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El camino de dagas

Электронная книга - «El camino de dagas». Краткое содержание книги:

Mientras Elayne y Nynaeve tratan de hacer funcionar el Cuenco de los Vientos, Perrin se dirige a Ghealdan para que la reina Alliandre respalde públicamente al Dragón Renacido. Rand continúa en Illian, intentando pacificar el país.
El tan deseado cambio climático, propiciado por el Cuenco de los Vientos, provoca bruscos cambios de temperatura que dificultan el desplazamiento de tropas.
Rand decide hacer frente a los seanchan en las costas de Ilian para frenar el avance del ejército invasor, pero además de al enemigo también tendrá que enfrentarse a la traición.
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Cuando las cosas estaban serias, su lenguaje era todo lo correcto que cualquier Maestra de Novicias podría desear. Le tendió la Vara a Talene. La mujer rubia retrocedió como haría ante una serpiente venenosa.

—Incluso sugerir algo así es injurioso. ¡Peor que injurioso! —Algo salvaje asomaba en sus ojos. Una idea irracional, quizá, pero eso fue lo que Seaine vio—. Quitaos de en medio y dejadme paso —demandó con toda la autoridad de una Asentada en la voz—. ¡Me marcho!

—Creo que no —dijo sin alterarse Pevara, y Yukiri asintió lentamente, de acuerdo con ella. Saerin no acarició el puño de su cuchillo; lo aferró tan fuerte que los nudillos se le pusieron blancos.

Cabalgando a través del profundo manto de nieve que cubría todo Andor, avanzando a trancas y barrancas por él, Toveine Gazal maldijo el día que nació. Baja y ligeramente regordeta, con una tersa piel cobriza y largo y lustroso cabello, a muchos les había parecido bonita a lo largo de los años, pero nadie la había llamado hermosa. Ahora, desde luego, ninguno lo haría. Sus ojos, que antes fueron francos, ahora traspasaban aquello sobre lo que se posaban. Eso cuando no estaba furiosa. Y ese día lo estaba. Cuando Toveine se sentía furiosa, hasta las serpientes huían.

Otras cuatro Rojas cabalgaban —avanzaban a trancas y barrancas— detrás de ella, y a continuación veinte soldados de la Guardia de la Torre, con chaquetas y capas oscuras. A los hombres no les hacía gracia que sus armaduras viajaran empaquetadas en los animales de carga, y vigilaban el bosque que flanqueaba la calzada como si esperasen un ataque en cualquier momento. ¿Cómo esperaban cruzar quinientos kilómetros de territorio andoreño sin llamar la atención llevando chaquetas y capas con la Llama de Tar Valon destacando llamativamente en la tela? Sin embargo, el viaje casi había llegado a su fin. Al cabo de un día, tal vez dos, con una capa de nieve en las calzadas que les llegaba hasta las rodillas a los caballos, se reuniría con otros nueve grupos iguales al suyo. Por desgracia, no todas las hermanas que había en ellos eran Rojas, pero eso no le preocupaba demasiado. Toveine Gazal, antaño una Asentada de las Rojas, entraría en la historia como la mujer que había destruido la Torre Negra.

Estaba segura de que Elaida pensaba que agradecía la oportunidad concedida, haciéndola volver del exilio y el oprobio, para redimirse. Esbozó una mueca burlona, y si un lobo hubiese estado observando bajo la profunda capucha de su capa, seguramente habría aullado despavorido. Lo que había hecho hacía veinte años era necesario, y la Luz abrasara a todas las que murmuraban que el Ajah Negro tenía que haber estado involucrado en ello. Había sido necesario y justo, pero a Toveine Gazal la habían expulsado de su asiento en la Antecámara, la habían hecho aullar pidiendo clemencia bajo la vara, con todas las hermanas reunidas para presenciar el castigo, e incluso las novicias y las Aceptadas habían sido testigos de que también las Asentadas estaban sometidas a la ley, aunque no se les dijo a qué ley. Y después la habían enviado a las Colinas Negras, a trabajar los últimos veinte años a la granja aislada de la señora Jara Espigo, una mujer que no consideraba distinta a una Aes Sedai cumpliendo castigo en exilio de cualquier otro jornalero trabajando bajo el sol o la nieve. Las manos de Toveine se movieron sobre las riendas; podía sentir las callosidades de las palmas. La señora Espigo —ni siquiera ahora podía pensar en esa mujer sin anteponer al nombre el tratamiento que había exigido recibir— creía en el trabajo duro. ¡Y una disciplina tan estricta como la que una novicia debía afrontar! No tenía compasión con quien trataba de eludir el trabajo agotador que ella misma compartía, y aún menos con una mujer que se hubiera escabullido para consolarse con un chico guapo. Ésa había sido la vida que Toveine había llevado las últimas dos décadas. Entretanto, Elaida se había escabullido sin que la pillaran, de rositas, y había maniobrado para llegar a la Sede Amyrlin, algo con lo que Toveine había soñado para sí misma. No, no se sentía agradecida. Pero había aprendido a esperar su oportunidad.

