La Sombra De La Guillotina
- Автор: Мантел Хилари
- Язык: испанский
- Жанр: Историческая проза
Электронная книга - «La Sombra De La Guillotina». Краткое содержание книги:
En la orilla izquierda del Sena, un joven y desconocido abogado llamado Georges-Jaques Danton intenta labrarse un porvenir. Es un hombre enérgico y se ha propuesto dejar su impronta en la historia cueste lo que cueste. Maximilien Robespierre, tambien abogado, es un hombre tímido que detesta la violencia pero está dispuesto a dar la vida por ayudar a los demas. Camille Desmoulins es un joven sin domicilio fijo y aparentemente sin porvenir.
¿Qué es la revolución francesa? ¿Un desastre, un sueño, una oportunidad? Para estos tres hombres representa la única carrera posible a la que consagrar su vida.
– ¿Lo dijo en serio? ¿Cómo se lo dijo?
– ¿Cómo?
– Sí, cómo.
– Pues como se suelen decir esas cosas a las cuatro de la mañana.
– ¿No podría ser más preciso?
– Cuando te cases tendrás ocasión de averiguarlo.
– Es usted perverso -dijo Louise-. Sé que suena muy fuerte, pero eso es lo que creo.
Camille bajó la vista tímidamente y dijo:
– Uno hace lo que puede. Pero no seas demasiado cruel conmigo, porque en cierto modo vas a tener que convivir conmigo. A menos que te propongas rechazar a Danton, cosa que dudo.
– Aún no sé lo que voy a hacer. Pero no creo una palabra de lo que me ha dicho.
– Lo cierto es que quiere acostarse contigo y no sabe cómo conseguirlo, excepto proponiéndote matrimonio. Georges-Jacques es un hombre honesto, pacífico y hogareño. Si yo estuviera en su lugar, la situación sería muy distinta.
De improviso, Camille se inclinó sobre la mesa y se tapó la boca con las manos. Louise no sabía si reía o lloraba, pero al cabo de unos segundos comprendió que se estaba riendo a mandíbula batiente.
– No me importa que se burle -dijo Louise-. Estoy acostumbrada a su extraño sentido del humor.
– Me alegro. Cuando le relate a Fabre esta conversación -dijo Camille, riendo y enjugándose los ojos-, no me creerá. Me temo que aún te queda mucho por aprender.
– ¿No tiene frío? -le preguntó Louise secamente.
– Sí -respondió Camille, levantándose-. Será mejor que acabe de vestirme. Hoy van a nombrarnos a Georges-Jacques y a mí miembros de un comité.
– ¿Qué comité?
– No creo que te interesen los detalles.
– ¿Cómo sabe que les van a nombrar si aún no se ha celebrado la votación?
– Qué inocente eres…
– Quiero que Danton abandone la política.
– Ni lo sueñes -contestó Camille.
El sol comenzaba a despuntar tímidamente. Louise se sentía sucia y humillada tras su encuentro con Camille. Danton seguía durmiendo.
Danton habló ante la Convención, y posteriormente ante los miembros del Club de los Jacobinos.
– En más de una ocasión me sentí tentado de hacer que arrestaran a Dumouriez. Pero luego me dije: «Si doy este paso, el enemigo se enterará y eso le dará mayores fuerzas.» Francamente, temía que mi decisión pudiera beneficiar al enemigo y que me tacharais de traidor. ¿Qué hubierais hecho en mi lugar, ciudadanos?
– Y bien, ¿qué hubieras hecho tú? -preguntó Danton a Robespierre. Abril estaba a las puertas y en la rue Saint Honoré soplaba una fresca brisa-. Os acompañaremos a casa, así podré saludar a su esposa, Duplay.
– Será un honor, ciudadano Danton.
– Opino que en semejante situación hubiera sido mejor hacer algo que cruzarse de brazos -dijo Saint-Just.
– A veces es preferible esperar a ver cómo se desarrollan los acontecimientos, ciudadano Saint-Just.
– Yo hubieran mandado que lo arrestaran -insistió éste.
– Pero no estabas allí, no sabes en qué situación se encontraban las tropas, no sabes cómo habrías reaccionado.
– Es cierto, no lo sé. Pero ¿por qué nos pediste nuestra opinión si no estás de acuerdo con nuestros criterios?
– No te pidió tu opinión -terció Camille-. Lo que tú pienses le trae sin cuidado.
– Tendré que ir personalmente al frente -dijo Saint-Just-, para descifrar esos misterios.
– Una decisión muy acertada -respondió Camille.
– Deja de comportarte como un chiquillo -le amonestó Robespierre-. En cuanto a ti, Danton, si piensas que actuaste de buena fe, no creo que haya nada más que añadir.
– No estoy de acuerdo -masculló Saint-Just.
