Favoritos De La Fortuna
- Автор: Маккалоу Колин
- Язык: испанский
- Жанр: Историческая проза
Электронная книга - «Favoritos De La Fortuna». Краткое содержание книги:
»Siete, no va expresamente contra las leyes de Sila que ambos cónsules estén ausentes de Roma para dirigir una guerra. Ni aunque fuese fuera de Italia. Según Lucio Cornelio Sila, la primera obligación de los cónsules es cuidar de Roma y de Italia. Ni Quinto Lutacio Catulo ni yo vamos a cometer abuso de autoridad. La cláusula que prevé la asignación especial de mando no senatorial sólo es aplicable si los magistrados legalmente elegidos y los otros senadores competentes no están disponibles para dirigir la guerra.
»Y, finalmente, el punto ocho -añadió Lépido-. ¿Por qué he de ser yo menos apto para el mando que Quinto Lutacio Catulo? Los dos hemos servido durante la guerra itálica como legados. Ninguno de los dos salió de Roma durante los años de Cinna y Carbón. Los dos mantuvimos tan terca y sincera neutralidad, que Lucio Cornelio Sila no pudo castigarnos, y, después de todo, somos la última pareja consular elegida por él mismo. En cuanto a nuestra experiencia militar, puede decirse otro tanto. No se puede aventurar que uno de los dos vaya a brillar más que el otro en la guerra contra Faesulae. Y el interés de Roma es que los dos brillemos por igual, ¿no es cierto? Según las costumbres romanas, si los cónsules están dispuestos a tomar el mando militar por indicación del Senado, es un deber para ellos. El Senado nos lo asignó, y los cónsules lo asumen. Nada más.
Pero Filipo no se resignó, y sin mostrar decepción ni animosidad, con suavidad y prudencia, fue transformando el debate en un lamento en torno a la evidente enemistad que había surgido entre los cónsules, ilustrando sus quejas con unos cincuenta ejemplos entre meras discrepancias y roces y enfrentamientos importantes. Ya se había puesto el sol (lo que significaba que el Senado debía poner fin a la sesión), pero Catulo y Lépido no querían posponer para el día siguiente la decisión; por ello, los celadores de la cámara trajeron antorchas y Filipo continuó su perorata. Una buena perorata, pues, al llegar a la última parte del discurso, los senadores estaban dispuestos a aprobar lo que fuese con tal de irse a casa a cenar y dormir.
– Lo que propongo -dijo finalmente-, es que ambos cónsules juren que no convertirán su ejército en instrumento de venganza personal mutua. ¡No es mucho pedir! Pero me quedaría más tranquilo si se les toma juramento.
Lépido se puso en pie hastiado.
– Mi opinión sobre tu propuesta, Filipo, es que se trata de lo más estúpido que se ha oído en esta cámara. No obstante, si los padres conscriptos se quedan más satisfechos y quieren que Quinto Lutacio y yo nos pongamos antes manos a la obra, soy el primero que está dispuesto a jurar.
– Totalmente de acuerdo, Marco Emilio -dijo Catulo-. ¿Nos vamos a casa?
– ¿Qué crees que se proponía Filipo? – preguntó Lépido a Bruto durante la cena al día siguiente.
– Pues, sinceramente, no lo sé -contestó Bruto meneando la cabeza.
– ¿Tienes alguna idea, Servilia? -preguntó el primer cónsul.
– Pues no -contestó ella frunciendo el ceño-. Mi esposo me hizo un resumen de lo que se dijo anoche, pero me enteraré mejor si me facilitas una copia de las actas, si es que se tomaron.
Era tan favorable el criterio que Lépido tenía de la capacidad política de Servilia, que no vio inconveniente en su petición y accedió a entregarle copia del documento al día siguiente antes de salir de Roma para reclutar sus cuatro legiones.
– Yo empiezo a creer -dijo Bruto- que no vas a poder mejorar la suerte de las ciudades de Etruria y Umbría que no se vieron implicadas directamente en la guerra con Carbón. En el Senado hay muchos como Filipo, y no les gusta oír tus argumentos.
