La Sombra De La Guillotina
- Автор: Мантел Хилари
- Язык: испанский
- Жанр: Историческая проза
Электронная книга - «La Sombra De La Guillotina». Краткое содержание книги:
En la orilla izquierda del Sena, un joven y desconocido abogado llamado Georges-Jaques Danton intenta labrarse un porvenir. Es un hombre enérgico y se ha propuesto dejar su impronta en la historia cueste lo que cueste. Maximilien Robespierre, tambien abogado, es un hombre tímido que detesta la violencia pero está dispuesto a dar la vida por ayudar a los demas. Camille Desmoulins es un joven sin domicilio fijo y aparentemente sin porvenir.
¿Qué es la revolución francesa? ¿Un desastre, un sueño, una oportunidad? Para estos tres hombres representa la única carrera posible a la que consagrar su vida.
El Tribunal cuenta con un grupo de jurados, unos incorruptibles patriotas elegidos por la Convención. Souberbielle, el médico de Robespierre, es uno de ellos. El pobre hombre se pasa el día corriendo de un lado para otro entre la sala del tribunal, el hospital y su paciente más distinguido. Maurice Duplay también forma parte del jurado. Es un trabajo que le disgusta, y jamás habla de él en casa. Otro de los miembros, el ciudadano Renaudin, fabricante de violines, fue el causante de un violento y estúpido incidente que se produjo hace pocos días en el Club de los Jacobinos, cuando, al levantarse para oponerse al ciudadano Desmoulins, en lugar de tratar de razonar se abalanzó sobre él y le asestó un puñetazo derribándolo al suelo. Tras ser expulsado de la sala por los ujieres, en medio de sonoras exclamaciones por parte del público que ocupaba la galería, gritó indignado: «¡La próxima vez que te vea te mataré!».
El fiscal es Antoine Fouquier-Tinville, un hombre moreno, delgado, de movimientos ágiles, firme defensor de la moralidad. No es un patriota tan aparatoso como su primo, pero mucho más trabajador.
Con frecuencia -al menos en estos tiempos-, el Tribunal emite un dictamen de absolución. Tomemos el caso de Marat, por ejemplo. Ha sido acusado por la Gironda; el ciudadano Fouquier lleva a cabo su trabajo de forma meramente rutinaria; la sala está atestada de maratistas. El Tribunal lo absuelve. La multitud estalla en cánticos patrióticos mientras transportan al acusado a hombros hasta la Convención y posteriormente al Club de los Jacobinos, donde entronizan al sonriente demagogo en la silla del presidente.
En mayo, la Convención Nacional se traslada de la Escuela de Equitación al antiguo teatro de las Tullerías, el cual ha sido reformado a tal efecto. No imaginen un escenario adornado con cupidos rosados y rechonchos, palcos tapizados de terciopelo escarlata, el aroma de polvos femeninos, perfumes y espléndidos vestidos de seda. El cuadro es el siguiente: líneas rectas y ángulos rectos, estatuas de yeso con coronas de yeso, coronas de laurel de yeso y madera de roble de yeso. Una tribuna cuadrada para el orador; detrás de la misma, casi horizontal, tres inmensas banderas tricolores; junto a ellas, memento mori, un busto de Lepelletier. Los escaños de los diputados forman un semicírculo; no disponen de un escritorio ni de una mesa, de modo que no pueden escribir. El presidente dispone de una campanita, un tintero y unos folios, aunque cuando irrumpen tres mil insurrectos de los Faubourgs nada de eso le sirve de gran cosa. El sol penetra por unas angostas ventanas; en las tardes de invierno, los rostros de los hoscos diputados aparecen borrosos. Cuando encienden las lámparas, el efecto es estremecedor: parece que estén deliberando en unas catacumbas, y las acusaciones brotan de labios invisibles. Las galerías reservadas al público están sumidas en sombras, desde las cuales se alzan a menudo airadas voces de protesta.
En este nuevo local las facciones se reagrupan en sus antiguos lugares. Legendre, el carnicero, grita a Brissot: «¡Te mataré!» «Primero tendrás que conseguir que la cámara apruebe un decreto confirmando que soy un buey.» Un día, un brissotino tropieza al subir los nueve escalones que conducen a la tribuna. «Es como subir al cadalso», se lamenta. Los diputados del ala izquierda le gritan con sorna que aproveche para ir practicando. Un diputado, cansado, se lleva la mano a la cabeza, pero al notar que Robespierre le está observando, la retira apresuradamente. «No vaya a pensar que estoy insinuando algo», se dice.
