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Favoritos De La Fortuna

Электронная книга - «Favoritos De La Fortuna». Краткое содержание книги:

Argumento: Desde el año 83 al 69 antes de Cristo, los principales acontecimientos de la historia de la antigua Roma en un fascinante mosaico novelesco que respeta escrupulosamente la verdad de los hechos, aunque narrándolos con la amenidad de la mejor de las novelas. En el relato aparecen numerosos personajes, pero el que tiene mayor protagonismo es un Julio César adolescente que consigue desembarazarse de sus obligaciones sacerdotales para demostrar a todos su extraordinaria inteligencia y su valor, que harán de él en el futuro un héroe celebérrimo de la historia romana. Las costumbres de la época, las estrategias bélicas, las intrigas políticas, los usos amatorios, etc., adquieren también gran importancia en esta novela, que constituye la tercera parte del gran ciclo de Colleen McCullough.
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– Igual que tú.

– Todas las mujeres de la corte vamos depiladas, César.

– ¿Los hombres no?

– ¡No, duele bastante!

Él se echó a reír. Se puso la túnica, se ató los zapatos y comenzó el laborioso engorro de hacerse los pliegues de la toga sin ayuda.

– ¡Vamos, mujer, arriba! -dijo alegremente-. Hay que conseguir una escuadra y convencer a tu esposo de que lo único que hemos hecho es contemplar la espuma del mar.

– ¡Ah, él! -exclamó ella, comenzando a vestirse-. Le da igual lo que hayamos hecho. Habrás notado que era virgen.

– Indudablemente.

Sus ojos verde-dorados se iluminaron.

– Creo que de no ser por mis influencias para ayudarte a conseguir la escuadra ni me habrías mirado.

– Tengo que rebatir lo que dices -replicó él muy tranquilo-. En cierta ocasión se me acusó de hacer lo mismo para conseguir otra escuadra, y lo que dije entonces sigue siendo cierto: preferiría atravesarme con mi espada que recurrir a trucos de mujer para conseguir mis fines. Pero tú, encantadora princesa, has sido un regalo de la diosa, que es algo muy distinto.

– ¿No te has ofendido?

– En absoluto, aunque por tu sensibilidad te lo haya parecido. ¿Has heredado el buen sentido de tu padre?

– Quizás él es listo, pero también tonto.

– ¿En qué?

– Por su torpeza en no saber escuchar los consejos que le dan -contestó ella, dando media vuelta para dirigirse a palacio-. César, me alegro mucho de que hayas venido a Pafos. Estaba harta de ser virgen.

– Pues lo eras. ¿Por qué te has unido precisamente a mí?

– Tú eres descendiente de Afrodita, y por lo tanto más que un simple mortal. ¡Yo soy hija de rey y no puedo entregarme a un hombre cualquiera!

– Es un honor para mi.

Las negociaciones de la escuadra se prolongaron bastante sin que César lo lamentase. Cada día, él y la aburrida esposa de Ptolomeo iban de excursión al lugar de nacimiento de Afrodita, y él se bañaba en la esencia de la diosa antes de consumir parte de la suya en la entusiasmada esposa de Ptolomeo. Era evidente que los burócratas alejandrinos sentían mayor respeto por Nisa que por su esposo, cosa que algo debía de tener que ver con el hecho de que el rey Tigranes estaba enfrente de la isla, en Siria. Egipto quedaba lejos y no corría peligro, pero Chipre era otra cosa.

Se despidió de la hija de Mitrídates amigablemente y con una añoranza que le duró bastante. Aparte del placer físico, había descubierto que le gustaba y admiraba su seguridad congénita, su convicción de ser igual a cualquier hombre por ser hija de un gran rey. No es que despreciase a las mujeres romanas, pensó César, pero una romana no era en absoluto igual que un hombre. Antes de dejar Pafos regaló a Nisa un exquisito camafeo con la imagen en relieve de la diosa, a pesar de que le resultó muy onerosa la piedra en que estaba labrado.

Ella, que debió de imaginárselo, se lo agradeció muchísimo y escribió a su hermana mayor en Alejandría:

Supongo que no volveré a verle. No es la clase de hombre que va a cualquier sitio o hace cosas sin un buen propósito, y me refiero a propósitos de hombre. Creo que me ha amado algo, pero eso no le hará volver a Chipre. No existe la mujer que pueda disuadirle de lo que se proponga.

Nunca había conocido a un romano, aunque creo que en Alejandría se ven muchos y tú debes de conocer bastantes. ¿Será distinto porque es romano? ¿O porque es el único? Tal vez tú puedas explicármelo, aunque creo que sé lo que vas a contestarme.

