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La fiebre del heno

Электронная книга - «La fiebre del heno». Краткое содержание книги:

Una agencia de detectives requiere los servicios de un astronauta norteamericano retirado para que ayude a esclarecer una serie de misteriosas muertes acaecidas en un balneario en Nápoles. Varias personas han enloquecido y algunas se han suicidado sin que se conozca motivo para ello; otras parecen haber muerto accidentalmente. Todas las víctimas eran extranjeras, viajaban solas, rondaban la cincuentena y padecían algún tipo de alergia. Tanto la policía local como la Interpol consideran que no hay pistas suficientes como para afrontar el caso con garantías, hasta que empieza a cundir la idea de que en cierto modo las muertes obedecen a algo más perverso. ¿Está sujeto el asesinato al juguetón capricho de las leyes de la probabilidad y el caos?
La nueva y premiada obra maestra del genio polaco de la ciencia ficción, Stanisław Lem: una fábula metafísica con tintes detectivescos del autor de «Solaris».
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—¿Le quieren?

—Creo que sí.

Me confió un secreto de Annabelle. La pequeña estaba confusa; yo le había salvado la vida y ella había pensado muy mal de mí. Creía que era cómplice del japonés, y por eso había intentado escaparse. En el cuarto de baño se había asustado aún más.

—¿Por qué, santo cielo?

La historia del astronauta se le había antojado muy extraña, igual que la de la embajada. Creyó que telefoneaba a otro cómplice. Y como su padre poseía una fábrica de vinos y yo quise informarme de su dirección, temió que mi intención fuera raptarla para exigir un rescate. Le di mi palabra a la psicóloga de que no le mencionaría el asunto a Annabelle.

—Tal vez me lo cuente ella misma —añadí.

—Nunca, o al menos no hasta dentro de diez años. Es posible que usted conozca a los chicos, pero una niña es diferente.

Se fue con una sonrisa y yo me ocupé del avión. Quedaba una plaza libre. Expliqué que necesitaba dos. Hicieron varias llamadas telefónicas y al fin un VIP desconocido le cedió su plaza a Annabelle. Fenner tenía prisa, pero estaba dispuesto a aplazar una importante entrevista si yo iba a comer con él. Rechacé nuevamente su invitación, y cuando el diplomático y Randy se hubieron marchado, pregunté si podía comer algo con la niña en el recinto del aeropuerto. Todos los bares y cafeterías estaban cerrados, pero eso no era obstáculo para nosotros: estábamos por encima de la ley. Un hombre moreno y desgreñado, probablemente un agente, nos condujo a un pequeño snack-bar que había detrás del vestíbulo. Annabelle tenía aún los ojos enrojecidos por el llanto, pero entonces se animó. Cuando el camarero preguntó qué deseábamos y yo vacilé, sin saber qué querría beber la niña, esta declaró tranquilamente que en casa bebía siempre vino. Llevaba una blusa demasiado larga, con las mangas arremangadas, y unos zapatos asimismo demasiado grandes para ella. Yo me sentía cómodo porque ya se me habían secado los pantalones y no tenía que comer pasta. De repente me acordé de los padres de la niña: tal vez hubieran oído ya la noticia por radio. Así pues, redactamos un telegrama y, cuando me levanté, nuestro cicerone apareció como surgido de la nada, tomó el telegrama y se fue a enviarlo. Cuando quise pagar, resultó que nos había invitado la dirección. Le di una propina al camarero, tal como Annabelle esperaba de un astronauta hecho y derecho. Ahora ya era para ella una persona heroica y digna de confianza, y como a tal me confesó que nada le gustaría más que cambiarse de ropa. Nuestro acompañante nos llevó al hotel de Alitalia, donde se encontraba nuestro equipaje.

Tuve que decirle a la niña que se apresurase; salió con un aspecto muy elegante, y muy dignos nos dirigimos hacia la salida. Nos recogió el director adjunto del aeropuerto; el director se encontraba indispuesto. Los nervios. El pequeño Fiat del Departamento de Seguridad del aeropuerto nos llevó hasta el Cessna. En la escalerilla, un joven distinguido se excusó y me preguntó si quería un par de fotos como recuerdo del dramático suceso: más tarde me las enviaría. Pensé en la rubia y rechacé el ofrecimiento. A esto le siguieron varios apretones de manos. No podría jurar que en la confusión no estrechara también la mano del hombre a quien me unieran las esposas hacía muy pocas horas. Me gusta volar en aviones pequeños. El Cessna se elevó en el cielo como un pájaro y tomó rumbo al norte. Poco después de las siete aterrizamos en Orly. El padre de Annabelle vino a recogerla; ya en el avión habíamos intercambiado nuestras direcciones, Annabelle y yo. Me acuerdo gustosamente de ella, pero no puedo decir lo mismo de su padre. Rebosaba agradecimiento, y cuando nos despedimos me dedicó un cumplido que indudablemente había confeccionado al enterarse por televisión del baño de sangre de la escalera. Me dijo que yo tenía esprit d’escalier.

