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El Pajaro Canta Hasta Morir (el Pajaro Espino)

Электронная книга - «El Pajaro Canta Hasta Morir (el Pajaro Espino)». Краткое содержание книги:

En la Australia casi salvaje de los primeros años delsiglo XX, se desarrolla una trama de pasión ytragedia que afecta a tres generaciones. Una historia de amor ¿la que viven Maggie y el sacerdote Ralph de Bricassart? que se convierte en renuncia, dolor y sufrimiento, y que marca el altoprecio de la ambición y de las convenciones sociales. Una novela que supuso un verdadero fenómeno y que ha alcanzado la categoría de los clásicos.
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– ¡Oh, Dane! ¡Claro que iré!

– Bien -dijo él, y, después, le hizo un guiño malicioso-. En realidad, te necesito, Jus. Tenerte una temporada incordiándome, será como en los viejos tiempos.

– ¡Huy, huy! ¡Nada de palabras obscenas, padre O'Neill!

Él cruzó los brazos detrás de la cabeza y, satisfecho, se echó atrás en el sofá.

– Estoy… ¿No es maravilloso? Tal vez, cuando haya visto a mamá, podré concentrarme en Nuestro Señor. Creo que ésta es mi verdadera inclinación, ¿sabes? Simplemente: pensar en Nuestro Señor.

– Tendrías que haber ingresado en una orden, Dane.

– Todavía puedo hacerlo, y probablemente lo haré. Tengo toda la vida por delante; no hay prisa.

Justine salió de la fiesta con Rain, y, cuando ella le hubo dicho que iría a Grecia con Dane, él dijo que volvería a su despacho de Bonn.

– Creo que ya es hora -dijo Justine-. Por ser ministro d.e un gabinete, no parece que trabajes mucho, ¿eh? Todos los periódicos dicen que eres un play-boy que anda tonteando con artistas australianas pelirrojas. Eso dicen, viejo zorro.

Él la amenazó con uno de sus gordos dedos.

– Yo pago mis pocas diversiones de un modo que nunca podrías imaginarte.

– ¿Te importa que vayamos andando, Rain?

– No, si no te quitas los zapatos.

– Ahora no puedo hacerlo. Las minifaldas tienen sus inconvenientes; se acabaron los tiempos en que las medias podían quitarse con toda facilidad. Ahora han inventado una extraña versión de las calzas que se emplean en el teatro, y una no puede quitárselas en público sin causar más alboroto que LadyGodiva. Así, a menos que quiera estropear unas fundas que valen cinco guineas, soy prisionera de mis zapatos.

– Al menos has mejorado mi instrucción sobre indumentaria femenina, tanto interior como exterior -declaró él suavemente.

– ¡Vamos! Apuesto a que tienes una docena de amigas y estás perfectamente enterado.

– Sólo una, y, como todas las buenas amantes, me espera en su negtigée.

– ¿Sabes que nunca habíamos hablado de tu vida sexual? ¡Es fascinante! ¿Cómo es ella?

– Rubia, gorda, cuarentona y flatulenta.

Ella se detuvo en seco.

– ¡Oh, me estás tomando el pelo! -exclamó la joven-. No puedo imaginarte con una mujer así.

– ¿Por qué no?

– Tienes demasiado buen gusto.

– Chacun a son gout, querida. Yo no tengo nada de guapo; ¿cómo piensas que soy capaz de hechizar a una mujer joven y hermosa, y hacerla mi amante?

– ¡Porque puedes! -aseguró ella, con indignación-. ¡Claro que puedes!

– ¿Quieres decir por mi dinero?

– No, no por tu dinero. ¡Me estás pinchando, como siempre! Rainer Moerling Hartheim, sabes muy bien lo atractivo que eres; en otro caso, no llevarías medallones y camisas de malla. La belleza no lo es todo; si lo fuese, yo no habría conseguido nada.

– Tu interés por mí es conmovedor, herzchen,

– ¿Por qué será que, cuando estoy contigo, tengo la impresión de que corro para alcanzarte y nunca lo consigo? -Su irritación se extinguió; le miró, insegura-. No hablas en serio, ¿verdad?

– ¿Lo crees tú?

– ¡No! Tú no eres vanidoso, pero sabes que eres muy atractivo.

– Lo que yo piense carece de importancia. Lo importante es que tú me encuentres atractivo.

