Los Portales de Piedra
- Автор: Джордан Роберт
- Серия: La Rueda del Tiempo #4
- Год: 2005
- Язык: испанский
- Переводчик: Mila Lopez Diaz-Guerra
- Жанр: Эпическое фэнтези
Электронная книга - «Los Portales de Piedra». Краткое содержание книги:
Ataron los animales a unas ramas bajas y siguieron a Marin al interior, donde apenas entraba luz al estar las ventanas tapadas con enredaderas. La habitación delantera era grande y no tenía muebles; en los rincones quedaba polvo y unas cuantas telarañas que habían escapado a una limpieza apresurada y obviamente superficial. Había cuatro petates de mantas extendidos en el suelo; las sillas de montar, las alforjas y unos envoltorios bien atados se apilaban contra una pared; en un rincón, una pequeña cazuela en el hogar de piedra soltaba el olor a guiso a despecho de la ausencia de lumbre. En otro recipiente aun más pequeño parecía que hervía agua para el té, casi a punto de romper a cocer. Dos Aes Sedai los estaban esperando. Marin al’Vere se apresuró a hacer una reverencia y se lanzó a hacer las presentaciones y a dar explicaciones con nerviosismo.
Perrin recostó la mejilla contra el arco. Había reconocido a las Aes Sedai. Una de ellas era Verin Mathwin, una mujer regordeta, de rostro cuadrado, con mechones grises en el cabello castaño a pesar de la tersura de sus mejillas, propia del aspecto intemporal de las Aes Sedai. Pertenecía al Ajah Marrón y, como todas las hermanas Marrones, la mitad del tiempo parecía estar absorta en la búsqueda del conocimiento, ya fuera antiguo y perdido o actual. Empero, en ocasiones sus oscuros ojos perdían aquella vaga expresión distraída, como en este momento, que estaban prendidos en él tan penetrantes y agudos como clavos. Que él supiera con seguridad, era la única Aes Sedai, aparte de Moraine, que estaba enterada de lo que era Rand, y sospechaba que sabía de él mismo mucho más de lo que daba a entender. De nuevo aquella vaga expresión cubrió sus ojos cuando prestó atención a lo que decía Marin; pero, durante un instante, lo habían puesto en una balanza, sopesando los pros y los contras de su presencia en relación con sus propios planes. Tendría que andarse con mucho cuidado con ella.
A la otra, una mujer morena y esbelta, ataviada con un traje de montar de seda verde que ofrecía un marcado contraste con las sencillas ropas marrones y los puños de las mangas manchados de tinta de Verin, sólo la había visto una vez y no los habían presentado. Alanna Mosvani, hermana del Ajah Verde si no recordaba mal, era una bella mujer de largo y negro cabello y penetrantes ojos oscuros. También ella lo miró intensamente mientras escuchaba las explicaciones de Marin. Entonces recordó algo que le había comentado Egwene: «Algunas Aes Sedai que no deberían saber lo de Rand muestran demasiado interés en él. Elaida, por ejemplo. Y Alanna Mosvani. Me parece que no me fío de ninguna de las dos». Quizá lo mejor sería dejarse guiar por la intuición de Egwene hasta que los acontecimientos le demostraran lo contrario.
Prestó atención a lo que se hablaba cuando Marin, todavía con un timbre aprensivo, dijo:
—Habíais preguntado por él, Verin Sedai. Me refiero a Perrin. Bueno, preguntasteis por los tres chicos, pero Perrin es uno de ellos. Me pareció que el modo más fácil de evitar que lo mataran era traerlo con vos. No había tiempo para consultarlo antes y, en estas circunstancias, lo…
—Está bien, señora al’Vere —la interrumpió la hermana Marrón en un tono tranquilizador—, hicisteis lo correcto. Ahora Perrin está en buenas manos. Y también disfrutaré de la oportunidad de saber algo más sobre los Aiel, aparte de que siempre es un placer conversar con un Ogier. Voy a explotar tus conocimientos, Loial. He topado con cosas fascinantes en libros de tu gente.
Loial sonrió complacido; cualquier cosa relacionada con libros era un placer para él. Gaul, por otro lado, intercambió una mirada cautelosa con Bain y Chiad.
—No ocurre nada siempre y cuando no volváis a hacerlo —intervino Alanna con firmeza—. A no ser que… ¿Estás solo? —le preguntó a Perrin en un tono que exigía una pronta respuesta—. ¿Regresaron también los otros dos?