De repente, un hombre alto, de cabello oscuro y largo hasta los hombros, vestido con chaqueta negra, salió del bosque en un caballo a la calzada, levantando rociadas de nieve.

—No tiene sentido presentar resistencia —anunció firmemente a la par que levantaba una mano enguantada—. Rendíos pacíficamente y ninguno de vosotros saldrá herido.

Ni su aspecto ni sus palabras fueron el motivo de que Toveine sofrenara su montura, dejando que las demás hermanas se reunieran con ella.

—Cogedlo —ordenó tranquilamente—. Será mejor que os vinculéis. A mí me ha escudado.

Al parecer, uno de esos Asha’man había salido a su encuentro. Qué amable de su parte. De pronto cayó en la cuenta de que no estaba ocurriendo nada y apartó la vista del tipo para mirar ceñuda a Jenare. El rostro cuadrado de la mujer se había quedado muy pálido.

—Toveine —dijo con voz temblorosa—, también yo estoy escudada.

—Y yo —abundó Lemai, sin dar crédito a lo que pasaba.

Las demás repitieron lo mismo, cada vez con un timbre más frenético. Todas escudadas.

Más hombres de chaquetas negras aparecieron entre los árboles, conduciendo lentamente sus caballos, por todos lados. Toveine dejó de contarlos al llegar a quince. Los soldados de la Guardia mascullaban furiosos, esperando la orden de una hermana. Aún no sabían nada salvo que una banda de delincuentes los había asaltado. Toveine chasqueó la lengua, irritada. Todos esos hombres no podían encauzar, desde luego, pero al parecer hasta el último Asha’man que podía hacerlo había salido a su encuentro. No se asustó. A diferencia de algunas hermanas que la acompañaban, no eran los primeros varones que encauzaban a los que se había enfrentado. El hombre alto empezó a acercarse con su caballo hacia ella, sonriente, por lo visto creyendo que habían obedecido su ridícula pretensión.

—A mi orden —dijo en voz baja—, huiremos en distintas direcciones. En cuanto estéis lo bastante apartadas para que el hombre pierda el control del escudo, regresad y ayudad a los soldados. —Los varones que encauzaban creían que tenían que ver sus tejidos para mantenerlos, lo que significaba que debían verlos—. Preparaos. —Entonces gritó—. ¡Guardias, atacadlos!

Con un rugido, los soldados se lanzaron al ataque blandiendo espadas, sin duda con la idea de rodear a las hermanas para protegerlas. Tirando de las riendas hacia la derecha, Toveine clavó talones y se agachó sobre el cuello de Gorrión, pasando entre los estupefactos soldados primero, y luego entre dos jóvenes de chaquetas negras que la miraron boquiabiertos por el asombro. Enseguida se encontró entre los árboles, azuzando su montura para que acelerase más, levantando montones de nieve, sin importarle si el animal se rompía una pata; lo apreciaba, pero ese día habría más muertes que la de un caballo. A su espalda se oían gritos. Y una voz, bramando por encima de la batahola. La del hombre alto.

—¡Cogedlas vivas, por orden del Dragón Renacido! ¡Haced daño a una Aes Sedai y tendréis que responder por ello ante mí!

Por orden del Dragón Renacido. Por primera vez, Toveine sintió el miedo atenazándole las entrañas como unas garras de hielo. El Dragón Renacido. Azotó el cuello de Gorrión con las riendas. ¡Todavía la rodeaba el escudo! ¡Indudablemente había suficientes árboles entre los hombres y ella para tapar el radio de visión del condenado individuo! ¡Oh, Luz, el Dragón Renacido!

Soltó un gruñido cuando algo le golpeó el estómago, una rama que no era tal y que la desmontó de la silla. Se quedó colgada allí, viendo a Gorrión alejándose al galope, todo lo rápido que le permitía el profundo manto de nieve. Se quedó colgada. En el aire, con los brazos pegados y sujetos contra el cuerpo y los pies a un metro o más del suelo. Tragó saliva, con esfuerzo. Tenía que ser la parte masculina del Poder lo que la sostenía. Nunca había sentido el saidin. Podía percibir una mínima ancha banda ceñida prietamente en su tronco. Le pareció notar la infección del Oscuro. La sacudió un escalofrío y tuvo que realizar un gran esfuerzo para contener los gritos que pugnaban por salir de su garganta.

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