La Sombra De La Guillotina
- Автор: Мантел Хилари
- Язык: испанский
- Жанр: Историческая проза
Электронная книга - «La Sombra De La Guillotina». Краткое содержание книги:
En la orilla izquierda del Sena, un joven y desconocido abogado llamado Georges-Jaques Danton intenta labrarse un porvenir. Es un hombre enérgico y se ha propuesto dejar su impronta en la historia cueste lo que cueste. Maximilien Robespierre, tambien abogado, es un hombre tímido que detesta la violencia pero está dispuesto a dar la vida por ayudar a los demas. Camille Desmoulins es un joven sin domicilio fijo y aparentemente sin porvenir.
¿Qué es la revolución francesa? ¿Un desastre, un sueño, una oportunidad? Para estos tres hombres representa la única carrera posible a la que consagrar su vida.
Los ciudadanos Danton y Desmoulins abandonaron juntos la Convención, aplaudidos por la muchedumbre que se había congregado frente al edificio, y echaron a andar hacia casa. Hacía una fresca tarde de abril.
– Desearía estar en otro lugar -dijo Danton.
– ¿Qué vamos a hacer con Philippe? No podemos arrojarlo a Marat.
– Lo encerraremos durante un tiempo en una cómoda fortaleza provinciana. Estará más seguro en prisión que en su casa parisiense.
Habían alcanzado su distrito, la república de los Cordeliers. Las calles estaban silenciosas; la noticia de las escenas que se habían producido en la Convención no tardarían en circular por la ciudad, así como la noticia del temible decreto emitido por la Convención. El resto de los diputados se fueron cojeando a sus casas, para curarse las contusiones y magulladuras sufridas durante la agitada sesión. Daba la impresión de que aquella tarde todos habían perdido el juicio. El ciudadano Danton tenía el aire de un hombre que había participado en una dura batalla, pero eso era habitual en él.
Al llegar a la Cour du Commerce, Camille preguntó a Danton:
– ¿Quieres subir a tomarte un vaso de sangre, o prefieres que abra una botella de borgoña?
Permanecieron charlando y bebiendo hasta medianoche. Camille anotó los puntos más importantes de un panfleto que se proponía escribir. Pero no era suficiente destacar los puntos más importantes, sino que era preciso que cada palabra surtiera el efecto de un cuchillo, que tardaría varias semanas en afilar.
Manon Roland había regresado a su pequeña vivienda de la rue de la Harpe.
– Buenos días, buenos días -dijo Fabre d’Églantine.
– No te hemos invitado.
– ¿Ah, no? -replicó Fabre, sentándose y cruzando las piernas-. ¿Está el ciudadano Roland en casa?
– Ha salido a dar un paseo. Para hacer ejercicio.
– A propósito, ¿cómo se encuentra? -inquirió Fabre.
– Me temo que no muy bien. Esperemos que este verano no haga demasiado calor.
– El tiempo demasiado caluroso o demasiado frío suele agravar la salud de las personas delicadas -contestó Fabre-. Nos lo temíamos. Al observar que sostenías en la mano la carta de dimisión del ciudadano Roland, dijimos a Danton que debía de estar indispuesto. Danton contestó… no importa.
– ¿Quieres dejar un recado para mi marido?
– No he venido para hablar con el ciudadano Roland sino a visitarte y gozar unos minutos de tu encantadora compañía. Me complace ver aquí al ciudadano Buzot, aunque debéis andaros con cuidado para que no sospechen que… -Fabre soltó una risita- os dedicáis a conspirar. Creo que una amistad entre un joven y una mujer madura es algo muy hermoso. El ciudadano Desmoulins opina lo mismo.
– Di lo que tengas que decir y márchate -dijo Buzot-, o me obligarás a echarte a la calle.
– ¿De veras? -replicó Fabre-. No me había dado cuenta de que habíamos alcanzado tal grado de antagonismo. Siéntate, ciudadano Buzot, no es necesario que te pongas tan violento.
– Como presidente del Club de los Jacobinos -dijo Manon-, Marat ha presentado a la Convención una petición solicitando que ciertos diputados sean juzgados. Uno de ellos es el ciudadano Buzot, aquí presente. El otro es mi marido. Desean llevarnos ante el Tribunal Revolucionario. Noventa y seis personas han firmado dicha petición. ¿No crees que ese gesto indica un elevado grado de antagonismo?
