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La Sombra De La Guillotina

Электронная книга - «La Sombra De La Guillotina». Краткое содержание книги:

París, 1789. Frente a las panaderías se forman largas colas de gente hambrienta, las calles están atestadas de vagabundos armados y prácticamente todos los días estalla una pequeña revuelta.
En la orilla izquierda del Sena, un joven y desconocido abogado llamado Georges-Jaques Danton intenta labrarse un porvenir. Es un hombre enérgico y se ha propuesto dejar su impronta en la historia cueste lo que cueste. Maximilien Robespierre, tambien abogado, es un hombre tímido que detesta la violencia pero está dispuesto a dar la vida por ayudar a los demas. Camille Desmoulins es un joven sin domicilio fijo y aparentemente sin porvenir.
¿Qué es la revolución francesa? ¿Un desastre, un sueño, una oportunidad? Para estos tres hombres representa la única carrera posible a la que consagrar su vida.
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– Si desea salvarse como ser humano, debe renunciar a la política.

– ¿Como ser humano? -repitió Danton-. ¿Cuáles son las otras alternativas?

– Me ha entendido perfectamente. Durante los últimos años no ha vivido como debe vivir un ser humano. Si desea volver a ser el hombre que era antes de… -Louise hizo un gesto ambiguo con la mano.

– Antes de esta locura. Antes de esta herejía.

– No se burle, se lo ruego.

– No me burlo. Eres muy dura conmigo. No estoy seguro de poder salvarme. Aunque quisiera abandonar mi carrera, no sabría cómo hacerlo.

– Si de veras desea hacerlo, estoy segura de que hallará el medio de conseguirlo.

– ¿Tú crees?

Se está burlando de mí, pensó Louise.

– Si sólo le conociera por lo que publican los periódicos sobre usted, creería que era el mismísimo demonio. Temería incluso respirar el mismo aire que usted. Pero sé que no es así.

– ¿Acaso te has impuesto la tarea de salvarme?

– Ella me lo pidió, y yo se lo prometí.

Bien pensado, Louise no recordaba exactamente lo que le había prometido. Gabrielle le confió a sus hijos, pero ¿le confió también a su marido?

Al día siguiente Louise dio estrictas instrucciones a los sirvientes, advirtiéndoles que no dijeran a nadie que el señor estaba en casa. Bajó antes de la siete y encontró a Danton sentado ante su mesa de trabajo, repasando la correspondencia.

– ¿Va a salir? -le preguntó, decepcionada.

– No. No podía dormir… Tengo muchos problemas.

– ¿Y si pregunta alguien por usted?

– Cuéntele una mentira.

– ¿Lo dice en serio?

– Sí, necesito tiempo para reflexionar.

– Supongo que no sería un gran pecado.

– Te has vuelto muy liberal desde anoche.

– No se burle de mí. Si se presenta alguien no le dejaré pasar, y si me encuentro a alguien cuando vaya a comprar…

– Puedes enviar a Marie.

– No, prefiero que no salga. Temo que se vaya de la lengua. Diré que no le he visto a usted, que no sé cuándo regresará.

– Muy bien.

Danton continuó leyendo la correspondencia. Procuraba mostrarse amable con ella, pero el tono de su voz indicaba que se sentía un tanto irritado. No sé cómo hablar con él, pensó Louise. Me gustaría ser como Lucile Desmoulins.

Regresó a las nueve, cansada y jadeando, y encontró a Danton sentado ante una hoja en blanco, con los ojos cerrados.

– No se me ocurre nada -dijo Danton, abriendo los ojos-, al menos, nada profundo. Menos mal que soy dueño de un periodista.

– ¿Cuándo piensa salir de su encierro?

– Mañana. ¿Por qué lo preguntas?

– No creo que pueda permanecer oculto. He visto a su periodista. Sabe que está aquí.

– ¿Cómo es posible?

– No lo sabe con certeza, pero lo sospecha. Yo, lógicamente, lo negué. Tengo suerte de haber salido indemne de mi encuentro con él. No creyó una palabra de lo que le dije.

– Será mejor que vayas a disculparte, y dile confidencialmente que tiene razón. Pídele que me proteja de los miembros de los diversos comités que me acechan. Dile que todavía no he decidido qué hacer sobre Dumouriez, y que se pase esta noche por aquí para emborracharse conmigo.

– No sé si debo transmitirle ese mensaje tan poco edificante.

– La gente hace cosas mucho peores, te lo aseguro.

A la mañana siguiente Louise se levantó aún más temprano. Su madre salió apresuradamente del dormitorio, poniéndose la bata.

