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Los Portales de Piedra

Электронная книга - «Los Portales de Piedra». Краткое содержание книги:

Los sellos de Shayol Ghul se han debilitado y la presencia del Oscuro se hace cada vez más evidente.En Tar Valon, Min es testigo de hechos portentosos que vaticinan un horrible futuro. Los Capas Blancas buscan en Dos Ríos a un hombre con los ojos dorados y siguen el rastro de Dragón Renacido. Mientras tanto, Rand al’Thor se dedica a tomar sus propias y sorprendentes decisiones.
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Perrin notó que Faile se ponía tensa y rápidamente puso la mano sobre su brazo cuando comprendió que estaba sacando un cuchillo. ¿En qué demonios pensaba? Cenn era un necio viejo irascible, pero no era razón para usar un cuchillo contra él. La joven sacudió la cabeza, exasperada, pero al menos lo dejó estar.

—Basta ya, Cenn —increpó Marin, cortante—. Vas a guardarte para ti lo que has visto. ¿O acaso ya has empezado a irles con cuentos a los Capas Blancas, como Hari y su hermano Darl? Abrigo ciertas sospechas del motivo de que los Capas Blancas vinieran a revolver los libros de Bran. Se llevaron seis y sermonearon a mi marido bajo su propio techo hablando de blasfemia. ¡Blasfemia, nada menos! Y todo porque no estaban de acuerdo con lo que ponía en un libro. Tienes suerte de que no te obligue a reemplazar esos libros. Estuvieron revolviéndolo todo, como comadrejas, buscando más «escritos blasfemos», según ellos, como si alguien fuera a esconder un libro. Levantaron todos los colchones de las camas, desordenaron los armarios de la ropa blanca. Tienes suerte de que no te trajera a rastras de una oreja para que volvieras a colocarlo todo.

Cenn se fue encogiendo un poco más con cada frase hasta dar la impresión de que sus huesudos hombros estaban más altos que su cabeza.

—No les dije nada, Marin —protestó—. Sólo porque un hombre mencione que… Es decir, sólo estaba haciendo un comentario, de pasada… —Se sacudió y, aunque todavía evitaba mirarla a la cara, recobró parte de su compostura y de su habitual forma de ser—. Tengo intención de discutir esto en el Consejo, Marin. Me refiero a él. —Apuntó con el sarmentoso dedo a Perrin—. Todos estaremos en peligro mientras siga aquí. Si los Hijos descubren que lo has cobijado, podrían culparnos a todos los demás. Y entonces no serán sólo unos armarios desordenados.

—Esto es asunto del Círculo de Mujeres. —Marin se ajustó el chal sobre los hombros y se adelantó para mirar cara a cara al viejo techador. Era un poco más alto que ella, pero el repentino aire de seria formalidad le dio empaque. Cenn iba a decir algo, pero la mujer se le adelantó, cortando cualquier intento de pronunciar una sola palabra—. Asunto del Círculo, Cenn Buie. Si crees que no lo es, si te atreves siquiera a llamarme mentirosa… Más te vale dejar quieta la lengua, porque si les dices una sola palabra de un asunto del Círculo de Mujeres a alguien, incluido el Consejo del Pueblo…

—¡El Círculo no tiene derecho a interferir en los asuntos del Consejo! —gritó.

—… me ocuparé de que tu esposa te mande a dormir al granero. Y de que comas los desechos de tus vacas lecheras. ¿Crees que el Consejo tiene prioridad sobre el Círculo? Si es preciso, mandaré a Daise Congar para que te convenza de lo contrario.

Cenn se encogió, y con razón. Si Daise Congar era la Zahorí, seguramente lo obligaría a tragarse asquerosos brebajes cada día durante todo un año, y Cenn era demasiado flaco para impedírselo. Alsbet Luhhan era la única mujer de la aldea más corpulenta que Daise, y ésta tenía una vena rencorosa y un genio acorde con ella. Perrin no conseguía imaginársela como la Zahorí; sin duda a Nynaeve le daría un ataque cuando se enterara de quién la había sustituido, ya que ella misma pensaba que utilizaba el trato afable y el razonamiento.

—No es preciso ponerse desagradable, Marin —masculló Cenn con ánimo de aplacarla—. Si quieres que no diga nada, cerraré el pico; pero, con el Círculo de Mujeres o sin él, estás corriendo el riesgo de que los Hijos se nos echen encima a todos.

La señora al’Vere se limitó a arquear las cejas y, tras un instante, Cenn se escabulló rezongando entre dientes.

