Favoritos De La Fortuna
- Автор: Маккалоу Колин
- Язык: испанский
- Жанр: Историческая проза
Электронная книга - «Favoritos De La Fortuna». Краткое содержание книги:
– Lo comprendo. En cuyo caso, de momento no tienes ninguna misión militar que encomendarme. Los otros motivos para regresar a Italia son personales. Tengo que consumar mi matrimonio e iniciar mi carrera ante los tribunales. El tiempo que estuve de flamen dialis me ha retrasado en la actividad jurídica, y quiero ser cónsul en el año debido. Tengo derecho por nacimiento. Mi padre fue pretor, mi tío cónsul y mi primo Lucio, cónsul. Los Julios vuelven a estar en primera fila.
– Muy bien, Cayo Julio, puedes volver a Italia -contestó Vatia, sensible a los argumentos-. Me complacerá recomendarte al Senado y calificar tus gestiones para la obtención de la escuadra como servicio de campaña.
La muerte de Sila había puesto fin a las amigables relaciones entre los cónsules Lépido y Catulo, una pareja que por su carácter se avenía mal, y con la desaparición del dictador tuvieron sus primeras diferencias: Catulo propuso que se le hiciera al difunto un funeral oficial y Lépido se negó a gastar fondos del erario público para las exequias de quien podía perfectamente costeárselas. Fue Catulo quien ganó la batalla en el Senado, y Sila fue enterrado a expensas del Tesoro.
Pero Lépido contaba con sus partidarios, y a Roma comenzaron a llegar los que se habían visto obligados a huir. Marco Perpena Vento y el hijo de Cinna, Lucio, aparecieron en la ciudad poco después del funeral. El primero se las había ingeniado para eludir la proscripción a pesar de su presencia en Sicilia cuando llegó Pompeyo, probablemente porque no se había opuesto a que éste tomara posesión de la isla y porque, dado el poco dinero que tenía, resultaba poco interesante proscribirle. El joven Cinna, por supuesto, no tenía un sestercio. Ahora que el dictador había muerto, los dos formaban el núcleo de la facción secretamente opuesta a la política y las leyes de Sila, y, naturalmente, optaron por apoyar a Lépido en vez de a Catulo.
Lépido, además de ser primer cónsul, se había ganado fama de haberse opuesto a Sila en el Senado, y se consideraba en excelente posición para paliar la severidad de parte de la legislación de Sila ahora que había muerto, dado que sus partidarios en el Senado eran más que los de Catulo.
– Quiero pasar a la historia como el hombre que reformó las leyes de Sila, haciéndolas más aceptables para todos, sus enemigos incluidos -dijo a su gran amigo Marco Junio Bruto.
La Fortuna les habíá favorecido a los dos. En la última lista de magistrados elegidos por Sila Bruto figuraba como pretor, y cuando los cónsules y pretores asumieron el cargo el día de año nuevo la suerte en la asignación de provincias les había sido favorable a Lépido y a Bruto. A Lépido le había tocado la Galia Transalpina y a Bruto la Galia Cisalpina. La Galia Transalpina había sido hasta hacía poco una provincia consular, pero dos factores habían hecho cambiar la situación: la guerra en Hispania contra Quinto Sertorio (que no iba bien) y el estado de efervescencia entre las tribus galas que comenzaban a sublevarse y amenazaban la ruta por tierra a Hispania.
– Podremos gobernar las dos provincias juntos -dijo Lépido, animado, a Bruto al sacar las suertes-. Yo combatiré a las tribus rebeldes y tú organizas la Galia itálica para enviarme suministros y la ayuda que necesite.
Así, Lépido y Bruto ansiaban que llegase el año en que habían de desempeñar su cargo de gobernadores. Una vez enterrado Sila, Lépido continuó su programa de suavizar las leyes del dictador, mientras que Bruto, presidente del tribunal de violencia, se dedicaba a efectuar enmiendas a las leyes de constitución del mismo dictadas el año anterior por el pretor nombrado por Sila, Cneo Octavio. Con el consentimiento de Sila, Cneo Octavio había legislado para que los que se habían aprovechado de las proscripciones devolvieran los bienes enajenados con violencia, por la fuerza o con intimidación, lo que, naturalmente, implicaba eliminar de las listas de proscripción los nombres de los expoliados. Secundando la medida de Cneo Octavio, Bruto prosiguió su labor con entusiasmo.
En junio, con las cenizas de Sila ya depositadas en la sepultura del Campo de Marte, Lépido anunció a la Cámara que pediría su aprobación de una lex Aemilia Lepida para devolver parte de las tierras que Sila había arrebatado a las ciudades de Etruria y Umbría para entregárselas a sus excombatientes.
