El Pajaro Canta Hasta Morir (el Pajaro Espino)
- Автор: Маккалоу Колин
- Язык: испанский
- Жанр: Историческая проза
Электронная книга - «El Pajaro Canta Hasta Morir (el Pajaro Espino)». Краткое содержание книги:
Pasaron los minutos, envueltos en una paz inefable. Ahora respiraban al mismo ritmo, pausado y fácil, apoyada la cabeza de él en el hombro de ella. Gradualmente, la rígida presa de las manos en la espalda de él se relajó, corvirtiéndose en una caricia adormecida y circular. Él suspiró, se volvió e invirtió la posición en que yacían, invitándola inconscientemente a hundirse más en el placer de estar con él. Ella apoyó una mano en su flanco para sentir la contextura de su piel, y la deslizó sobre los fuertes músculos, con una curiosidad nueva para ella; sus anteriores amantes no le habían interesado lo bastante para prolongar esta curiosidad después del acto. Y, de pronto, sintió una excitación tan grande que quiso hacerle suyo nuevamente.
Sin embargo, estaba desprevenida y conoció una muda sorpresa cuando él deslizó las manos sobre su espalda y le asió la cabeza, aproximándola tanto a la suya que ella pudo ver que ya no había nada reservado en la boca de él, sino que se habría por ella y sólo para ella. En aquel momento, nacieron literalmente en ella la ternura y la humildad. Y esto debió reflejarse en su cara, porque él la miraba con unos ojos tan brillantes que ¡no pudo soportarlo y se acercó más para asir su labio superior entre los suyos propios. Ideas y sensaciones se confundieron al fin, pero su grito quedó ahogado en un mudo suspiro de felicidad que la conmovía tan profundamente que perdió la noción de todo lo aue no fuese el ciego impulsó que la guiaba en cada uno de aquellos intensos minutos. Y el mundo acabó de contraerse, gritó sobre sí mismo y desapareció de todo.
Rainer debió mantener encendido el fuego de la chimenea, pues, al filtrarse la suave luz de la mañana londinense entre los pliegues de las cortinas, la habitación estaba aún caliente. Ahora, al moverse él, Justine lo advirtió y le asió un brazo, temerosa.
– ¡No te vayas!
– No me voy, herzchen. -Cogió otro almohadón del sofá, se lo puso debajo de la cabeza y atrajo a Justine a su lado, suspirando suavemente-. ¿Está bien así?
– Sí.
– ¿Tienes frío?
– No, pero si tú lo tienes, podemos acostarnos en la cama.
– ¿Después de estar horas contigo sobre una alfombra de piel? ¡Vaya una ocurrencia! Ni qutí las sábanas fuesen de seda negra.
– Son blancas y de algodón corriente. Este pedazo de Drogheda no está mal, ¿verdad?
– ¿Un pedazo de Drogheda?
– ¡La piel! Es de canguros de Drogheda -explicó ella.
– No es lo bastante exótica ni erótica. Encargaré una piel de tigre de la India.
– Esto me recuerda una poesía que oí una vez:
¿Quisieras pecar
Con Elynor Glyn
Sobre una piel de tigre?
¿O ocaso prefieres
Perderte con ella
En cualquier otra piel?
– Bueno, herzchen, ¡ya era hora de que volvieses a las andadas! Gracias a las exigencias: de Eros y de Morfeo, has estado medio día sin decir impertinencias -y sonrió.
– De momento, no lo creo necesario -dijo ella, correspondiendo a su sonrisa-. La aleluya de la piel de tigre me salió espontáneamente, porqute venía como anillo al dedo; pero creo que ahora que no puedo ocultarte nada, la impertinencia estaríafuera de lugar. -Husmeó, percibiendo de pronto un débil olor a pescado rancio en el aire-. ¡Dios mío! Ayer no comiste nada, ¡y ya es hora de desayunar! ¡No puedo esperar que vivas sólo de amor!
– No, si tengo que demostrarlo con tanta energía.
– Bueno, confiesa que te gustó.
– Ciertamente. -Suspiró, se estiró y bostezó-. No sé si tienes idea de lo feliz que soy.
– ¡Oh! Creo que sí -dijo ella, a media voz.