Lo que más me gustó de él es su tenacidad, y su tranquilidad nada fingida. Sí, reconozco que consiguió la flota con mi ayuda. ¡Ya sé que se valió de mí! Pero hay momentos, querida Trifena, en que a una no le importa que la manejen. Me amó un poco. Admiraba mi cuna. Y no hay mujer capaz de resistir a la manera que tiene de reírse.

Ha sido una aventura muy agradable. ¡Cómo le echo de menos! No te preocupes por mi, que he tomado la medicina en cuanto se marchó, por si acaso. Si estuviese casada de hecho y no ficticiamente, a lo mejor no la habría tomado. La sangre de César es más augusta que la de Ptolomeo. Pero en mi desgraciada situación nunca tendré hijos.

Lamento tus dificultades y siento también que no nos hayan educado para entender la situación de Egipto. Aunque no creas que a nuestro padre Mitrídates ni a nuestro tío Tigranes les importasen mucho esas dificultades. Simplemente se valen de nosotras para sus intereses en Egipto, porque tenemos la suficiente sangre ptolomeica para reivindicar nuestros derechos. Lo que no podíamos saber era ese asunto de los sacerdotes egipcios tan influyentes en la gente del pueblo, los de sangre egipcia más que macedonia. Se diría que hay dos Egiptos, la tierra de la Alejandría macedónica y el delta, y la tierra del Nilo.

Yo creo, querida Trifena, que deberías entablar negociaciones con los sacerdotes. A tu esposo Auletes no le gustan los hombres y tienes esperanzas de ser madre. ¡Tienes que darle hijos! Pero no puedes hacerlo según la ley egipcia hasta que no os coronen y unjan, y eso sólo podéis lograrlo si los sacerdotes se avienen a oficiar la ceremonia. Sé que los alejandrinos fingieron ante la embajada de Roma que estabais coronados y ungidos, pues sabían que Marco Perpena y los otros romanos ignoraban las leyes y costumbres egipcias. Pero el pueblo de Egipto sabe que no habéis sido investidos como reyes. Auletes es necio, tiene pocas luces y muy escasa visión política. Nosotras, por ser hijas de nuestro padre, tenemos mejores dones.

Ve a ver a los sacerdotes y comienza a negociar por tu cuenta. Estoy segura de que no conseguirás nada -ni hijos- hasta que convenzas a los sacerdotes. Auletes quiere dárselas de ser más importante que ellos, y pretender que los alejandrinos pueden desafiarlos impunemente, pero se equivoca. O quizá sea mejor decir que Auletes cree que es más importante ser rey macedonio que faraón de Egipto, y que si es rey acabará siendo faraón. Por tus cartas veo que tú no has caído en esa trampa. Pero no basta con eso. Tienes que negociar. Los sacerdotes saben que nuestros esposos son los últimos del linaje, y que establecer en Egipto dinastías rivales de la sangre egipcia al cabo de casi mil años de invasiones y reyes extranjeros es más peligroso que sancionar a los últimos Ptolomeos. Así que me imagino que lo que desean es que se les consulte y no se les margine. Consúltales, querida Trifena. ¡Y que tu esposo hable con ellos! Al fin y al cabo, ellos son los custodios de los laberintos que guardan los tesoros de los faraones, son administradores de las rentas del Nilo y dirigen al pueblo. El hecho de que el Garbanzo saquease Tebas hace siete años no tiene nada que ver. ¡Le habían ungido faraón, y Tebas no es todo el Nilo!

Mientras tanto, sigue tomando la medicina y no te indispongas con tu esposo y con los alejandrinos. Siempre que los tengas de tu parte, dispondrás de un medio para negociar con los sacerdotes de Menfis.

A finales de sextilis Cayo Julio César había regresado con Vatia a Tarso, y le presentó los acuerdos para la obtención de barcos y tripulaciones. Vatia se sintió complacido, sobre todo por la negociación con Chipre; pero no tenía ninguna otra misión militar para su joven ayudante y, además, le dio la noticia de que Sila acababa de morir en Roma.

– En ese caso, Publio Servilio -dijo César-, con tu permiso me gustaría regresar a Italia.

– ¿Por qué? -inquirió Vatia frunciendo el ceño.

– Por varios motivos -replicó César-. Primero, lo más importante, porque aquí poco servicio te hago, a menos que pienses organizar una expedición para expulsar a Tigranes de la Pedia oriental y de la Capadocia eufrática.

– Esas no son mis órdenes, Cayo Julio -dijo Vatia secamente-. Tengo que centrarme en el gobierno de la provincia y en eliminar la amenaza de los piratas. Capadocia y la Pedia oriental que esperen.

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