– Como bien sabéis, padres conscriptos -dijo Lépido ante un Senado que guardaba riguroso silencio- al norte de Roma existe mucho malestar. En mi opinión -y la de muchos otros- casi todo ese malestar procede de esa obsesión de nuestro lamentado dictador por castigar a la población de Etruria y Umbría despojándola de casi todos los iugerum de tierras comunales. Que esta cámara no siempre estuvo de acuerdo con las medidas del dictador se demostró al oponerse a sus deseos de proscribir a todos los habitantes de Arretium y Volaterrae, y mérito nuestro fue disuadirle de hacerlo, a pesar de que la oposición tuvo lugar cuando él se hallaba en el cenit de su poder. Bien, no penséis que mi nueva ley va en favor de Arretium y Volaterrae. Apoyaron decididamente a Carbón y no pienso exonerarles. No, las poblaciones que me conciernen acogieron casi involuntariamente a las legiones de Carbón. Me refiero a ciudades como Spoletium y Clusium, que en este momento sienten gran rencor contra Roma porque han perdido sus tierras sin haber hecho traición. Fueron víctimas desventuradas de la guerra civil en el camino de un ejército.
Lépido hizo una pausa para mirar las gradas de la Curia Hostilia, no le pareció mal la actitud de los senadores y prosiguió con un poco más de sentimiento en la voz.
– No se trata ni mucho menos de las poblaciones que apoyaron activamente a Carbón; las tierras de esos traidores son más que suficientes para el asentamiento de los soldados de Sila. Hago hincapié en ello. Con escasas excepciones, Italia es totalmente romana y sus habitantes ciudadanos romanos repartidos en las treinta y cinco tribus. Sin embargo, a muchos de los distritos de Etruria y Umbría en particular, se los sigue tratando como antiguos aliados rebeldes, pues desde siempre ha sido costumbre de Roma confiscar las tierras públicas de esos distritos. Pero, ¿cómo puede Roma usurpar las tierras de ciudadanos romanos? ¡Es una contradicción! Y nosotros, padres conscriptos del principal ente gubernamental de Roma, no podemos seguir sancionando eso. Si lo hacemos se producirá otra sublevación en Etruria y Umbría, ¡y Roma no puede sostener otra guerra en la península viéndose tan acosada en el exterior! En este momento tenemos que encontrar dinero para tener catorce legiones en campaña contra Quinto Sertorio, porque ahí primordialmente es donde deben ir a parar nuestros preciosos fondos. Mi ley para devolver las tierras a localidades como Clusium y Tuder servirán para calmar a la población de Etruria y Umbría antes de que sea demasiado tarde.
El Senado escuchó, pese a que Catulo se opuso denodadamente a la medida y fue apoyado por los elementos conservadores partidarios de Sila, como había previsto Lépido.
– ¡Esto es el primer paso hacia el desastre! -exclamó airado Catulo-. ¡Marco Emilio Lépido trata de ir deshaciendo la constitución recién aprobada poco a poco, comenzando por unas medidas que sabe complacerán a la cámara! ¡Pero yo digo que no debe consentirse! ¡Cada una de sus medidas que aprobemos para que vaya a la asamblea del pueblo con un senatus consultum adjunto le hará envalentonarse!
Pero, al ver que ni Cetego ni Filipo tomaban la palabra en apoyo de Catulo, Lépido tuvo la impresión de que iba a ganar. Si, era curioso que no hubiesen apoyado a Catulo; pero bienvenido fuese el regalo. Por lo tanto, propuso otra medida antes de haber obtenido el senatus consultum aprobatorio para la ley de devolución de tierras confiscadas.
– Es deber de esta cámara derogar el veto decretado por nuestro lamentado dictador a que se vendiese trigo público a precio inferior al estipulado por los comerciantes de grano -dijo con firmeza, y con las puertas del Senado abiertas para que le oyeran los que estaban fuera-. ¡Padres conscriptos, soy un hombre decente en mis cabales, no un demagogo! Como primer cónsul que soy, no necesito ganarme a la parte más pobre del pueblo; mi carrera política está en su cenit y no soy ningún advenedizo. Puedo permitirme pagar el precio que determinen los comerciantes de trigo, y tampoco quiero decir que el difunto dictador se equivocase cuando fijó el precio del trigo público con arreglo al que pedían los comerciantes. Lo único que creo es que nuestro llorado dictador no preveía las consecuencias. Porque, ¿qué es lo que en realidad sucede ahora? ¡Que los comerciantes han aumentado el precio porque no existe una política gubernamental que les obligue a mantenerlo! Al fin y al cabo, padres conscriptos, ¿qué comerciante es capaz de resistir la perspectiva de ganar más? ¿Dicta su comportamiento la bondad y la humanidad? ¡Claro que no! Ellos se dedican a hacer negocio para ganar y dar beneficios a sus accionistas, y lo que sucede es que hacen gala de gran falta de visión sin pensar que si aumenta el precio del producto por encima de la capacidad del mercado comienza a desgastarse el principio de la ganancia.