Los Portales de Piedra
- Автор: Джордан Роберт
- Серия: La Rueda del Tiempo #4
- Год: 2005
- Язык: испанский
- Переводчик: Mila Lopez Diaz-Guerra
- Жанр: Эпическое фэнтези
Электронная книга - «Los Portales de Piedra». Краткое содержание книги:
Hacía años que nadie del pueblo venía por aquí, de manera que el sendero se había borrado; no obstante, los grandes árboles impedían que la maleza creciera demasiado. Los Aiel, ante la insistencia de la señora al’Vere de que el grupo se mantuviera junto, avanzaron silenciosamente con los demás. Loial murmuraba aprobadoramente mientras miraba los vetustos árboles, en especial ciertos abetos y robles particularmente grandes. De vez en cuando, se escuchaba el canto de un sinsonte o un petirrojo en las ramas, y una vez Perrin captó el olor de un zorro que observaba el paso del grupo.
De repente le llegó el olor a hombre que un momento antes no estaba allí y escuchó un débil susurro de hojas. Los Aiel se pusieron en tensión, alertas, con las lanzas prestas, y Perrin llevó la mano hacia la aljaba.
—Calmaos —instó la señora al’Vere al tiempo que hacía un gesto para que bajaran las armas—. Tranquilos, por favor.
De pronto aparecieron dos hombres al frente, uno de ellos, el de la izquierda, era alto, moreno y delgado, mientras que el de la derecha era bajo, fornido y con el pelo canoso. Ambos empuñaban arcos con las flechas aprestadas, listos para levantar los brazos y disparar; las aljabas colgadas a un costado servían de contrapeso a las espadas que pendían del otro. Los dos llevaban capas que se difuminaban con la vegetación del entorno.
—¡Guardianes! —exclamó Perrin—. ¿Por qué no nos dijisteis que había Aes Sedai aquí, señora al’Vere? Maese al’Vere tampoco lo mencionó. ¿Por qué?
—Porque no lo sabe —se apresuró a explicar Marin—. No mentí cuando dije que esto era un asunto del Círculo de Mujeres. —Se volvió hacia los Guardianes, quienes no habían bajado la guardia ni un ápice—. Tomás, Ihvon, bajad esos arcos. Me conocéis y sabéis que jamás traería a nadie que tuviera malas intenciones.
—Un Ogier —dijo el hombre canoso—, tres Aiel y un hombre de ojos amarillos, el que buscan los Capas Blancas, por supuesto, y una fiera joven con un cuchillo. —Perrin lanzó una rápida ojeada a Faile, que tenía el arma presta para arrojar en cualquier momento. Estuvo de acuerdo con ella en esta ocasión. Puede que los dos hombres fueran Guardianes, pero todavía no habían hecho intención de bajar los arcos, y sus rostros parecían tallados en piedra. Los Aiel daban la impresión de estar dispuestos a bailar la danza de las lanzas sin cubrirse siquiera con el velo—. Un extraño grupo, señora al’Vere —continuó el hombre mayor—. Veremos. Ihvon… —El hombre alto asintió y desapareció en la vegetación; Perrin apenas lo oyó alejarse. Cuando querían, los Guardianes eran tan silenciosos como la propia muerte.
—¿Qué queréis decir con lo de que es un asunto del Círculo de Mujeres? —demandó el joven—. Sé que los Capas Blancas causarían problemas si se enteraran de que por aquí hay Aes Sedai, así que entiendo que no se lo hayáis dicho a Hari Coplin, pero ¿por qué guardar el secreto con el alcalde?, ¿y con nosotros?
—Porque es lo que acordamos —replicó Marin con un timbre irritado que parecía dirigido tanto a Perrin como al Guardián, que seguía sin bajar la guardia (no había otro término que describiera su actitud) y hasta incluso a las Aes Sedai—. Se encontraban en Colina del Vigía cuando llegaron los Capas Blancas. Allí nadie sabía quiénes eran, excepto el Círculo de esa población, que transfirió al nuestro la responsabilidad de ocultarlos. A todo el mundo, Perrin. Es la mejor forma de mantener un secreto: que sólo esté enterado el menor número de personas. La Luz me valga, sé de dos mujeres que han dejado de compartir el lecho con sus esposos por miedo a hablar en sueños. Accedimos a guardar el secreto.
