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Favoritos De La Fortuna

Электронная книга - «Favoritos De La Fortuna». Краткое содержание книги:

Argumento: Desde el año 83 al 69 antes de Cristo, los principales acontecimientos de la historia de la antigua Roma en un fascinante mosaico novelesco que respeta escrupulosamente la verdad de los hechos, aunque narrándolos con la amenidad de la mejor de las novelas. En el relato aparecen numerosos personajes, pero el que tiene mayor protagonismo es un Julio César adolescente que consigue desembarazarse de sus obligaciones sacerdotales para demostrar a todos su extraordinaria inteligencia y su valor, que harán de él en el futuro un héroe celebérrimo de la historia romana. Las costumbres de la época, las estrategias bélicas, las intrigas políticas, los usos amatorios, etc., adquieren también gran importancia en esta novela, que constituye la tercera parte del gran ciclo de Colleen McCullough.
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»Por consiguiente, miembros de esta cámara, os pido que deis a mi lex Aemilia Lepida frumentaria vuestra aprobación y visto bueno, para que pueda pasarla a la asamblea del pueblo para su ratificación. Volveremos a nuestro tradicional método, bien experimentado, por el que el Estado ofrece trigo a la plebe al precio fijo de diez sestercios el modius. En años de abundancia, el Estado obtiene aún un buen beneficio con ese precio, y como los años de abundancia son más numerosos que los de escasez, el Estado a la larga no sufre perjuicio económico.

De nuevo el segundo cónsul Catulo se opuso a Lépido, pero esta vez consiguió escaso apoyo; tanto Cetego como Filipo estaban inequívocamente a favor de la propuesta de Lépido, que obtuvo el senatus consultum en aquella misma sesión. Ahora tenía las manos libres para promulgar la ley en la asamblea del pueblo, y así lo hizo. Con ello su fama aumentó, y el pueblo le vitoreaba por la calle.

Pero muy distinto fue con su lex agraria relativa a las tierras confiscadas; la reforma se atascó en el Senado y, aunque la sometía sucesivamente a votación en todas las reuniones, no lograba obtener el número de votos necesario para el senatus consultum, y, según la constitución de Sila, no podía transmitirla a una asamblea.

– No pienso ceder -dijo a Bruto en una cena en casa de éste.

Cenaba en casa de Bruto con frecuencia, pues la verdad era que en aquella época no soportaba la soledad de su propia casa. Al iniciarse las proscripciones, él, como la mayoría de los miembros de la clase alta romana, había temido que le alcanzasen por haber permanecido en Roma durante la época de Mario, Cinna y Carbón y por estar casado con la hija de Saturnino, el que había pretendido proclamarse rey de Roma. Había sido la propia Apuleya quien le había instado a divorciarse sin dilación. Tenían tres hijos, y era de suma importancia que la fortuna de la familia quedase intacta para el hijo más pequeño, ya que el mayor había sido adoptado por los Cornelios Escipiones y tenía su carrera asegurada por estar esta familia emparentada con Sila y ser partidaria acérrima del dictador. Escipión Emiliano (homónimo de su famoso antepasado) ya era mayor cuando Apuleya sugirió el divorcio, y Lucio, el segundo, tenía dieciocho años; el más pequeño, Marco, sólo tenía nueve. Aunque quería mucho a Apuleya, Lépido se había divorciado de ella por los hijos, pensando en que cuando pasase el peligro podrían volver a casarse; pero Apuleya no era en vano hija de Saturnino, y, convencida de que su presencia en las vidas de su ex marido y sus hijos siempre constituiría una traba, se había suicidado. Su muerte fue para Lépido un durísimo golpe del que nunca se recuperaría emocionalmente. Por ello, siempre que podía pasar los ratos de ocio en casa de alguien, optaba por la casa de su amigo Bruto.

– ¡Muy bien que haces! No debes ceder -añadió Bruto-. Tu tenaz perseverancia acabará por convencer al Senado; estoy seguro.

– Más vale que los senadores cedan pronto -dijo el tercer comensal, sentado en una silla enfrente del lectus medius.

Los dos hombres miraron a la esposa de Bruto, Servilia, con preocupación atemperada por profundo respeto, ya que siempre decía cosas sensatas.