—¿Por qué estáis aquí? —inquirió a su vez el joven.
—¡Perrin! —reconvino la señora al’Vere—. ¡Cuida tus modales! Es posible que hayas cogido algunas malas costumbres en esas tierras extranjeras, pero será mejor que las olvides ahora que has vuelto a casa.
—No os preocupéis —le dijo Verin—. Perrin y yo somos viejos conocidos, y lo comprendo. —Sus oscuros ojos lo miraron un instante, relucientes.
—Nosotras nos ocuparemos de él. —Las frías palabras de Alanna dejaban abierta la posibilidad a distintas interpretaciones.
—Será mejor que regreséis a la aldea. —Verin sonrió y dio unas palmaditas a Marin en el hombro—. No nos interesa que alguien sienta curiosidad por saber qué hacéis paseando por el bosque.
La señora al’Vere asintió y se dirigió hacia Perrin; posó la mano sobre el antebrazo del joven.
—Sabes que lamento profundamente lo ocurrido y que comprendo tu pena —susurró—, pero recuerda que dejarte matar no arreglará nada. Haz lo que te digan las Aes Sedai.
El joven farfulló unas palabras ambiguas con las que no se comprometía a nada, pero que parecieron satisfacer a Marin.
—También te damos el pésame, Perrin —dijo Verin una vez que la señora al’Vere se hubo marchado—. Habríamos hecho algo de haber podido.
—Todavía no habéis contestado a mi pregunta —replicó el joven, que no quería pensar ahora en su familia.
—¡Perrin! —Faile se las ingenió para dar a su voz casi el mismo el tono de la señora al’Vere, pero él hizo caso omiso.
—¿Por qué estáis aquí? Es una increíble coincidencia. Capas Blancas y trollocs y, mira por dónde, da la casualidad de que os encontráis aquí al mismo tiempo.
—No es coincidencia en absoluto —repuso Verin—. Ah, vaya, el té está listo.
El agua dejó de cocer cuando la mujer empezó a ir de un lado para otro, echando un puñado de hierbas en el recipiente y dándole instrucciones a Faile para que sacara unas tazas de metal de uno de los bultos que había contra la pared. Alanna, con los brazos cruzados sobre el pecho, no apartó un instante los ojos de Perrin, su ardor en claro conflicto con la frialdad del rostro.
—Con cada año que pasa —continuó Verin—, encontramos menos y menos chicas a quienes se pueda enseñar a encauzar. Sheriam cree que nos hemos pasado los últimos tres mil años extinguiendo la habilidad de la raza humana para encauzar al amansar a todos los varones que podían canalizar el Poder. Prueba de ello, según sus palabras, son los pocos hombres que encontramos ahora. Vaya, pero si en los registros de hace sólo un siglo se informaba que había dos o tres al año, y hace quinientos…
El carraspeo desaprobador de Alanna la interrumpió.
—¿Qué otra cosa podíamos hacer, Verin? ¿Dejar que se volvieran locos? ¿Seguir el descabellado plan de las Blancas?
—Claro que no —contestó Verin sin alterarse—. Aun en el caso de que halláramos mujeres dispuestas a que las fecundaran varones amansados no hay ninguna garantía de que las criaturas nacidas tuvieran capacidad para encauzar o que fueran hembras. Les sugerí que, si querían aumentar el número, debían ser las propias Aes Sedai las que dieran a luz. De hecho, que lo hicieran ellas, las hermanas Blancas, ya que eran las que habían sacado el asunto a debate. A Alviarin no pareció hacerle mucha gracia mi propuesta.
—Imagino que no —rió, divertida, Alanna. El repentino destello de regocijo, rompiendo el abrasador fuego de sus oscuros ojos, resultó sorprendente—. Ojalá hubiera estado allí para ver la cara que puso.
—Su expresión fue… interesante —comentó con sorna la hermana Marrón—. Tranquilízate, Perrin. Daré cumplida respuesta a tu pregunta. ¿Quieres un poco de té?
Procurando borrar el gesto iracundo, Perrin acabó tomando asiento en el suelo, con el arco junto a él y una taza de metal llena de té fuerte en la mano. Todo el mundo se sentó en círculo en el centro de la habitación. Alanna se encargó de explicar su presencia allí, quizá para prevenir la tendencia de la otra Aes Sedai a divagar: