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Favoritos De La Fortuna

Электронная книга - «Favoritos De La Fortuna». Краткое содержание книги:

Argumento: Desde el año 83 al 69 antes de Cristo, los principales acontecimientos de la historia de la antigua Roma en un fascinante mosaico novelesco que respeta escrupulosamente la verdad de los hechos, aunque narrándolos con la amenidad de la mejor de las novelas. En el relato aparecen numerosos personajes, pero el que tiene mayor protagonismo es un Julio César adolescente que consigue desembarazarse de sus obligaciones sacerdotales para demostrar a todos su extraordinaria inteligencia y su valor, que harán de él en el futuro un héroe celebérrimo de la historia romana. Las costumbres de la época, las estrategias bélicas, las intrigas políticas, los usos amatorios, etc., adquieren también gran importancia en esta novela, que constituye la tercera parte del gran ciclo de Colleen McCullough.
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La sesión estaba a punto de concluir cuando Lucio Marcio Filipo se puso en pie y pidió la palabra, y Lépido, que tenía los fasces durante el mes de julio, cometió el grave error de concedérsela.

– ¡Mis queridos colegas senadores -dijo Filipo con voz estentórea-, os ruego que no pongáis un ejército en manos de Marco Emilio Lépido! No lo solicito. No lo pido. ¡Lo suplico! Pues me parece evidente que nuestro primer cónsul prepara la revolución… la ha estado preparando desde su acceso al cargo. Hasta que nuestro llorado dictador murió no hizo ni dijo nada, pero en cuanto murió se puso manos a la obra. ¡Se negó a acreditar el voto del Senado para que el Estado cargara con los gastos del funeral de Sila! ¡Cierto que perdió, y yo nunca pensé que pudiera sanar! Y se valió del debate a propósito del funeral para dar a entender a sus partidarios que iba a legislar una política de traición. ¡Y una política de traición procedió a legislar! ¡Propuso que se devolviese la tierra confiscada a personas que habían merecido esa confiscación! ¡Y luego, ante la indecisión de la cámara, buscó la adulación de hasta la segunda clase mediante un recurso usado por todos los demagogos, desde Cayo Graco hasta su propio suegro Saturnino, legislando la venta de trigo barato por el Estado! ¡Roma no había de votar fondos para honrar los despojos de su más grande prócer, eso no! ¡Pero sí debía gastar muchos más fondos públicos para favorecer a los inútiles proletarii, claro que sí!

Lépido no fue el único sorprendido por este ataque; toda la cámara escuchaba estupefacta sin moverse. Y Filipo prosiguió:

– Bien, senadores, ¿y queréis darle el mando de cuatro legiones y enviarle a Etruria? ¡Pues yo no os lo consiento! Primero, porque las elecciones curules tienen que celebrarse en breve, y a él le ha tocado organizarlas y, por consiguiente, ¡debe quedarse en Roma para cumplir con su deber y no ir corriendo a levantar un ejército! Os recuerdo que estamos a punto de celebrar las primeras elecciones libres desde hace años, y que es imperativo celebrarlas en su fecha y legalmente. Quinto Lutacio Catulo es perfectamente capaz de reclutar las tropas y hacer la guerra contra Faesulae y las comunidades de Etruria que decidan secundarla. Va en contra de las leyes de Sila que los dos cónsules se ausenten de Roma para hacer la guerra. Pues fue precisamente para prever tal eventualidad que nuestro querido dictador añadió esa cláusula del mando de nombramiento especial. Disponemos de los medios constitucionales para asignar el mando en las guerras al hombre más competente, aunque no sea miembro del Senado. ¡Y vosotros vais a conceder un mando importante a quien no tiene una aceptable hoja de servicios bélicos! Quinto Lutacio tiene experiencia y sabemos que es competente en cuestiones militares, mientras que Marco Emilio Lépido… ¡No sabe nada ni tiene experiencia! Y además, insisto en que es un revolucionario en potencia. ¡No podéis darle legiones y enviarle a hacer la guerra en una región a la que, como han indicado sus propias palabras, tiene interés traicionero en favorecer en contra de Roma!

Lépido había escuchado con la boca abierta las primeras frases del discurso, pero luego, con súbita decisión, se volvió hacia el funcionario y le arrebató la tablilla de cera y el estilo, y durante el resto de la diatriba de Filipo fue tomando notas. Y ahora se ponía en pie con la tablilla al alcance de la mano.

– ¿Qué te impulsa a decir semejantes cosas, Filipo? -inquirió, sin decir el nombre entero de su adversario como hubiera sido lo cortés-. Confieso que se me escapa el motivo, pero debes de tener uno, de eso estoy seguro. ¡Cuando el gran tergiversador se pone en pie en esta cámara para pronunciar tan elocuente discurso, tened la seguridad de que hay gato encerrado! ¡Alguien le está pagando para que se cambie de toga! ¡Qué rico se ha vuelto… qué gordo, qué feliz! ¡Cuán engolfado en el lodo de la voluptuosidad! ¡Y siempre al servicio de alguien que necesita una boca senatorial!