Al entrar en el patio de los Duplay, Brount, que estaba sujeto a una cadena, se puso a ladrar con furia. Cuando su amo se acercó a él, el animal le apoyó las patas delanteras en los hombros. Robespierre le hizo una caricia y murmuró unas palabras, recomendándole que contuviera su impaciencia hasta que fuera practicable alcanzar la libertad. Todas las mujeres de Robespierre (por decirlo así) se hallaban en casa. La señora Duplay mostraba una expresión profundamente benevolente, como si su misión en la vida fuera dar de comer a un jacobino para luego exclamar: «¡He dado de comer a un patriota!» En ese aspecto, Robespierre no colmaba sus aspiraciones.
Luego pasaron al cuarto de estar, donde colgaban los numerosos cuadros de Robespierre. Danton echó una mirada a su alrededor y Robespierre lo miraba sonriendo, con una media sonrisa, serio, de perfil, o tenso y combativo en un estudio de frente, con aire pensativo o divertido, acompañado de un perro, con otro perro, sin un perro. El Robespierre original estaba tan quieto y silencioso que parecía formar parte de la colección de cuadros. Mientras los demás hablaban de diversos temas, el joven Philippe Lebas se dirigió a un rincón y empezó a charlar con Babette. No se lo reprocho, pensó Danton. Robespierre lo miró sonriendo.
Entre una y otra escaramuza, uno siempre encuentra tiempo para el amor.
Cuando el ministro de la Guerra fue a Bélgica para investigar la situación, Dumouriez mandó que lo arrestaran, junto con cuatro representantes oficiales de la Convención, y los entregó a los austriacos. Poco después emitió un manifiesto anunciando que conduciría sus ejércitos a París para restaurar la estabilidad y el orden. Sus tropas se amotinaron y abrieron fuego contra él. Acompañado por el joven general Égalité -Louis-Philippe, el hijo del duque-, atravesó la frontera austríaca. Una hora más tarde ambos fueron detenidos en calidad de prisioneros de guerra.
Robespierre se dirigió a la Convención en estos términos:
– Exijo que todos los miembros de la familia Orléans conocidos como Égalité comparezcan ante el Tribunal Revolucionario… Y que el Tribunal se encargue de juzgar a los otros cómplices de Dumouriez… ¿Es preciso que nombre a tan distinguidos patriotas como los señores Vergniaud y Brissot? Confío en la prudencia de la Convención.
Al presenciar las escenas que se produjeron a continuación, nadie hubiera dicho que la Convención estuviera presidida por la prudencia. La Gironda poseía un arsenal de cargos contra Danton: engaños, intrigas y malversación de fondos. Cuando éste se dirigió a la tribuna de oradores, la derecha le dedicó su epíteto favorito: «¡Sanguinario!» El presidente se cubrió el rostro con las manos, como si fuera a echarse a llorar, mientras varios diputados se enzarzaban en una batalla campal y el ciudadano Danton se las veía y deseaba para alcanzar la tribuna y hablar en defensa propia.
Robespierre contemplaba horrorizado la escena desde lo alto de la Montaña. Danton consiguió por fin llegar a la tribuna, dejando tras de sí a varias víctimas tendidas en el suelo.
– ¡No temo a la luz del día! -gritó, estimulado por el caos que se había desatado.
Philippe Égalité observó que sus colegas se apartaban de él, como si fuera Marat. En cuanto al propio Marat, se apresuró a dirigirse hacia la tribuna tras abandonarla Danton.
Al pasar junto a Danton, ambos hombres se miraron durante unos instantes. Marat se llevó la mano a la pistola que le colgaba del cinto, como si fuera a utilizarla. Al alcanzar la tribuna se volvió, apoyó una mano en el borde de la misma y miró fijamente a los diputados que estaban sentados ante él. Quizá no vuelva a verle hacer ese dramático gesto, pensó Philippe Égalité.
Acto seguido, Marat inclinó la cabeza hacia atrás y miró a su alrededor. Tras una larga y exquisita pausa, rompió a reír.
– Ese hombre me produce escalofríos -murmuró el diputado Lebas a Robespierre-. Es como encontrarse un fantasma en un cementerio.
– Silencio -contestó Robespierre-. Presta atención.
Marat acarició el pañuelo rojo que llevaba anudado alrededor del cuello; era una señal que indicaba que la broma había terminado. Luego, más relajado, extendió de nuevo el brazo y lo apoyó en la tribuna. Al hablar, su voz sonaba sosegada, desapasionada. Su propuesta era la siguiente: que la Convención aboliera la inmunidad de los diputados, de forma que éstos pudieran ser procesados. Los diputados del ala derecha y el ala izquierda se miraron, imaginando a su enemigo personal desfilando hacia la máquina inventada por el doctor Guillotin. Dos diputados de la Montaña, sentados a pocos metros de distancia, se miraron brevemente y luego giraron rápidamente la cabeza. Nadie miró a Philippe a la cara. La moción de Marat fue aprobada por todos los grupos.