– ¿Adónde vas a estas horas? -le preguntó. Sabía que los sirvientes de Danton no dormían en la vivienda, sino en el entresuelo-. Estarás a solas con él. ¿Cómo vas a entrar?

Louise le mostró la llave de la casa.

Entró sigilosamente, abriendo y cerrando las puertas del estudio, donde encontraría a Danton si estaba despierto, aunque dudaba de que ya se hubiera levantado. Camille estaba junto a la ventana. Iba en mangas de camisa, llevaba unos pantalones y unas botas, y estaba despeinado. La mesa de Danton estaba cubierta de folios escritos por otra persona.

– Buenos días -dijo Louise-. ¿Está borracho?

Camille se volvió rápidamente.

– ¿Tengo aspecto de estar borracho? -contestó, molesto.

– No. ¿Dónde está el ciudadano Danton?

– Lo he asesinado y me he entretenido desmembrando su cadáver. ¿Quieres ayudarme a transportar sus restos a la bodega? ¡Qué cosas tienes, Louise! Está en la cama, durmiendo. ¿Dónde iba a estar?

– ¿Está borracho?

– Borracho perdido. ¿A qué viene esa obsesión?

– Danton dijo que era lo que iban a hacer, emborracharse.

– ¿Y eso te escandaliza?

– Sí. ¿Qué es lo que ha escrito?

Camille se acercó a la mesa de Danton, se sentó en la silla y observó el rostro de Louise.

– Una polémica.

– He leído algunos párrafos.

– ¿Te gustan?

– Creo que son crueles y destructivos.

– Si mi trabajo gustara a las jovencitas respetables como tú, sería un fracaso como periodista.

– Creo que le engañó usted. No debía de estar muy borracho si fue capaz de escribir eso.

– Soy capaz de escribir aunque esté borracho.

– Quizás eso lo explica todo -replicó Louise.

Mientras fingía examinar unos folios, era consciente de que Camille tenía sus ojos negros, de mirada solemne, clavados en su rostro. Al alzar la vista Louise notó que llevaba una cadena de plata alrededor del cuello aunque no vio lo que colgaba de ésta pues quedaba oculto entre los pliegues de la camisa. Tal vez fuera un crucifijo. Quizá no fuera un caso perdido, tal como ella creía. De pronto sintió unos incontenibles deseos de tocarlo, de averiguar lo que colgaba de la cadena; pero el impulso, que su confesor habría denominado un instante de tentación, se desvaneció enseguida. Al darse cuenta de que Louise contemplaba la cadena con curiosidad, Camille metió la mano dentro de la camisa y le mostró un medallón de plata en cuyo interior había un mechón de pelo.

– ¿Es de Lucile?

Camille asintió. Louise cogió el medallón con la mano izquierda y los dedos de su mano derecha le rozaron el cuello. Ya está hecho, pensó ella. De haber podido, se habría cortado la mano.

– No te preocupes -dijo Camille-. Te olvidarás de mí.

– Es usted increíblemente vanidoso.

– Tienes razón, ¿por qué voy a ocultarlo? Pero te recomiendo, ciudadana, que procures reprimir tus efusiones -contestó Camille sarcásticamente.

Louise sintió deseos de echarse a llorar.

– ¿Por qué es tan desagradable conmigo?

– Porque tú me ofendiste preguntándome si estaba borracho, lo cual me parece una grosería, y porque si alguien saca la artillería pesada a primeras horas de la mañana debo suponer que está pidiendo guerra. Ten esto bien presente, Louise: si crees estar enamorada de mí, te aconsejo que te lo quites de la cabeza. No quiero que exista ningún mal entendido entre tú y yo. Lo que Danton pueda hacer con mi mujer y lo que yo pueda hacer con la suya son dos cosas muy distintas.

Tras esas palabras se produjo un silencio.

– No te molestes en disimular -dijo Camille-. Lo sé todo.

– ¿Qué le ha dicho Danton? -preguntó Louise, temblando-. ¿Qué le ha contado?

– Que está enamorado de ti.

– ¿Eso le ha dicho? ¿Qué más?

– ¿Por qué habría de regalarte los oídos?

– ¿Cuándo se lo dijo? ¿Anoche?

– Esta mañana.

– ¿Qué le dijo exactamente?

– No recuerdo sus palabras exactas.

– Pero usted se gana la vida con las palabras -le espetó Louise-. No le creo.

– Dijo: «Estoy enamorado de Louise.»

Ella no está convencida; pero continuemos.

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