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Los Portales de Piedra

Электронная книга - «Los Portales de Piedra». Краткое содержание книги:

Los sellos de Shayol Ghul se han debilitado y la presencia del Oscuro se hace cada vez más evidente.En Tar Valon, Min es testigo de hechos portentosos que vaticinan un horrible futuro. Los Capas Blancas buscan en Dos Ríos a un hombre con los ojos dorados y siguen el rastro de Dragón Renacido. Mientras tanto, Rand al’Thor se dedica a tomar sus propias y sorprendentes decisiones.
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Perrin agarró los brazos de la joven con intención de apartarla, pero, por alguna razón, sus manos se aferraron hasta que aquel contacto fue lo único que lo sostuvo. Fue entonces cuando se dio cuenta de que estaba llorando, sollozando contra sus senos como un niño. ¿Qué iba a pensar de él? Abrió la boca para decirle que se encontraba bien, para pedir disculpas por venirse abajo, pero lo único que consiguió articular fue:

—No pude llegar aquí antes. No pude… Yo… —Apretó los dientes y enmudeció.

—Lo sé —musitó Faile, que le acariciaba la cabeza como si fuera una criatura—. Lo sé.

Perrin quería contener el llanto, pero cuanto más lo consolaba ella, más desgarradores se hacían sus sollozos, como si sus amorosas manos propiciaran el afluir de las lágrimas.

30

Al pie del roble

Perrin no habría sabido decir cuánto tiempo estuvo llorando con la cabeza recostada contra el pecho de Faile. Por su mente pasaban imágenes de su familia como fugaces destellos: su padre sonriendo mientras le enseñaba cómo sostener un arco; su madre cantando a la par que hilaba lana; Adora y Deselle tomándole el pelo la primera vez que se afeitó; Petram mirando con los ojos grandes como platos a un juglar durante un Día Solar, mucho tiempo atrás. Imágenes de una hilera de tumbas frías y solitarias. Sollozó hasta que ya no le quedaron lágrimas. Cuando finalmente se retiró de Faile, vio que estaban ellos dos solos a excepción de Mirto, que se acicalaba con la lengua, en lo alto de un barril. Se alegró de que los demás se hubieran marchado y no lo hubieran visto en un estado tan lamentable. Bastante bochorno era para él la presencia de Faile, aunque, en cierto modo, se alegraba de que la joven se hubiera quedado; pero habría querido que no hubiera visto ni oído.

Faile tomó sus manos entre las de ella y se sentó en la silla de al lado. Era tan hermosa, con aquellos ojos ligeramente rasgados, grandes y oscuros, y los altos pómulos. No sabía si podría conseguir hacer las paces con ella después del modo en que la había tratado durante los últimos días. Sin duda Faile encontraría el medio de hacérselo pagar.

—¿Has renunciado a esa idea de rendirte a los Capas Blancas? —le preguntó la muchacha. En su voz no había el menor indicio que denotara que acababa de verlo llorar como un chiquillo.

—Me temo que no serviría de mucho. Haga lo que haga, no cejarán en dar caza al padre de Rand y al de Mat. Mi familia… —Se apresuró a soltar sus manos de las de ella, pero Faile le sonrió en lugar de poner mala cara—. Si me es posible, tengo que liberar a maese Luhhan y a su esposa. Y también a la madre y las hermanas de Mat. Le prometí que cuidaría de ellas. Además, haré lo que esté en mi mano respecto a los trollocs. —Quizás el tal lord Luc tenía alguna buena idea. Al menos la puerta a los Atajos estaba clausurada, así que no vendrían más por ese camino. Por encima de todo, deseaba hacer algo contra esos monstruos—. Pero no me será posible llevar a cabo nada de eso si dejo que me cuelguen.

—Me alegro de que te des cuenta de ello —le dijo secamente—. ¿Alguna otra idea estúpida sobre alejarme de ti?

—No. —Se preparó para capear la tormenta que se avecinaba, pero Faile asintió como si aquella escueta negación fuera todo cuanto esperaba y deseaba. Era una pequeña concesión, nada por lo que mereciera la pena discutir. Se lo haría pagar con creces.

—Somos cinco, Perrin. Seis, si Loial se muestra dispuesto. Y si encontramos a Tam al’Thor y a Abell Cauthon… ¿Son tan diestros con el arco como tú?

—Más. —Tal cosa era verídica—. Mucho más.

La joven asintió ligeramente, con incredulidad.

—Con ellos somos ocho. Bueno, es un principio. A lo mejor hay otros que se nos unan. Y no olvidemos a lord Luc. Seguramente querrá ponerse al mando, pero si no es un mentecato no importará. Sin embargo, no todos los que prestan el juramento del cazador son sensatos. He conocido a algunos que creen saberlo todo, aparte de ser testarudos como mulas.