Ella iba a decirle: Claro que sí; hace un rato pensaba si me resultarías como amante, pero decidí que sería mala cosa y que me conviene más conservarte como amigo. Si lo hubiese dicho, él habría sacado la conclusión de que no había llegado su hora y habría actuado de un modo diferente. Pero, como no fue así, él la estrechó en sus brazos y la besó, antes de que ella pudiese pronunciar una palabra. Durante al menos un minuto, ella permaneció inmóvil, rendida, anonadada, mientras su energía interior gritaba al encontrarse con otra no menos fuerte. La boca de él… ¡era hermosa1. Y sus cabellos, increíblemente gruesos, llenos de vida, eran buenos para asirlos fuertemente con los dedos. Entonces, él tomó su cara entre las manos y la miró sonriendo. -Te quiero -dijo.

Ella le había agarrado las muñecas, pero no con suavidad, como había hecho con Dane; las uñas se clavaron en ellas, hundiéndose salvajemente hasta la carne. Después, retrocedió dos pasos y se frotó la boca con un brazo, llenos los ojos de espanto, agitado el pecho.

– No saldría bien -jadeó-. ¡No podría salir bien, Rain!

Se quitó los zapatos, se agachó para recogerlos, dio media vuelta y echó a correr, y, a los tres segundos, las finas plantas de sus leotardos habían desaparecido.

El no tenía la menor intención de seguirla, aunque, por lo visto, ella se había imaginado que lo haría. Sus dos muñecas estaban sangrando y le dolían. Se aplicó el pañuelo primero a una y después a la otra, se encogió de hombros, se guardó el pañuelo manchado y se quedó inmóvil, concentrado en su dolor. Al cabo de un rato, sacó un paquete de tabaco, extrajo un cigarrillo, lo encendió y echó a andar despacio. Ningún transeúnte habría podido adivinar, por su semblante, lo que sentía. Había alargado la mano, para asir lo que más deseaba, y lo había perdido. Una chiquilla tonta. ¿Cuándo crecería? Sentirlo, responder a ello, y negarlo.

Pero él era un jugador, un jugador prudente. Había esperado siete largos años antes de probar su suerte, guiándose por el cambio que percibía en ella. Pero, por lo visto, se había precipitado. Muy bien. Siempre había un mañana… o, conociendo a Justine, un año próximo, o el siguiente. Desde luego, no estaba dispuesto a renunciar. Si la observaba con cuidado, llegaría un día en que la suerte le sonreiría.

Una risa muda tembló en su interior; blanca, gorda, cuarentona y flatulenta. No sabía por qué le había dicho esto, salvo que, hacía muchísimo tiempo, su ex esposa se lo había dicho a él. Otras tantas características del enfermo de litiasis biliar. La pobre Annelise había padecido esta dolencia, aunque era morena, flaca, cincuentona y tan tapada como un genio en una redoma. ¿Por qué pienso ahora en Annelise? Mi paciente campaña de siete años terminó en derrota, no he tenido más éxito que la pobre Annelise. ¡Bueno, Fraulein Justine O'Neill! Ya veremos.

Había luz en las ventanas del palacio; subiría a charlar unos minutos con el cardenal Ralph, que parecía envejecido. No se encontraba bien. Tal vez podría convencerle de que se sometiese a un reconocimiento médico. Rainer estaba apenado, pero no por Justinei ésta era joven, tenía tiempo por delante. Lo estaba por el cardenal Ralph, que había asistido a la ordenación de su hijo, y no lo sabía.

Todavía era temprano; por eso, el vestíbulo del hotel estaba atestado. Justine, que se había puesto los zapatos, se dirigió rápidamente a la escalera y la subió corriendo, con la cabeza inclinada. Después, estuvo un rato hurgando en su bolso con temblorosos dedos, sin poder encontrar la llave de su habitación, y pensó que tendría que volver a bajar y abrirse paso entre la multitud apretujada ante la recepción. Pero la llave estaba allí; sin duda la había tocado una docena de veces sin darse cuenta.

Ya en su habitación, se acercó a tientas a la cama, se sentó en el borde y esperó a que sus ideas se aclarasen gradualmente. Se decía que estaba indignada, horrorizada, desilusionada, y, mientras tanto, contemplaba temerosa el ancho rectángulo de pálida luz que era el cielo nocturno a través de la ventana, queriendo maldecir, deseando llorar. Ya no podría volver a ser lo mismo, y esto era una tragedia. La pérdida de su amigo más querido. Una traición.

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