El Pajaro Canta Hasta Morir (el Pajaro Espino)
- Автор: Маккалоу Колин
- Язык: испанский
- Жанр: Историческая проза
Электронная книга - «El Pajaro Canta Hasta Morir (el Pajaro Espino)». Краткое содержание книги:
– Lo cual quiere decir que tendré las nalgas moradas dentro de una hora, y no dentro de un día. ¡Maldita sea! Aunque, ¿sabes una cosa, Rain?
– ¿Qué?
– Nunca he sido pellizcada por un cura. Con tantas veces como he rondado por el Vaticano, y no puedo presumir de un solo pellizco. Por consiguiente, pensé que tal vez con la minifalda podría descarriar a algún prelado.
– Puedes descarriarme a mí -sonrió él,
– ¿De veras? ¿A pesar del color naranja? Pensaba que no te gustaba el naranja, a causa de mis cabellos.
– Es un color tan vivo que inflama los sentidos.
– No me pinches -dijo ella, disgustada, subiendo al «Mercedes», que ahora llevaba una banderola alemana ondeando a un lado del capó-. ¿Cuándo conseguiste esa banderita?
– Cuando me dieron mi nuevo cargo en el Gobierno.
– Ahora no me extraña que mereciese una alusión en el News of the World. ¿Lo viste?
– Ya sabes que nunca leo esos papeluchos, Justine.
– Tampoco yo; pero alguien me lo mostró -dijo ella, y, elevando el tono de la voz y poniendo en ella un acento melindroso y terriblemente gangoso- ¿Qué pelirroja actriz australiana de mucho porvenir sostiene relaciones muy cordiales con qué miembro del Gabinete de la Alemania Federal?
– No pueden saber el tiempo que hace que nos conocemos -dijo tranquilamente él, estirando las piernas y poniéndose cómodo.
Justine resiguió su indumento con mirada aproba-dora; era sencillo, muy italiano. Él seguía bastante la moda europea y se atrevía a llevar una de esas camisas de malla que permitían a los varones italianos mostrar su pecho lampiño.
– Nunca deberías llevar temo, con cuello y corbata -dijo de pronto ella.
– ¿No? ¿Por qué?
– Porque el machismo es el estilo que te conviene; como ahora, ¿sabes?, con la cadena y la medalla de oro sobre el pecho hirsuto. La americana te hace gordo en la cintura, cosa que no eres en realidad.
Él la miró un momento, sorprendido; después, sus ojos tomaron la expresión precavida que él llamaba de «pensamiento concentrado».
– La primera vez -declaró.
– La primera vez, ¿de qué?
– En siete atos que te conozco, nunca habías hecho comentarios sobre mi aspecto, salvo para criticarlo.
– ¡Oh, querido! ¿De veras? -dijo ella, pareciendo un poco avergonzada-. Te aseguro que había pensado en ello con bastante frecuencia, y nunca desdeñosamente. -Por alguna razón, añadió en seguida- Me refiero a cómo te sientan los trajes.
Él no respondió, pero sonrió, como si estuviese pensando algo divertido.
Aquel trayecto en automóvil con Rainer pareció ser el único momento de tranquilidad en varios días. Poco después de la visita al cardenal De Bricassart y luego al cardenal Di Contini-Verchese, el gran automóvil que Rainer había alquilado depositó el contingente de Drogheda en su hotel. Justine observó, con el rabillo del ojo, la reacción de Rain ante su familia, compuesta enteramente de tíos. Hasta el momento en que sus ojos no habían encontrado el rostro de su madre, Justine estaba convencida de que aquélla cambiaría de idea y vendría a Roma. Que no lo hubiese hecho, era un golpe cruel, aunque Justine no sabía exactamente si lo sentía más por Dane o por ella misma. Pero sus tíos estaban aquí, y ella era su anfitriona.
¡Oh, qué tímidos eran! ¿Quién era quién? Cuanto más viejos se hacían, más se parecían todos ellos. Y, en Roma, llamaban la atencionrxcffiSo…, bueno, como ganaderos australianos de vacaciones en Roma, Todos vestían el uniforme ciudadano de ¡os colonos ricos: botas de montar de color castaño con cinta elástica en un lado; pantalones sencillos; chaqueta deportiva de lana muy gruesa y velluda, con cortes laterales y muchos parches de cuero; camisa blanca; corbata de punto de lana y sombrero gris de copa plana y ala ancha. Nada nuevo en las calles de Sydney durante la fiesta de Pascua, pero extraordinario en Roma, a finales de verano.