Él se incorporó sobre un codo y la miró.
– Dime una cosa: ¿fue Desdémona la única razón de tu regreso a Londres?
Ella le agarró una oreja y se la retorció hasta hacerle daño.
– Ahora me ha llegado el turno de corresponder a tus autoritarias preguntas. ¿Qué crees tú?
Él desprendió fácilmente la oreja de sus dedos y le hizo un guiño.
– Si no me contestas, herzchen, te voy a estrangular de un modo más definitivo que como lo hace Marc.
– Volví a Londres por Desdémona, pero también por ti. Desde aquel día que me besaste en Roma, no podía vivir, y tú lo sabes. Eres muy inteligente, Rai-ner Moerling Hartheim.
– Lo bastante inteligente para saber, casi desde el primer momento que te vi, que te quería por esposa.
Ella se incorporó de un salto. -¿Esposa?
– Esposa. Si te hubiese querido como amante, habrías sido mía hace años. Sé cómo funciona tu mente; me habría sido relativamente fácil. La única razón de que no lo hiciese fue porque te quería como esposa, y sabía que no estabas dispuesta a aceptar la idea de un marido.
– Yo no sé que lo esté ahora -dijo el Ja, rumiando la noflcia.
Él se puso en pie y Ja obligó a levantarse.
– Bueno, puedes hacer un poco de práctica preparándome el desayuno. Si estuviésemos en mi casa, yo te haría los honores; pero, en tu cocina, tú eres la cocinera.
– No me importa prepararte el desayuno esta mañana; teóricamente, ¿comprometerme hasta el día de mi muerte? -Meneó la cabeza-. No creo que esto se haya hecho para mí, Rain.
Él volvía a poner cara de emperador romano, imperialmente imperturbable ante las amenazas de insurrección.
– Justine, esto no es cosa de juego, ni estoy dispuesto a jugar con ello. El tiempo es largo. Y tienes razones para saber que soy paciente. Pero quítate de la cabeza toda idea de que esto puede arreglarse de algún modo que no sea el matrimonio. No quiero que me conozcan por algo menos importante para ti que tu marido.
– ¡No voy a renunciar al teatro! -replicó ella, en tono agresivo.
– Verfluchte kiste, ¿acaso te lo he pedido? ¡No seas niña, Justine! ¡Cualquiera diría que te condeno a cadena perpetua en la cocina y en el fregadero! No estamos precisamente a dos velas, y lo sabes. Podrás tener todo el servicio que quieras, niñeras para los hijos, todo cuanto necesites.
– ¡Caray! -dijo Justine, que oo había pensado en los hijos.
Él echó la cabeza atrás y soltó vina carcajada.
– ¡Oh, herzchenl ¡Esto es lo que llaman expiación del pecado! He sido un tonto al plantear tan pronto las realidades, lo sé; pero creo que éste es el momento de que empieces a pensar en ellas. En todo caso, voy a hacerte una advertencia leaclass="underline" antes de tomar una decisión, recuerda que si no puedo tenerte como esposa, no quiero saber nada más de ti.
Ella le echó los brazos al cuello y apretó con fuerza.
– ¡Oh, Rain, no me lo pongas tan difícil! -gritó.
Dane, solo, remontó con su «Lagonda» la bota italiana, cruzando Perugia, Florencia, Bolonia, Ferrara, Padua, era mejor dejar Venecia atrás y pasar la noche en Trieste. Ésta era una de sus ciudades predilectas; por consiguiente, pasó un par de días en la costa del Adriático antes de lanzarse por la carretera de montaña hacia Liubliana, para pasar la noche siguiente en Zagreb. Después, descendió por el valle del río Sava, entre campos azules de flores de achicoria, hasta Belgrado, y de allí a Nis, donde pasó otra noche. Macedonia y Skopie, todavía en ruinas a causa del terremoto de dos años antes; y Tito-Veles, la ciudad de vacaciones, curiosamente turca con sus mezquitas y minaretes. Durante toda la travesía de Yugoslavia había comido con frugalidad, sintiendo vergüenza de sentarse ante un gran plato de carne, cuando la gente del país se contentaba con un pedazo de pan.