—Lo sé —dijo Perrin, y ella le asestó una mirada penetrante. Se las ingenió para contener la sonrisa—. Me refiero a que conozco a gente de esa clase. En una ocasión vi un par de tipos así, ¿recuerdas?

—Ah, aquéllos. En fin, esperemos que lord Luc no sea un embustero presuntuoso. —Sus ojos lo observaron intensamente y apretó con fuerza sus manos entre las suyas, no dolorosamente, sino como si intentara transmitirle su fortaleza—. Imagino que querrás visitar la granja de tu familia, tu casa. Te acompañaré, si me lo permites.

—Cuando me sienta capaz, Faile. —Pero no en este momento. Todavía no. Si veía esas tumbas bajo los manzanos ahora… Qué extraño. Siempre había dado por hecho que era fuerte y ahora resultaba que no lo era en absoluto. Bueno, lo de llorar como un niño se había terminado, y era hora de ponerse a hacer algo—. Lo primero es lo primero e imagino que encontrar a Tam y Abell es prioritario.

Maese al’Vere se asomó a la sala y, al ver que estaban sentados y charlando, entró.

—Hay un Ogier en la cocina —le dijo a Perrin con una expresión desconcertada—. Un Ogier. Está bebiendo té, y la taza más grande que tenemos en sus manos parece… —Puso el pulgar y el índice como si sostuviera un dedal—. Marin podrá fingir que en esta posada entran Aiel a diario, pero casi se desmayó cuando vio al tal Loial. Le preparé una doble ración de brandy que tragó como si fuera agua y le entró una tos que casi se ahoga. Generalmente, Marin sólo bebe vino, pero me parece que se habría tomado otra copa si se la hubiera dado. —Frunció los labios y simuló interesarse en una mancha inexistente en el largo delantal blanco—. ¿Te encuentras bien ya, muchacho?

—Estoy bien, señor —se apresuró a tranquilizarlo Perrin—. Maese al’Vere, no podemos seguir aquí mucho más rato. Alguien podría ir con el cuento a los Capas Blancas de que me habéis dado asilo.

—Oh, no hay muchos que harían algo así. No todos los Coplin y ni siquiera algunos de los Congar.

A pesar de su comentario, no le pidió que se quedaran.

—¿Sabéis dónde podría encontrar a maese al’Thor y a maese Cauthon?

—Normalmente, en el Bosque del Oeste —respondió lentamente Bran—. Es lo único que sé con seguridad. —Entrelazó las manos sobre el orondo vientre y ladeó la cabeza—. No vas a marcharte, ¿verdad? Bien. Le he dicho a Marin que no lo harías, pero no quiere creerme. Piensa que lo mejor es que te vayas. Lo mejor para ti, se entiende. Y, como la mayoría de las mujeres, está convencida de que si habla contigo el tiempo suficiente acabará por convencerte para que veas las cosas a su modo.

—Vaya, maese al’Vere —intervino Faile con voz dulce—, en lo que a mí respecta, opino que los hombres son seres sensatos que sólo necesitan que se les muestre una sola vez el camino más razonable para que escojan seguirlo.

El alcalde le dedicó una sonrisa divertida.

—Colijo, entonces, que aconsejarás a Perrin que se vaya. Marin tiene razón. Es lo más sensato que puede hacer si quiere evitar la horca. La única razón para quedarse es que hay ocasiones en las que un hombre no puede huir, ¿no? Bien, sin duda debes saber lo que es mejor para él. —Hizo caso omiso de la mirada agria de la joven—. Vamos, muchacho, informemos a Marin de la buena noticia. Aprieta los dientes y contén tus sentimientos, porque no renunciará a intentar hacerte cambiar de opinión.

En la cocina, Loial y los Aiel estaban sentados en el suelo, cruzados de piernas. Desde luego, en la posada no había una silla lo bastante grande para el Ogier, que estaba sentado con un brazo apoyado en la mesa y todavía era lo bastante alto para mirar cara a cara a Marin al’Vere. Bran había exagerado con lo del tamaño de la taza en manos de Loial, aunque, al mirar con más detenimiento, Perrin observó que lo que sostenía entre sus dedos era un cuenco de sopa de loza blanca.

La señora al’Vere continuaba esforzándose en aparentar que la presencia de Aiel y Ogier era algo normal e iba afanosa de un lado para otro llevando una bandeja con pan, queso y encurtidos, asegurándose de que todos comieran, pero sus ojos se abrían de par en par cada vez que se posaban en Loial a pesar de que el Ogier procuraba tranquilizarla con cumplidos sobre la comida. Sus copetudas orejas se agitaban con nerviosismo cada vez que la mujer lo miraba, y ella daba un brinco cuando las veía moverse y luego sacudía la cabeza de modo que la gruesa trenza canosa se mecía enérgicamente. De disponer de unas cuantas horas juntos, los dos habrían acabado enviando a la cama al otro presa de un ataque de nervios.

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