– ¿Qué quieres decir exactamente? -inquirió Lépido.

– Quiero decir que Catulo se está preparando para la guerra.

– ¿Como te has enterado de eso? -preguntó Bruto.

– Escuchando -respondió ella sin inmutarse, y luego sonrió a su discreto modo-. Esta mañana he ido a visitar a Hortensia, y no en vano es hermana del famoso abogado y, como él, una inveterada habladora. Catulo la adora y habla mucho con ella, y ella habla con cualquiera que sepa tirarle de la lengua.

– Y tú sabes tirarle, claro -dijo Lépido.

– Por supuesto. Pero lo que cuenta es que a mí me interesa tirarle de la lengua, porque casi todas las mujeres hablan de chismorreos y de cosas de mujeres, mientras que a ella de lo que le gusta hablar es de política. Por eso voy a verla con frecuencia.

– Vamos, Servilia, explícanoslo -terció Lépido, que no atinaba a entender lo que decía-. ¿Catulo se está preparando para la guerra? ¿En la Hispania Citerior? Allí ha de marchar el año que viene como gobernador y con un ejército. Así que supongo que no es ilógico que se esté preparando para la guerra, como tú dices.

– Es una guerra que nada tiene que ver con Hispania ni con Sertorio -replicó la esposa de Bruto-. Catulo habla de guerra en Etruria, y, según Hortensia, va a intentar convencer al Senado para que arme más legiones para acabar con el descontento.

Lépido se irguió en el lectus medius.

– ¡Es una locura! -exclamó-. Sólo hay un medio de mantener la paz en Etruria, y es devolviendo a sus habitantes una buena parte de lo que Sila les arrebató.

– ¿Tienes relación con algunos de los dirigentes de Etruria? -preguntó Servilia.

– Por supuesto.

– ¿Los intransigentes o los moderados?

– Con los moderados, me imagino, si por intransigentes entiendes los de localidades como Volaterrae y Faesulae.

– Eso es lo que quiero decir.

– Gracias por decírnoslo, Servilia. Ten la seguridad que no escatimaré esfuerzos por solucionar el asunto de Etruria.

Lépido redobló sus esfuerzos, pero no pudo impedir que Catulo exhortase al Senado a iniciar el reclutamiento de las legiones que juzgaba necesarias para aplastar la sublevación que se tramaba en Etruria. Sin embargo, la oportuna advertencia de Servilia le permitió obtener apoyo entre los pedarii y otros como Cetego; y la cámara acogía con poco entusiasmo las apasionadas diatribas de Catulo.

– De hecho, Quinto Lutacio -dijo Cetego a Catulo-, nos preocupa más la enemistad entre tú y el primer cónsul que las hipotéticas revueltas de Etruria. Nos parece que has adoptado una actitud inflexible de oposición a las propuestas del primer cónsul. Y eso, poco después de que Lucio Cornelio Sila se tomara tanto trabajo en forjar nuevos vínculos de cooperación entre los diversos miembros y facciones del Senado de Roma.

Derrotado, Catulo cedió; pero no por mucho tiempo, como se vería. Los acontecimientos se concatenaron para que su tesis pareciera acertada y quedase descartada toda posibilidad de que Lépido obtuviera el deseado senatus consultum para su ley de devolución de las tierras arrebatadas, pues, a finales de junio, los desposeídos ciudadanos de Faesulae atacaron a las guarniciones romanas de la zona y expulsaron a los ex combatientes de sus asentamientos, matando a los que opusieron resistencia.

La muerte de varios centenares de leales legionarios de Sila no podía caer en saco roto, ni podía consentirse que Faesulae se sublevara impunemente. Era el momento en que el Senado habría debido hallarse ocupado preparando las elecciones de quintilis, pero las elecciones quedaron aplazadas. Se había echado a suertes qué cónsul presidiría las elecciones curules y le tocó a Lépido (era una nueva modalidad de la constitución de Sila), pero fue lo único que se hizo; lo que no aplazó la cámara fue encomendar a los dos cónsules que reclutasen cuatro nuevas legiones cada uno y se encaminasen a Faesulae para aplastar la sublevación.

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