A medida que transcurren los meses y el calor empieza a apretar, algunos diputados -y otros destacados personajes de la vida pública- aparecen sin afeitar, sin corbata o en mangas de camisa. Han asumido el estilo de los obreros que comienzan la jornada lavándose bajo una bomba de agua en el patio y se detienen en el bar de la esquina para tomarse un vaso de vino de camino al taller. El ciudadano Robespierre, sin embargo, ofrece un aspecto impecable: sigue luciendo zapatos con hebillas y una casaca verde oliva a rayas. Tal vez se trate de la misma casaca que llevaba el primer año de la Revolución… Lo cierto es que no gasta mucho dinero en casacas. Mientras el ciudadano Danton se arranca el almidonado cuello que le produce irritación, la corbata del ciudadano Saint-Just se vuelve más grande, más tiesa y más esplendorosa. Luce sólo un pendiente, pero más que un corsario parece un banquero un tanto excéntrico. Los comités de las Secciones ocupan unas iglesias abandonadas. Las paredes están cubiertas con consignas republicanas garabateadas con pintura negra. Esos comités entregan a la gente la tarjeta de ciudadanía, en la que figuran las señas, el oficio o profesión, edad y rasgos personales del titular. En el Ayuntamiento conservan una copia de la misma.
Las vendedoras ambulantes van de puerta en puerta con cestos llenos de ropa; debajo de la ropa llevan exquisiteces como huevos frescos y mantequilla. Los hombres que trabajan en los aserraderos siempre están en huelga para protestar contra los míseros salarios, y la madera cuesta el doble de lo que costaba en 1789. En un callejón situado detrás del Café du Foy venden pollos por la noche, a un precio astronómico.
Un día pasó un niño con una hogaza de pan frente al mercado. Una mujer, que lucía la roseta tricolor, lo derribó al suelo, le arrebató la hogaza de pan, la partió en pedazos y los arrojó a la alcantarilla, diciendo que puesto que ella no podía permitirse el lujo de comer pan, no quería que nadie lo comiera. Las ciudadanas del mercado le dijeron que había cometido una estupidez. La mujer se encaró con ellas y replicó que eran unas aristócratas y que dentro de poco todas las mujeres de más de treinta años serían guillotinadas.
Robespierre estaba incorporado en la cama, apoyado en cuatro almohadas. Se hallaba convaleciente y ofrecía un aspecto más joven. Llevaba el cabello castaño rojizo sin empolvar. La cama estaba cubierta de papeles. En la habitación reinaba un leve olor a mondas de naranja.
– El doctor Souberbielle dice que no debo comer naranjas, pero no puedo comer otra cosa. Dice que mi afición a los cítricos me perjudica y que él no se hace responsable. Marat me ha enviado una nota. ¿Podrías traerme un poco de agua fría, querida Cornélia? Pero muy fría.
– Desde luego -respondió la joven.
– Bien hecho -dijo Camille.
– Ya no sé en qué pensar para librarme de ella. Siempre te dije que las mujeres eran un estorbo.
– Pero en aquellos tiempos tu experiencia sólo era académica.
– Acerca la silla, no quiero forzar la voz. No sé qué vais a hacer en la nueva sede de la Convención. Aunque antiguamente fuera un teatro, su acústica deja mucho que desear. A los únicos que podremos oír son a Georges-Jacques y a Legendre. En Versalles teníamos que gritar para hacernos oír, y no digamos en la Escuela de Equitación… Hace cuatro años que me duele la garganta.
– No me lo recuerdes. Esta noche tengo que hablar en el Club de los Jacobinos.
Su panfleto contra Brissot ya se había publicado, y esta noche el club votaría a favor de reimprimirlo y distribuirlo. Pero querían oírlo y verlo a él en persona. Robespierre lo comprendía perfectamente; era importante que le oyeran y vieran a uno.
– No puedo permitirme el lujo de caer enfermo -dijo-. ¿Habéis visto a Brissot?
– No.
– ¿Y a Vergniaud?
– No.
– Deben de estar tramando algo.
– Me parece que acabo de oír la voz de tu hermana Charlotte. Tengo un oído finísimo.
– Es que Maurice ha ordenado a sus obreros que dejen de trabajar. Cree que tengo jaqueca. Pero es muy amable. Eléonore tendrá que quedarse abajo para impedir que Charlotte suba a verme.
– Pobre Charlotte.
– Sí, y pobre Eléonore. A propósito, tengo que pedir a Danton que no sea tan grosero con ella. Sé que no es muy agraciada, pero todas las muchachas tienen el derecho de intentar ocultarlo. Me molesta que Danton vaya por ahí burlándose de ella. Dile que no lo haga, por favor.