A Bruto le preocupaba la pacificación de algunos de los distritos de Umbría, pues después de Pompeyo era el principal terrateniente, y no le complacía ver cerca de sus fincas asentamientos militares; éstos se hallaban principalmente en torno a Spoletium e Iguvium, dos zonas de confiscación, y el hecho de que aún no hubiesen llegado a ellos colonos excombatientes se debía a dos factores: la lentitud de las comisiones de reparto y la marcha de catorce de las legiones de veteranos de Sila veinte meses atrás para combatir en Hispania. Sólo este segundo factor había permitido que Lépido sacara adelante su ley, pues, de haber estado en Italia las veintitrés legiones de Sila para la desmovilización pensada en principio, no habrían faltado excombatientes en Spoletium e Iguvium.
– Lo que dijo ayer Filipo me dejó estupefacto -comentó Lépido, enrojeciendo de rabia al recordarlo-. ¡Son increíbles esos idiotas! De verdad que creía que con mi réplica me los ganaría. Hablé con buena lógica, Servilia, con buen sentido, pero consintieron en que Filipo impusiera ese absurdo juramento que hubimos de prestar esta mañana en Semo Sancus Dius Fidius.
– Lo que significa que están dispuestos a dejarse impresionar más -dijo ella-. Lo que me preocupa es que no estés en el Senado para oponerte a ese viejo embaucador la próxima vez que hable, y ten por seguro que hablará. Algo trama.
– No sé por qué le llamamos viejo -dijo Bruto, que era proclive al desacuerdo-. No es tan viejo; tiene cincuenta y ocho años, y, aunque parezca que se le va a llevar por delante una apoplejía, creo que tiene vida para rato. ¡Ojalá me equivocara!
Pero Lépido estaba harto de digresiones y especulaciones, y fue directo al grano.
– Me marcho a Etruria para reclutar tropas -dijo-, y me gustaría que vinieses tú también lo antes posible, Bruto. Hemos previsto actuar al unísono el año que viene, pero creo que hay que empezar ahora mismo. No hay ningún asunto previsto en tu tribunal que no pueda posponerse hasta el año que viene cuando haya nuevo juez, así que te pido que vengas conmigo inmediatamente como primer legado.
Servilia hizo un gesto de preocupación.
– ¿Es prudente reclutar tus tropas en Etruria? -inquirió-. ¿Por qué no hacerlo en Campania?
– Porque Catulo se me adelantó y eligió Campania. De todos modos, mis tierras y mis amistades están en Etruria y no al sur de Roma. Yo allí puedo moverme bien porque tengo muchos conocidos.
– Y eso es lo que me inquieta, Lépido. Sospecho que Filipo lo desvirtuará cuanto pueda y seguirá sembrando dudas en los demás senadores en cuanto a tus verdaderas intenciones. No me parece conveniente reclutar tropas en una región en la que puede estallar una sublevación.
– ¡Que Filipo haga lo que quiera! -exclamó Lépido desdeñosamente.
Y el Senado le dejó hacer. Al llegar sextilis y activarse notablemente el reclutamiento de tropas, Filipo se impuso como deber mantener vigilado a Lépido mediante una asombrosa red de eficaces agentes. No perdió el tiempo en observar lo que hacía Catulo en Campania; sus legiones se completaban rápidamente con antiguos partidarios de Sila, hastiados de la paz y la agricultura, y dispuestos a emprender otra campaña que no les alejara mucho de sus hogares. La dificultad era que los que se alistaban en Etruria no eran excombatientes de Sila, sino jóvenes de la región sin experiencia o veteranos que habían combatido con Carbón y sus generales, y que no se hallaban encuadrados en las unidades al producirse la rendición. La mayoría de los veteranos de Sila asentados en Etruria optaron por quedarse en sus parcelas para defenderlas o por marchar a Campania a alistarse en las legiones de Catulo.
Durante el mes de septiembre, Filipo no dejó de bramar en la cámara mientras Catulo y Lépido, ya reclutadas las fuerzas, se dedicaban a adiestrarlas y perfeccionarlas. Luego, nada más comenzar octubre, Filipo logró que el Senado exigiera a Lépido regresar a Roma para celebrar las elecciones curules. El requerimiento le llegó a Lépido en el campamento en las afueras de Saturnia, y él envió su respuesta por el mismo correo.