– Protesto enérgicamente -respondió Fabre-. Fueron los amigos de Marat quienes lo firmaron, aunque confieso que me asombró comprobar que tuviera noventa y seis amigos. Danton no lo ha firmado. Tampoco Robespierre.
– Camille Desmoulins sí lo ha firmado.
– Sabes que es imposible controlar a Camille.
– Robespierre y Danton no lo han firmado, simplemente porque lo ha presentado Marat -dijo Manon-. Estáis divididos. Creéis que podéis intimidarnos, pero no conseguiréis expulsarnos de la Convención, no tenéis suficiente poder para hacerlo.
Fabre los miró a través de los impertinentes.
– ¿Os gusta mi casaca? -preguntó-. Es el nuevo corte inglés.
– Jamás lograréis nada importante y no representáis a nadie. Danton y Robespierre temen que Hébert les robe protagonismo, Hébert y Marat temen a Jacques Roux y los demás agitadores callejeros. Tú temes perder popularidad, dejar de ser uno de los exponentes de la Revolución, por eso te comportas de esa forma tan ruin. Los jacobinos están dominados por la chusma que invade la galería pública, y vosotros les seguís el juego. Pero os advierto que esta ciudad, llena de miserables y analfabetos a los que servís, no es Francia.
– Tu vehemencia me admira -respondió Fabre.
– En la Convención hay hombres honestos procedentes de todos los rincones de la nación, y vuestros diputados parisienses no conseguirán que todos ellos se dobleguen. Ese Tribunal Revolucionario, el fin de la inmunidad, no sólo os beneficiará a vosotros. Tenemos planes para Marat.
– Ya -dijo Fabre-. Si te hubieras mostrado medianamente amable con Danton, nos habríamos ahorrado esto. No debiste hacer aquel comentario de que no te apetecía acostarte con él. Es una buena persona, siempre dispuesto a hacer un trato, no es un salvaje feroz y sanguinario como creen algunos. Lo que ocurre es que últimamente ha sufrido mucho y está un poco susceptible.
– No queremos hacer ningún trato -le espetó Manon, furiosa-. No queremos tratos con los que organizaron la matanza de septiembre.
– Es una pena -respondió Fabre-. Porque hasta este momento todo se basaba en compromisos, más o menos aceptables, en tratar de adaptarnos a las circunstancias y, no lo niego, de sacar de paso algún dinerillo. Pero la situación se ha puesto muy seria.
– Ya iba siendo hora -contestó Manon.
– Bien -dijo Fabre, poniéndose de pie-, ¿deseas que salude a algún colega de tu parte?
– No.
– ¿Ves a menudo al ciudadano Brissot?
– El ciudadano Brissot dirige su propia versión de la Revolución -contestó Manon-, al igual que Vergniaud. Tienen sus propios seguidores y amigos, y es una majadería pretender meternos a todos en el mismo saco.
– Sin embargo, me temo que es inevitable. Si os veis con frecuencia, si intercambiáis información, si apoyáis las mismas iniciativas, aunque sea casualmente, es lógico que los de fuera os consideremos una especie de facción. Al menos, eso es lo que pensaría un jurado.
– En tal caso, tú serías juzgado junto con Marat -terció Buzot-. Creo que te precipitas, ciudadano Fabre. Es preciso tener un caso antes de presentarlo ante un tribunal.
– No estés tan seguro -contestó Fabre.
En la escalera se topó con Roland, quien se dirigía a redactar una petición -la octava o novena- exigiendo que se revisaran las cuentas del ministerio de Danton. Presentaba un aire abatido y olía a infusiones. Al ver a Fabre, bajó la vista para ocultar la tristeza que expresaban sus ojos.
– Ese Tribunal Revolucionario es un completo error -dijo sin más preámbulos-. Se avecinan malos tiempos para todos.
Brissot no para quieto: lee, escribe, corre de un lado para otro, trata de poner sus pensamientos en orden, propone mociones, habla ante el comité, toma notas. Brissot y sus amigos, sus facciones, sus seguidores y detractores; sus secretarios, sus mensajeros, sus chicos de los recados, sus impresores, su corte de admiradores. Brissot y sus generales, sus ministros.
¿Pero quién diablos es Brissot? El hijo de un pastelero.