Los Portales de Piedra
- Автор: Джордан Роберт
- Серия: La Rueda del Tiempo #4
- Год: 2005
- Язык: испанский
- Переводчик: Mila Lopez Diaz-Guerra
- Жанр: Эпическое фэнтези
Электронная книга - «Los Portales de Piedra». Краткое содержание книги:
Loial soltó un retumbante suspiro de alivio al ver entrar a Perrin en la cocina y dejó la taza —el cuenco— sobre la mesa, pero al instante su ancho rostro adoptó una expresión cariacontecida.
—Lamento tu pérdida, Perrin, y comparto tu pena. La señora al’Vere… —Sus orejas se agitaron frenéticamente aun sin mirar a la mujer, quien, por su parte, dio otro brinco—. La señora al’Vere me ha estado contando que te marcharás ahora que no hay nada que te retenga aquí. Si lo deseas, cantaré a los manzanos antes de irnos.
Bran y Marin intercambiaron una mirada sobresaltada, y de hecho el alcalde se metió un dedo en el oído y hurgó en él como si se le hubiera metido un insecto.
—Gracias, Loial, me encantará que lo hagas, pero cuando haya tiempo. Ahora mismo tengo mucho que hacer antes de irme. —La señora al’Vere soltó bruscamente la bandeja sobre la mesa y lo miró de hito en hito, pero el joven continuó exponiendo sus planes por orden: encontrar a Tam y a Abell y rescatar a las personas que los Capas Blancas tenían arrestadas. No mencionó a los trollocs, aunque también abrigaba algunos planes imprecisos para ellos. O tal vez no tan imprecisos. No estaba dispuesto a marcharse mientras quedara un trolloc o un Myrddraal vivo en Dos Ríos. Metió los pulgares en el cinturón para contener el gesto instintivo de acariciar el hacha—. No será fácil —concluyó—. Agradecería tu ayuda, Loial, pero si quieres marcharte lo comprenderé. Ésta no es tu lucha y ya te has visto envuelto en suficientes problemas por estar cerca de gente de Campo de Emond. No adelantarás mucho con tu libro aquí.
—Aquí o allí, la lucha es la misma, a mi entender —contestó el Ogier—. Además, el libro puede esperar. Tal vez haga un capítulo sobre ti.
—Te dije que iría contigo —intervino Gaul sin que le preguntara—, y no era con intención de dejarlo cuando las cosas se pusieran difíciles. Tengo una deuda de sangre contigo.
Bain y Chiad dirigieron una mirada interrogante a Faile y, cuando ésta asintió, también anunciaron su intención de quedarse.
—Sois una pandilla de estúpidos cabezotas —dijo la señora al’Vere—. Seguramente acabaréis todos en la horca, si es que vivís lo suficiente; lo sabéis, ¿no? —Cuando el grupo se limitó a mirarla sin responder, Marin se desató el delantal y se lo sacó por la cabeza—. Bien, si sois tan necios como para quedaros, más vale que os enseñe dónde podéis esconderos.
Su marido la miró sorprendido por su repentina capitulación, pero se recobró rápidamente.
—Se me ocurre que quizás el mejor sitio sería la antigua casa de enfermos, Marin. Ahora nadie va allí y creo que todavía conserva la mayor parte del tejado.
Lo que todavía se llamaba la nueva casa de enfermos, adonde se llevaba a las personas para ser atendidas si su enfermedad era contagiosa, se alzaba al este de la aldea, detrás del molino de maese Thane, desde que Perrin era un niño. La antigua, en el Bosque del Oeste, había sido destruida casi por completo durante una violenta tormenta por aquel entonces. Perrin recordaba el edificio medio cubierto por enredaderas y zarzas, con los pájaros anidando en lo que quedaba del techo de bálago y la madriguera de un tejón debajo de la escalera posterior. Sería un buen sitio para esconderse.
La señora al’Vere asestó a Bran una mirada intensa, como si la sorprendiera que hubiera pensado en ello.
—Servirá, supongo. Al menos, por esta noche. Los llevaré allí.
—No es preciso que vayas tú, Marin. Yo puedo hacerlo si es que Perrin no recuerda el camino.
