La Sombra De La Guillotina
- Автор: Мантел Хилари
- Язык: испанский
- Жанр: Историческая проза
Электронная книга - «La Sombra De La Guillotina». Краткое содержание книги:
En la orilla izquierda del Sena, un joven y desconocido abogado llamado Georges-Jaques Danton intenta labrarse un porvenir. Es un hombre enérgico y se ha propuesto dejar su impronta en la historia cueste lo que cueste. Maximilien Robespierre, tambien abogado, es un hombre tímido que detesta la violencia pero está dispuesto a dar la vida por ayudar a los demas. Camille Desmoulins es un joven sin domicilio fijo y aparentemente sin porvenir.
¿Qué es la revolución francesa? ¿Un desastre, un sueño, una oportunidad? Para estos tres hombres representa la única carrera posible a la que consagrar su vida.
Para llegar a casa de Marat hay que atravesar un estrecho pasaje entre dos tiendas hasta dar a un pequeño patio con un pozo. A la derecha hay una escalinata de piedra con una barandilla de hierro que conduce a su vivienda, situada en el primer piso.
Tras llamar a la puerta, hay que aguardar a la inspección que una de las dos mujeres que viven con él realiza a través de la mirilla. Eso requiere cierto tiempo. Albertine, su hermana, con la que ha compartido una increíble infancia, es una mujer seca, de aspecto feroz. Simone Evrard posee un rostro sereno, ovalado, el cabello castaño y una boca grave y generosa. Hoy no tienen motivos para recelar del visitante y le franquean la entrada. El Amigo del Pueblo se sienta en la salita de estar.
– Tiene gracia que acudas corriendo a mí -dijo Marat, insinuando que en realidad no le hacía la menor gracia.
– No he venido corriendo -replicó Camille-, sino con paso furtivo.
Simone, la concubina de Marat, les sirvió una taza de café negro y amargo.
– Si vais a hablar sobre los desmanes de los brissotinos -dijo-, os llevará un buen rato. Si necesitáis una vela, no tenéis más que pedírmela.
– ¿Has venido a esta casa por propia voluntad o te han enviado ellos? -preguntó Marat.
– Cualquiera diría que te fastidian las visitas.
– Quiero saber si te ha enviado Danton o Robespierre.
– Creo que a los dos les gustaría que nos ayudaras a resolver lo de Brissot.
– Brissot me da asco -contestó Marat. Era una frase que solía emplear cuando alguien no le caía bien-. Se comporta como si dirigiera la Revolución, como si fuera obra suya. Se considera un experto en asuntos exteriores simplemente porque ha tenido que largarse del país en numerosas ocasiones perseguido por la policía. En todo caso, yo soy más experto que él.
– Tenemos que atacar a Brissot en todos los frentes -dijo Camille-. Su vida antes de la Revolución, su filosofía, sus amigos, su conducta en todas las crisis patrióticas que se han producido desde mayo de 1789 hasta septiembre pasado…
– Me estafó con lo de la versión inglesa de mis Cadenas de esclavitud. Conspiró con los editores para plagiar mi obra, de la que no vi un céntimo.
– No querrás que aleguemos eso contra él -respondió Camille.
– Desde que viajó a Estados Unidos…
– Lo sé, a nivel personal es insufrible, pero no se trata de eso.
– No lo soporto.
– Era un espía de la policía antes de la Revolución.
– En efecto -respondió Marat.
– Firma un panfleto contra él.
– No.
– Te pido que, por una vez, colabores conmigo.
– Los borregos siempre van en manada -replicó Marat.
– Está bien, lo haré solo. Sólo quiero saber si sabe algo sobre ti que pudiera utilizar en tu contra. Algo realmente perjudicial.
– Siempre me he comportado de acuerdo con mis principios.
– ¿Quiere eso decir que nadie sabe nada perjudicial sobre ti?
– No me ofendas -le advirtió Marat.
– Muy bien, continuemos -respondió Camille-. Podemos sacar a colación su conducta antes de la Revolución, su traición a sus cantaradas, sus manifestaciones monárquicas, sobre las que conservo unos recortes de prensa, sus dudas y vacilaciones en julio de 1789…
– ¿A qué te refieres?
