobrinos.