Favoritos De La Fortuna
- Автор: Маккалоу Колин
- Язык: испанский
- Жанр: Историческая проза
Электронная книга - «Favoritos De La Fortuna». Краткое содержание книги:
– Miradlo de este modo -dijo para persuadirles-. El éxito de la empresa supone un gran botín y el fin de las incursiones. Roma no puede pagaros, pero participaréis del botín y así os cobráis y obtenéis beneficio. Rodas es amiga y aliada del pueblo romano. ¿Por qué vais a arriesgaros a perder tal condición? Las alternativas son: participar o no participar. A vosotros toca decidir.
Rodas cedió y César obtuvo la promesa de tener los barcos para el verano del año siguiente.
De Rodas fue a Chipre, sin saber que en el barco con el que se cruzó en la bocana al salir del puerto llegaba un notable romano: nada menos que Marco Tulio Cicerón, gastado por un año de matrimonio con Terencia y las delicadas negociaciones que acababa de concluir con éxito en Atenas, por las que su hermano menor, Quinto, contraía matrimonio con la hermana de Tito Pomponio Atico. De la unión de Cicerón había nacido una hija, Tulia, y él se había ido de Roma seguro de que su esposa quedaba muy ocupada cuidando de la niña. En Rodas vivía el más famoso maestro de retórica, Apolonio Molon, y a su escuela se dirigía Cicerón; necesitaba un año de vacaciones, lejos de los tribunales de Roma y de Terencia. Había perdido la voz, y Apolonio Molon era famoso por propugnar que el aparato vocal y físico de un orador había de ser equiparable a su capacidad mental. Aunque detestaba viajar y temía que la ausencia de Roma malograse su carrera jurídica, Cicerón ansiaba aquel exilio voluntario lejos de sus amigos y de casa. Quería descansar.
Para César no habría descanso, y su temperamento también se lo impedía. Desembarcó en Pafos, capital del regente de Chipre, Ptolomeo, hermano menor del nuevo rey de Egipto, Ptolomeo Auletes.
Ptolomeo de Chipre era un perdido que había residido mucho tiempo en las cortes de Mitrídates y Tigranes, y ya desde el primer momento de su entrevista con César se evidenció que no entendía nada ni le interesaba entenderlo. No parecía tener instrucción alguna, y sus latentes preferencias sexuales se habían puesto de manifiesto en cuanto abandonó la tutoría de aquellos reyes, por lo que el ambiente en su palacio era muy parecido al de la corte de Nicomedes, con la salvedad de que Ptolomeo era una persona muy distinta.
Bien le habían juzgado los alejandrinos nada más llegar con su hermano mayor y sus respectivas esposas, y por eso, aunque no se hhabían opuesto a su nombramiento de regente de Chipre, sí habían impuesto la presencia en la isla de un buen equipo de burócratas.
César descubrió que eran aquellos hombres quienes realmente gobernaban Chipre por cuenta de Egipto.
Tras rechazar sutilmente las proposiciones eróticas de Ptolomeo, César consagró sus energías a los burócratas alejandrinos. No eran personas fáciles para la negociación, pues no sentían estima por Roma, no veían el lugar de Chipre en la campaña de Vatia y estaban a todas luces resentidos porque Vatia hubiese enviado un legado de veintiún años para entablar las negociaciones.
– Que yo sea joven -dijo César altivamente- no tiene nada que ver. Soy un héroe condecorado, senador a una e dad en que aún no se accede al Senado, y soy el ayudante militar de Publio Servilio Vatia. ¡Podéis consideraros afortunados de que me haya dignado venir a la isla!
La admonición no cayó en saco roto, pero los burócratas no cambiaron de actitud, y a pesar de que César argumentó como un buen político, no pudo llegar a un acuerdo con ellos.
– A Chipre también le afecta la piratería. ¿No veis que la piratería sólo puede erradicarse si todos los que la sufren se unen para la empresa? La escuadra de Publio Servilio Vatia tiene que ser poderosa para actuar a modo de red que acose a los piratas en algún sitio del que no puedan escapar. Obtendremos un enorme botín y Chipre tendrá acceso a los mercados del Mediterráneo. Bien sabéis que actualmente los piratas de Panfilia y Cilicia os lo impiden.