—¿Y por qué decidisteis cambiar de opinión? —inquirió el Guardián de pelo gris en un tono duro.
—Por razones que considero buenas y suficientes, Tomás. —A juzgar por el modo en que se ajustó el chal, Perrin sospechó que Marin esperaba que las otras mujeres del Círculo, y también las Aes Sedai, compartieran su opinión. Según los rumores, el Círculo podía ser incluso más duro con sus propios miembros que con el resto del pueblo—. ¿En qué mejor sitio esconderte, Perrin, que con unas Aes Sedai? Tú ya no debes de tenerles miedo después de haberte marchado de aquí en compañía de una de ellas. Y… Bueno, no tardarás en enterarte. Tienes que confiar en mí.
—Hay Aes Sedai y Aes Sedai —le contestó el joven. Sin embargo, las que a su juicio eran peores, las del Ajah Rojo, no se vinculaban con Guardianes, ya que no sentían el menor aprecio por los hombres. Los oscuros ojos del tal Tomás exteriorizaban una inflexible determinación. Podían intentar atacarlo por sorpresa o, mejor aún, escabullirse, pero el Guardián clavaría certeramente la flecha en el primero que hiciera algo que no le gustara, y Perrin habría apostado a que el hombre era lo bastante diestro para encajar otro proyectil en un abrir y cerrar de ojos. Por lo visto los Aiel compartían su opinión; seguían preparados para saltar en cualquier momento hacia cualquier dirección, pero igualmente podrían quedarse en la misma postura hasta que el sol se parara en el cielo. Perrin palmeó a Faile en el hombro—. Todo irá bien —le dijo.
—Desde luego que sí —respondió, sonriente. Había guardado el cuchillo—. Si la señora al’Vere lo dice, la creo.
Perrin esperó que tuviera razón. Por su parte, ya no confiaba en la gente como solía hacer. En las Aes Sedai, no, desde luego. Y quizá ni siquiera en Marin al’Vere. Pero tal vez estas Aes Sedai querrían ayudarlo en la lucha contra los trollocs, y estaba dispuesto a fiarse de cualquiera que tomara tal postura. No obstante, ¿hasta qué punto podía fiarse de ellas? Las mujeres de la Torre Blanca hacían lo que hacían por motivos propios. Dos Ríos era el hogar para él, pero para esas mujeres muy bien podría ser una simple pieza en el tablero de damas. Empero, tanto Faile como Marin al’Vere se mostraban confiadas, mientras que los Aiel estaban a la expectativa. De momento, no parecía que tuviera mucha elección.
31
Garantías
Al cabo de pocos minutos regresó Ihvon.
—Podéis seguir adelante, señora al’Vere —fue todo cuanto dijo antes de que Tomás y él se desvanecieran entre la maleza, de nuevo sin que sonara el susurro de una sola hoja.
—Son muy buenos —murmuró Gaul, que seguía escudriñando los alrededores con desconfianza.
—Hasta un niño podría esconderse en un sitio así —le dijo Chiad al tiempo que daba un manotazo a la rama de un grosellero, pero siguió escudriñando la maleza con tanta intensidad como Gaul.
Ninguno de los Aiel parecía muy ansioso por continuar. No es que se mostraran reacios, precisamente, y, desde luego, en absoluto atemorizados, pero era evidente que no los entusiasmaba la idea. Perrin esperaba descubrir algún día qué les inspiraban las Aes Sedai a los Aiel.
—Bien, vayamos a conocer a esas Aes Sedai vuestras —le dijo a la señora al’Vere con aspereza.
La vieja casa de enfermos estaba aun más destartalada de lo que recordaba; era una amplia planta baja que se ladeaba como un hombre ebrio, con la mitad de las habitaciones a cielo raso; en una de ellas se alzaba un enorme árbol de doce metros. El bosque la rodeaba por todas partes, y una densa red de enredaderas y escaramujos cubría de verde los muros y lo que quedaba del techo de bálago; le dio la impresión de que esa cubierta vegetal era lo único que sostenía en pie al edificio. Sin embargo, la puerta delantera estaba despejada. Le llegó el olor a caballos y un débil aroma a judías con jamón pero, cosa extraña, no a humo de leña.