—A veces olvidas que eres el alcalde, Bran. La gente está pendiente de ti y se pregunta adónde vas y qué te traes entre manos. ¿Por qué no te quedas y si alguien se deja caer por aquí te ocupas de que se vaya pensando que no ha pasado nada fuera de lo normal? En el horno hay guisado de cordero y sopa de lentejas que sólo hay que calentar. Y no menciones a nadie la casa de enfermos, Bran. Lo mejor es que nadie se acuerde de su existencia.
—No soy idiota, Marin —replicó su marido con aire ofendido.
—Lo sé, querido. —Le dio unas palmaditas en la mejilla, pero su cariñosa actitud se tornó tensa cuando su mirada fue de Bran a los demás—. Va a ser un problema evitar que se fijen en vosotros —rezongó antes de ponerse a impartir instrucciones.
Tenían que salir en grupos pequeños para no llamar la atención. Cruzaría el pueblo sola y se reuniría con ellos en el bosque, al otro lado de la aldea. Los Aiel le aseguraron que podrían encontrar el roble hendido por un rayo que les describió y se escabulleron, sigilosos, por la puerta trasera. Perrin sabía qué árbol era, uno grande que había a kilómetro y medio del pueblo y que a pesar de que parecía que lo habían partido por la mitad con un hacha seguía vivo e incluso reverdeciendo. Estaba seguro de que sabría llegar hasta la casa de enfermos sin problemas, pero la señora al’Vere insistió en que todo el mundo se reuniera junto al roble.
—Si vas por ahí solo, Perrin, sólo la Luz sabe con lo que puedes tropezar. —Alzó los ojos hacia el Ogier, que al estar de pie ahora rozaba las vigas del techo con la cabeza, y suspiró—. Ojalá pudiéramos hacer algo con vuestra altura, maese Loial. Sé que hace calor, pero ¿no os importaría poneros la capa con la capucha echada? Incluso en estos tiempos la mayoría de la gente no tarda en convencerse de que no han visto lo que han visto si no es lo que esperan, pero si vislumbran vuestro rostro… No quiero decir con eso que no seáis muy apuesto, todo lo contrario, pero jamás pasaríais por un habitante de Dos Ríos.
La amplia sonrisa de Loial dividió en dos su semblante bajo la ancha nariz hocicuda.
—No es un día muy caluroso para llevar capa, señora al’Vere.
Marin cogió un chal ligero de punto con flecos azules y acompañó a Perrin, Faile y Loial al establo para verlos marchar y, por un momento, habríase dicho que todos sus esfuerzos por mantener en secreto su presencia se irían al traste. Cenn Buie, con su aspecto seco y retorcido como el de una raíz, estaba examinando los caballos, sobre todo el de Loial, tan grande como los dhurranos de Bran. Cenn se rascó la cabeza mientras contemplaba fijamente la enorme silla de montar.
Sus negros ojillos se abrieron como platos al ver a Loial y se quedó boquiabierto.
—¡Tr… tr… trollocs! —consiguió mascullar finalmente.
—No seas necio, Cenn Buie —lo increpó Marin, que se apartó un paso para atraer sobre sí la atención del viejo. Perrin mantuvo gacha la cabeza, como si examinara su arco, y no se movió—. ¿Acaso iba a estar tan tranquila en el patio de mi casa si hubiera trollocs? —Resopló con indignación—. Maese Loial es un Ogier, como sabrías si no fueras un viejo quisquilloso que no para de protestar por todo en lugar de mirar lo que tiene delante de las narices. Va de paso y no puede perder tiempo con tipos como tú. Más vale que te ocupes de tus asuntos y deja en paz a nuestros huéspedes. Sabes muy bien que Corin Ayellan lleva meses detrás de ti por el mal trabajo que hiciste con su techo.
Cenn articuló la palabra «Ogier» en silencio, pestañeando. Por un momento dio la impresión de que iba a defender su buen hacer como techador, pero entonces su mirada se volvió hacia Perrin y estrechó los ojos.
—¡Él! ¡Es él! Están buscándote, granuja, vagabundo, que huiste con una Aes Sedai y te has convertido en un Amigo Siniestro. Fue entonces cuando vinieron los trollocs por primera vez, y ahora has vuelto y ellos también. ¿Vas a decirme que es sólo una coincidencia? ¿Qué te pasa en los ojos? ¿Estás enfermo? Sí, debes de haber contraído alguna mala enfermedad de esas tierras lejanas y has vuelto para contagiarnos a todos, como si con lo de los trollocs no fuera suficiente. Los Hijos de la Luz te darán tu merecido, ya lo verás.