Y puedo decir, con toda sinceridad: ¡gracias a Dios que Rain está aquí! Es muy amable con ellos. Yo creía que "no había nadie capaz de hacer hablar a Patsy, y él lo consigue, ¡bendito sea! Están todos hablando como viejos amigos, ¿y dónde encontró Rain cerveza australiana para ellos? Les na tomado aprecio y creo que le interesan. Todo es bueno para el molino de un industrial-político alemán, ¿no? Pero, ¿cómo puede conservar su fe, siendo como es? Un enigma: esto es lo que eres, Rainer Moerling Hartheim. Amigo de papas y cardenales, amigo de Justine O'Neill. ¡Oh! Si no fueses tan feo, te besaría, ¡tal es mi agradecimiento! ¿Qué habría pasado si me hubiese encontrado en Roma con los tíos y sin Rain? Tu nombre no puede ser más adecuado.
Estaba retrepado en su sillón, escuchando lo que le decía Bob sobre el esquileo, y Justine, que no tenía nada que hacer, porque él se había encargado de todo, le observaba con curiosidad. Casi siempre, ella advertía inmediatamente todas las características físicas de las personas; pero, de vez en cuando, descuidaba su vigilancia y la gente se introducía en un nicho de su vida, sin haber hecho ella su impo/tante estimación inicial. Pues, si no la hacía, podían pasar años antes de que aquella gente volviese a aparecer, como extrafía, en su pensamiento. Como ahora, al mirar a Rain. Desde luego, su primer encuentro había tenido Ja. culpa; rodeada de clérigos, pasmada, asustada, respondiendo con descaro. Sólo había advertido las cosas evidentes: su vigorosa complexión, sus cabellos, lo moreno que era. Después, cuando él la había llevado a comer, no había tenido ya oportunidad de rectificar, pues Rainer la había obligado a fijarse en él no por sus atributos físicos; le había interesado tanto lo que decía su boca, que no había reparado en ésta.
Ahora decidió que, en realidad, no era feo en absoluto. Su aspecto era, quizás, una mezcla de lo mejor y lo peor. Como un emperador romano. No era extraño que le gustase la ciudad. Era su hogar espiritual. Cara ancha, de pómulos grandes y salientes, y nariz pequeña, pero aguileña. Gruesas cejas negras, rectas, en vez de seguir la curva superior de las órbitas. Pestañas negras, muy largas, femeninas, y unos ojos negros preciosos, casi siempre medio cerrados para ocultar sus pensamientos. Pero su rasgo más bello, y con mucho, era la boca, ni pequeña ni grande, de labios ni gruesos ni finos, pero muy bien formada, con una hendidura característica junto a las comisuras de los labios, y una firmeza peculiar en su manera de cerrarla; como si, al aflojar el dominio que tenía sobre ella, pudiese revelar secretos sobre su verdadera personalidad. Era interesante, disecar una cara tan conocida y, al mismo tiempo, absolutamente desconocida.
Salió de su ensoñación y se encontró con que él observaba que ella le observaba, lo cual era como quedar desnuda ante una muchedumbre armada con piedras. Por un momento, él le aguantó la mirada, más intrigado que sorprendido. Después se volvió tranquilamente a Bob y le hizo una pregunta pertinente sobre los boggis. Justine recibió una sacudida mental y se dijo que debía frenar su imaginación. Pero era fascinante ver de pronto a un hombre, que había sido amigo durante años, como posible amante. Y no encontrar la idea nada repulsiva.
Arthur Lestrange había tenido varios sucesores, y esto no era cosa de risa. ¡Oh! He andado mucno camino desde aquella noche memorable. Pero nie pregunto si he avanzado en absoluto. Es muy agradable tener un hombre, ¡y al diablo con lo que dice Dane sobre que debe ser el únicol No quiero un hombre único, y por eso no me acostaré con Rain. ¡Ah, no! Esto cambiaría demasiadas cosas, y yo perdería un amigo. Necesito a mi amigo, no puedo privarme de mi amigo. Lo conservaré como conservo a Dane, como un varón sin significado físico para mí.
La iglesia tenía capacidad para veinte mil personas; por consiguiente, no estaba llena a rebosar. En ninguna parte del mundo se había empleado tanto tiempo, tanta inteligencia y tanto genio, en la construcción de un templo de Dios; a su lado, las obras paganas de la Antigüedad parecían insignificantes. Palidecían. ¡Cuánto amor, cuántos sudores! La basílica de Bramante, la cúpula de Miguel Ángel, la columnata de Bernini. Un monumento, no sólo a Dios, sino también al Hombre. Debajo del confessio, en una pequeña cámara de piedra, estaba enterrado el propio san Pedro; aquí había sido coronado el emperador Car-lomagno. Los ecos de antiguas voces parecían murmurar entre los rayos de luz, dedos muertos pulían radios de bronce detrás del altar mayor y acariciaban las retorcidas columnas de bronce del baldacchino.