Alzó levemente la tablilla de cera y miró con firmeza por encima de ella a los silenciosos senadores. Dirigió la vista a Catulo y advirtió que también él estaba estupefacto por la intervención de Filipo. El que estaba detrás de aquel discurso no era Catulo ni ninguno de su facción.

– Rebatiré los puntos de Filipo uno por uno, padres conscriptos. Uno, mi pasividad antes de la muerte del dictador. ¡No es cierto! ¡Y todos lo sabéis! ¡Haced memoria!

»Dos, la votación de fondos públicos para subvenir a los gastos del funeral del dictador. Sí, me opuse. Igual que muchos otros. ¿Y por qué no? ¿Es que no se puede tener opinión?

»En cuanto al tercero, el que mi oposición fuese una señal para que mis… partidarios -¿es que tengo alguno?- supieran que iba a deshacer todo lo que había hecho Lucio Cornelio Sila, ¡qué absurdo! Lo único que he intentado es aplicar dos leyes y al mismo tiempo con eficacia. Pero no he dado a entender en lo más mínimo a nadie que pretenda destruir toda la labor legislativa de Sila. ¿Me habéis oído criticar el nuevo sistema judicial? ¿O el nuevo reglamento del servicio estatal? ¿O del Senado? ¿Del proceso electoral? ¿Las nuevas leyes de traición que limitan los abusos de los gobernadores de provincias? ¿La función restringida de las asambleas? ¿O la severa limitación de la función de tribunado de la plebe? ¡No, padres conscriptos, no me habréis oído! ¡Porque no pienso entorpecer tales disposiciones!

La última frase la vociferó de tal modo que causó el sobresalto de no pocos. Hizo una pausa para que se serenaran y continuó.

– Cuatro, la alegación de que mi ley para devolver algunas tierras confiscadas -¡algunas, no todas!- a sus propietarios es traición. Eso es igualmente absurdo. Mi lex Aemilia Lep ida no dice que todas las tierras confiscadas de ciudades o distritos convictos de lesa traición deban devolverse. Sólo afecta a las tierras de localidades cuya participación en la guerra contra Carbón fue involuntaria.

Lépido bajó la voz para obtener un tono emotivo.

– ¡Senadores, os ruego que penséis por un momento! Si queremos ver una Italia romana auténticamente unida, debemos dejar de aplicar los tradicionales castigos que imponíamos a los aliados itálicos, a hombres que, según la ley, son ahora tan romanos como nosotros. Si Lucio Cornelio en algo se equivocó fue en eso. Tal vez fuese comprensible en un hombre de su edad, pero es imperdonable que la mayoría de nosotros, que tenemos como poco veinte años menos que él, pensemos en los mismos términos. Os recuerdo que Filipo también es viejo y tiene los prejuicios anticuados propios de su edad. Cuando era censor mostró flagrantemente sus prejuicios negándose a hacer lo que Sila llevó a la práctica: distribuir a todos los ciudadanos romanos en las treinta y cinco tribus.

Comenzaba a hacer mella en ellos, porque efectivamente la cámara era mucho más joven que diez años atrás. Y, ya más animado, continuó.

– Cinco, mi ley del trigo. Con ella también se corrige un error manifiesto. Creo que si Lucio Cornelio hubiese seguido más tiempo de dictador, él mismo lo habría advertido y habría hecho lo mismo: legislar para que las clases bajas volvieran a tener trigo barato. Los comerciantes fueron codiciosos. ¡Nadie puede negarlo! Y efectivamente esta cámara vio con acierto el buen sentido de mi ley frumentaria, pues la aprobasteis, evitando así el riesgo de que en la próxima cosecha estallen disturbios y haya violencia en Roma. ¡Porque no se puede privar a la gente del común de un privilegio que es tan antiguo que lo consideran un derecho!

»Sexto, mi función como cónsul elegido para organizar las elecciones curules. Sí, me tocó en suerte, y, de acuerdo con la nueva constitución, ello significa que sólo yo puedo presidir las elecciones curules. Pero, padres conscriptos, ¡no fui yo quien pidió el mando de las cuatro legiones para sofocar la rebelión de Faesulae! ¡Se me asignó! ¡Por libre voluntad vuestra! ¡Sin que yo lo solicitara! ¡Vosotros no pensásteis -ni a mí se me ocurrió pensar- que un asunto como el de las elecciones curules tuviese prioridad respecto a una sublevación en Italia! Confieso que yo di por sentado que era prioritario sofocar la rebelión, y luego celebrar las elecciones curules. Hay tiempo de sobra para hacerlo antes de que termine el año; no estamos más que al principio de quintilis.

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