—Bien hecho —dijo Faile cuando el viejo desapareció por la esquina de la posada—. Me parece que tendría que tomar unas cuantas lecciones de vos. No se me da ni la mitad de bien manejar a Perrin como habéis hecho con vuestro esposo y con ese tipo. —Le sonrió al joven para mostrarle que estaba bromeando. Al menos, es lo que Perrin esperaba que significara esa sonrisa.

—Tienes que saber cuándo hay que atarlos corto —respondió la mujer con aire ausente—, y cuándo no hay más remedio que darles rienda suelta. Si se les deja que se salgan con la suya en lo que no es importante, después es más fácil mantenerlos a raya en lo que sí lo es. —Había estado siguiendo con la mirada a Cenn, fruncido el entrecejo, sin prestar atención realmente a lo que decía, salvo, quizá, cuando añadió—: Y a algunos habría que atarlos en la cuadra y dejarlos encerrados allí.

Ni que decir tiene que Faile no necesitaba que le dieran este tipo de consejos, así que Perrin se apresuró a intervenir:

—¿Creéis que mantendrá la boca cerrada, señora al’Vere?

—Me parece que sí —contestó, vacilante—. Cenn es como un dolor de muelas que va empeorando con el paso de los años, pero no es de la ralea de Hari Coplin y los otros. —Empero, había dudado.

—Será mejor que nos pongamos en marcha —dijo Perrin, y nadie discutió.

El sol estaba más alto de lo que el joven había esperado, pasado ya su cenit, lo que significaba que la mayoría de la gente se encontraría en su casa para tomar el almuerzo. Los pocos que permanecían en el exterior, principalmente niños que cuidaban ovejas o vacas, estaban enfrascados en dar buena cuenta de la comida que se habían llevado envuelta en un paño, demasiado lejos y demasiado absortos en mover los dientes para prestar atención a quienes pasaban. Con todo, Loial atrajo alguna que otra mirada a despecho de la amplia capucha que le ocultaba los rasgos. El propio Perrin, montado en Brioso, le llegaba al pecho al Ogier con su alta montura. Para la gente que los vio de lejos debían de parecer un adulto con dos niños a lomos de ponis. La imagen que ofrecían no era corriente, desde luego, pero Perrin confiaba en que los vieran así. Los comentarios llamarían la atención y ello era algo que tenía que evitar a toda costa hasta que hubieran rescatado a la señora Luhhan y a los demás. Ojalá Cenn no alborotara. También él llevaba echada la capucha, cosa que podía dar que hablar asimismo, pero no tanto como si alguien se fijaba en su barba y comprendía que no era un chiquillo. El ambiente casi parecía primaveral en comparación con Tear.

No tuvo dificultad en encontrar el roble hendido, las dos partes abiertas en una amplia horquilla, con la cara interior negra y endurecida como el hierro y el suelo limpio de vegetación debajo del extenso ramaje. Ir hasta allí cruzando el pueblo era un camino mucho más corto que dando un rodeo, como ellos, así que la señora al’Vere ya los estaba esperando cuando llegaron; se advertía cierta impaciencia por la forma de ajustarse el chal a los hombros. También los Aiel se encontraban allí, sentados en cuclillas sobre la cubierta de hojas de roble secas y cáscaras de bellotas desechadas por las ardillas; Gaul estaba separado de las dos Doncellas. Los tres Aiel se observaban entre sí casi con la misma cautela con que vigilaban la espesura del entorno. Perrin estaba seguro de que habían llegado hasta el punto de reunión sin que nadie los viera, y deseó tener aquella destreza; era capaz de moverse por el bosque con bastante sigilo, pero para los Aiel daba igual que fuera bosque, labrantíos o poblaciones. Cuando no querían ser vistos, hallaban el modo de pasar completamente inadvertidos.

La señora al’Vere insistió en que hicieran el resto del trayecto a pie argumentando que la vegetación era muy densa para ir a caballo. Perrin no estaba de acuerdo con ella, pero de todas formas desmontó; sin duda resultaba muy incómodo conducir a gente montada si se iba a pie. En cualquier caso, tampoco le dio muchas vueltas, ya que tenía la cabeza llena con montones de planes. Era preciso echar un vistazo al campamento de los Capas Blancas en Colina del Vigía antes de decidir cómo rescatar a la señora Luhhan y a los otros. Y ¿dónde estarían escondidos Tam y Abell? Ni Bran ni Marin habían dicho nada concreto, tal vez porque no lo sabían. Si Tam y Abell no habían rescatado ya a los prisioneros, ello quería decir que no era una empresa fácil. Aun así, tenía que hacer algo al respecto. Y después se dedicaría por completo a los trollocs.

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