– Chipre no necesita tener acceso a los mercados del Mediterráneo -dijo el jefe de los alejandrinos-. Todo lo que Chipre produce va a parar a Egipto, y en los mares entre Chipre y Egipto no consentimos que haya piratas.
Una segunda entrevista tuvo lugar con el regente Ptolomeo. Sin embargo, esta vez César tuvo suerte. Acompañaba a Ptolomeo su esposa Nisa, hija de Mitrídates. Si César hubiese conocido la fisonomía de los mitridáticos, hubiera reconocido en la joven a un auténtico miembro del linaje: grande, rubia y de ojos dorados verdosos. Ese colorido y su voluptuosidad eran su principal atractivo, más que una auténtica belleza, pero a César le resultó atractiva de inmediato; y ella demostró ser sensible al encanto de César. Y cuando la absurda entrevista con Ptolomeo dio fin, fue ella quien acompañó del brazo al huésped de su marido a mostrarle el lugar en que la diosa Afrodita había surgido del mar para sembrar en tierra su divino desorden.
– Era mi bisabuela, treinta y nueve generaciones atrás -comentó César, acodado en la balaustrada de mármol que marcaba en la orilla el lugar del nacimiento de la diosa.
– ¿Quién? ¿Afrodita? ¡No es posible!
– Claro que sí. Yo desciendo de su hijo Eneas.
– ¿Ah, sí?
Aquellos ojos dorados y ligeramente protuberantes le escrutaron como buscando algún indicio de su asombroso y augusto linaje.
– Ciertamente, princesa.
– Entonces perteneces al Amor -dijo con un mohín la hija de Mitrídates, pasándole suavemente un dedo por el bronceado antebrazo.
El contacto hizo su efecto, aunque César no lo demostró.
– Nunca me lo habían dicho de esa manera, princesa, pero tiene lógica -replicó él sonriente, mirando el glorioso horizonte en que se juntaba el zafiro del mar con el turquesa del cielo.
– ¡Claro que eres del Amor teniendo tal antepasada!
Él volvió la cabeza para mirarla y se encontró con sus ojos al mismo nivel, dado lo alta que era.
– Es notable -dijo con voz suave- que el mar produzca tanta espuma en este lugar y no en el resto de la orilla; aunque no entiendo la razón. ¿No ves? -añadió mirando a derecha e izquierda-. Más allá de la balaustrada no hay espuma.
– Se dice que ella la dejó aquí para siempre.
– Entonces es que las burbujas son su esencia -dijo él, despojándose de la toga y desabrochándose los zapatos senatoriales-. Tengo que bañarme en su esencia, princesa.
– Si no fueses descendiente te prevendría -dijo la princesa mirándole.
– ¿Prohíbe la religión bañarse aquí?
– No está prohibido, pero no es prudente. Tu augusta antepasada ha castigado a algunos bañistas con la muerte.
Regresó indemne del chapuzón y vio que ella había extendido el vestido sobre las ásperas hierbas de la orilla y le esperaba tendida. En el reverso de la mano le quedaba una burbuja, y él se agachó para hacerla estallar sobre su liso y virginal ombligo; ella rió y se sobresaltó presa de un temblor incontrolable.
– Quemado por Venus -dijo él tumbándose a su lado, húmedo y estimulado por la misteriosa espuma. Acababa de ser ungido por Venus, que además había dispuesto entregarle a aquella magnífica mujer, hija de un gran rey y sólo suya, como descubrió al penetrarla. Amor y poder: la combinación suprema.
– Quemada por Venus -dijo ella, estirándose como una enorme gata dorada.
– Conoces el nombre romano de Afrodita -dijo el descendiente de la diosa, como sumido en una burbuja de felicidad.
– Roma llega muy lejos.
La burbuja se desinfló, pero no por lo que ella acababa de decir, sino porque había concluido el mágico momento.
César se puso en pie; no le gustaba permanecer echado una vez consumado el amor.
– Bien, Nisa, hija de Mitrídates, ¿usarás de tu influencia para ayudarme a conseguir esa escuadra? -inquirió él, aunque sin explicarle por qué su petición le causaba cierta risa.
– Qué hermoso eres -dijo ella, apoyada en el codo, mirándole-. Sin nada de vello; como un dios.