PARÍS (ORLY-GARGES-ORLY)

Pernocté en Orly, en el hotel de Air France, porque mi hombre del Centre National de la Recherche Scientifique ya no se encontraba allí y no quise importunarle en su casa. Tuve que cerrar la ventana antes de dormirme porque la nariz me cosquilleaba de nuevo, y entonces me di cuenta de que no había estornudado ni una sola vez en todo el día.

Así pues, podría haber aceptado tranquilamente la proposición de Fenner, pero, ignoro por qué motivo, tenía prisa por llegar a París.

A la mañana siguiente llamé al cnrs en cuanto acabé de desayunar, y me enteré de que mi doctor estaba de vacaciones, pero no se había ido de viaje porque tenía que ocuparse de su casa recién construida. Llamé entonces a Garges, donde residía, pero resultó que aún no le habían instalado el teléfono, de modo que fui a visitarle sin anunciarme. En la Gare du Nord no circulaban trenes de cercanías debido a una huelga del servicio de vigilancia. Al ver la cola interminable que había ante la parada de taxis, pregunté por la agencia más cercana de alquiler de coches —era la Hertz— y alquilé un pequeño Peugeot. Moverse en coche por París es funesto, y más aún si uno se dirige a un lugar que no conoce. Cerca de la Ópera —no había elegido este camino, el tráfico sencillamente me arrastró hasta allí—, una camioneta de reparto me arañó el guardabarros, pero no con mucha fuerza, así que continué adelante pensando en agua con hielo y en los lagos canadienses, pues el sol enviaba desde el cielo unos rayos candentes poco habituales a esa hora del día. En vez de tomar la salida de Garges, tomé por descuido la de Sarcelles, una fea urbanización, y poco después me detuve ante una barrera de la vía férrea, sudando y soñando con la refrigeración. El doctor Philip Barth, a quien yo llamaba «mi hombre», era un conocido matemático francés y, al mismo tiempo, consejero científico de la Sûreté. Dirigía un grupo que trabajaba en un proyecto de un computador de investigación, con un sistema de programas con análisis de factores múltiples. Se trataba de una solución electrónica para los casos criminales en los que la abundancia de factores importantes en la indagación es excesiva para la capacidad de la memoria humana.

El exterior de la casa ya estaba revestido de un material de color vivo. Se alzaba en medio de un jardín bastante frondoso; sobre un ala caía la sombra de unos magníficos olmos, la avenida estaba cubierta de grava y en el centro había un parterre de flores, seguramente caléndulas —la botánica es la única asignatura que no se exige al astronauta—. Ante un cobertizo abierto, que servía provisionalmente de garaje, había un sucio 2CV y a su lado un Peugeot 604 de color crema con las portezuelas abiertas de par en par; las alfombras yacían sobre el césped, y el coche rezumaba espuma, porque varios niños lo estaban lavando al mismo tiempo y, por cierto, con tanta aplicación que en un primer momento no pude contarlos. Eran los hijos de Barth. Los dos mayores, un muchacho y una niña, me saludaron en inglés; cuando a uno no se le ocurría una palabra, el otro acudía en su ayuda. ¿Cómo sabían que debían hablar en inglés conmigo? Porque habían recibido un telegrama desde Roma anunciando la llegada de un astronauta. ¿Y cómo habían adivinado que yo era ese astronauta? Porque nadie más llevaba tirantes. De modo que el bueno de Randy les había notificado mi visita. Conversé con ambos, mientras el pequeño, ignoro si era un niño o una niña, daba vueltas a mi alrededor con las manos en la espalda, como si buscara el lugar adecuado para contemplar mi mejor perfil. Su padre estaba muy ocupado y yo me hallaba ante la alternativa de entrar en la casa o quedarme a lavar el coche con ellos, pero entonces Barth se asomó a una ventana de la planta baja. Era sorprendentemente joven, o mejor dicho, yo aún no me había acostumbrado a mi propia edad. El doctor me recibió con cortesía, pero advertí cierta distancia y me pregunté si habríamos hecho bien en abordarle a través de la Sûreté en vez de la cnrs. Pero Randy mantenía relaciones más estrechas con la policía que con los científicos.

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