– Tenía un aire nervioso e inquieto, como si dudara sobre lo que debía hacer. Luego está su amistad con Lafayette, su participación en el intento fallido de los Capeto de huir del país, y sus contactos secretos con la esposa de Capeto y el Emperador.
– No está mal para empezar -observó Marat.
– Sus intentos de hundir la Revolución el 10 de agosto y sus infundadas acusaciones de que ciertos patriotas estaban implicados en las matanzas perpetradas en las cárceles. Su defensa de una destructiva política federalista, sin olvidar que hace un tiempo tuvo tratos con ciertos aristócratas como Mirabeau y Orléans…
– No confíes en la memoria de la gente. En todo caso, Mirabeau ha muerto y Orléans ocupa un escaño junto a nosotros en la Convención.
– Yo pensaba en más adelante, en la próxima primavera. Robespierre opina que la posición de Philippe es insostenible. Reconoce que ha prestado importantes servicios al pueblo, pero preferiría que todos los Borbones abandonaran Francia. Le gustaría que Philippe se llevara a toda su familia a Inglaterra. Podríamos concederles unas pensiones…
– ¿Cómo? ¿Dar dinero a Philippe? ¡Qué novedad! Pero tienes razón, la primavera sería el momento idóneo para ajustar cuentas. Dejaremos que los brissotinos sigan haciendo de las suyas durante otros seis meses, y luego los aplastaremos -dijo Marat, con aire satisfecho.
– Confío en que podamos acusarlos a todos (a Brissot, a Roland, a Vergniaud) de tratar de entorpecer el juicio contra el Rey. Y de votar a favor de mantenerlo vivo. Pero no debemos precipitarnos.
– Claro que es posible que existan otros que deseen que se produzcan aplazamientos, obstáculos. Me refiero al juicio de Capeto.
– Creo que al final conseguiremos que Robespierre venza el horror que le inspira la pena de muerte.
– Sí, pero no me refería a Robespierre. Es muy posible que Danton tenga que ausentarse en un determinado momento, que las actividades del general Dumouriez en Bélgica le obliguen a ir a reunirse con éste.
– ¿A qué actividades te refieres?
– Es indudable que no tardará mucho tiempo en estallar una crisis en Bélgica. Me gustaría saber si nuestras tropas se proponen liberar al país, anexionado, o ambas cosas al mismo tiempo. ¿A quién brinda sus conquistas el general Dumouriez? ¿A la República, a la difunta monarquía, o tal vez a sí mismo? Alguien tendrá que ir a aclarar esas cuestiones, alguien con la suficiente autoridad moral. No creo que Robespierre esté dispuesto a dejar su mesa de despacho para reunirse con los Ejércitos en el frente. Eso es más propio de Danton: negociaciones a alto nivel, dinero, bandas militares y todas las mujeres de un territorio ocupado.
El tono frío y conciso con que se expresaba Marat impresionó a Camille.
– Le comunicaré lo que has dicho.
– Perfectamente -contestó Marat-. En cuanto a Brissot… Bien mirado, es obvio que ha conspirado desde un principio contra la Revolución. Sin embargo, él y sus secuaces se han atrincherado… No será fácil deshacernos de ellos.
Camille lo miró con cierta aprehensión.
– ¿Te refieres simplemente a eliminarlos de la vida pública o algo más contundente?
– Creí que empezabas a enfrentarte a la realidad -respondió Marat-. ¿O acaso hablas por boca de tus timoratos jefes? Robespierre ya sabía en septiembre lo que teníamos que hacer para resolver la crisis, pero desde entonces parece haberlo olvidado.
Camille se hallaba sentado con la cabeza apoyada en la mano.
– Hace tiempo que conozco a Brissot -dijo, jugueteando con un mechón que le caía sobre la frente.
– Conocemos el mal desde que nacemos -replicó Marat-, pero ello no significa que debamos aceptarlo.
– Eso es simplemente una frase.
– Sí, pero muy profunda.
– Es una lástima. Los reyes siempre asesinan a sus adversarios, pero nosotros deberíamos tratar de razonar con nuestros oponentes.
– Debido a sus errores, mucha gente muere en el frente. ¿Por qué iban esos políticos a ser tratados con menos dureza? Ellos provocaron la guerra. Todos merecen morir una docena de veces. ¿De qué vamos a acusarlos si no de traición, y cómo vamos a castigar su traición si no es aplicándoles la pena de muerte?