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El Pajaro Canta Hasta Morir (el Pajaro Espino)

Электронная книга - «El Pajaro Canta Hasta Morir (el Pajaro Espino)». Краткое содержание книги:

En la Australia casi salvaje de los primeros años delsiglo XX, se desarrolla una trama de pasión ytragedia que afecta a tres generaciones. Una historia de amor ¿la que viven Maggie y el sacerdote Ralph de Bricassart? que se convierte en renuncia, dolor y sufrimiento, y que marca el altoprecio de la ambición y de las convenciones sociales. Una novela que supuso un verdadero fenómeno y que ha alcanzado la categoría de los clásicos.
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– ¿Qué es Desdémona? -preguntó Frank, desde la sombra en la que se ocultaba.

Justine se lanzó a una animada descripción, gozando con su espanto al enterarse que la estrangularían cada noche, y sólo media hora más tarde se dio cuenta de lo cansados que debían estar, al ver que Patsy bostezaba.

– Tengo que irme -dijo, poniendo su vaso vacía sobre la mesa. No le habían ofrecido una segunda cerveza, pues, por lo visto, una era lo más que podían tomar las damas-. Gracias por escuchar mi parloteo.

Para sorpresa y confusión de Bob, ella le besó al darles las buenas noches; Jack trató de escabullirse, pero fue alcanzado fácilmente, mientras Hughie aceptaba la despedida con presteza. Jims se puso muy colorado y aguantó sin decir palabra. En cuanto a Patsy, se ganó un abrazo además del beso, porque también tenía algo de isla. Para Frank, ningún beso, pues volvió la cabeza; sin embargo, cuando ella le abrazó, percibió un débil eco de cierta intensidad que faltaba completamente en los otros. ¡Pobre Frank! ¿Por qué era así?

Cuando hubo salido, ella se apoyó un momento en la pared. Rain la amaba, Pero, cuando telefoneó a su habitación, la operadora le informó que se había marchado y regresado a Bonn.

Lo mismo daba. Tal vez, a fin de cuentas, sería mejor esperar a verle de nuevo en Londres. Una contrita disculpa por correo, y una invitación a cenar la próxima vez que fuese él a Inglaterra. Había muchas cosas que ignoraba acerca de Rain, pero de una estaba completamente segura: él iría a ella, porque no era rencoroso. Y, como los asuntos extranjeros eran su fuerte, Inglaterra era uno de sus más regulares puertos de arribada.

– Espera y verás, amigo mío -dijo, mirando al espejo y viendo la cara de él en vez de la suya propia-. Voy a hacer de Inglaterra tu más importante asunto exterior, o no me llamo Justine O'Neill.

No se le había ocurrido pensar que tal vez, para Rain, su nombre era el punto crucial de la cuestión. Ella tenía marcadas sus pautas de comportamiento, y el matrimonio no entraba en ellas. Jamás le había pasado por la mente que Rain pudiese querer convertirla en Justine Hartheim. Estaba demasiado absorta recordando la calidad de su beso y soñando en recibir más.

Sólo faltaba decirle a Dane que no podría acompañarle a Grecia, pero esto no la preocupaba. Dane comprendería, como siempre. Pero, por alguna razón, no pensaba contarle todos los motivos que impedían su viaje. Por mucho que quisiera a su hermano, no tenía ganas de escuchar la que habría sido su homilía más severa. Él quería que se casara con Rain; por consiguiente, si le decía cuáles eran sus planes, se la llevaría a Grecia con él, aunque fuese a viva fuerza. En cambio, si Dane no se enteraba, su corazón no podría sufrir por ello.

Querido Rain -decía la carta-. Siento haber echado a correr como una cabra loca aquella noche; no sé lo que me pasó. Debió de ser por las emociones del día y todo lo demás. Perdóname por comportarme como una imbécil. Me avergüenzo de haber armado tanto jaleo por una nimiedad. Y me atrevo a decir que también en ti se dejaron sentir los efectos de aquel día, con tus palabras de amor. Por consiguiente, te digo: perdóname, y yo te perdonaré. Seamos amigos, te lo ruego. No puedo soportar estar enfadada contigo. La próxima vez que vengas a Londres, ven a comer a mi casa y redactaremos formalmente nuestro tratado de paz.

Como de costumbre, firmaba sólo «Justine». Sin despedidas afectuosas; no las empleaba nunca. Con el ceño fruncido, Rainer estudió las sencillas frases, como si pudiese ver a través de ellas lo que había realmente en la mente de Justine al escribirlas. Era, sin duda, una apertura a la amistad; pero, ¿qué más? Suspiró y tuvo que confesarse que, probablemente, muy poco. Él la había espantado de verdad; si ella quería conservar su amistad, era una prueba de que le apreciaba mucho; pero él dudaba de llegar a comprender cuáles eran exactamente sus sentimiento/con respecto a él. A fin de cuentas, ahora Justine sabía que él la amaba; si hubiese descubierto que le amaba también, se lo habría dicho claramente en la carta. Sin embargo, ¿por qué había vuelto a Londres, en vez de irse a Grecia con Dane? Sabía que no podía esperar que fuese por su causa, pero, a pesar de sus recelos, la esperanza empezó a alegrar sus pensamientos cuando llamó a su secretaria por el teléfono interior. Eran las diez de la mañana según el horario de Greenwich, la mejor hora para encontrarla en casa.

– Llame a Miss O'Neill, en su piso de Londres -ordenó, y esperó que transcurriesen los segundos, frunciendo el entrecejo.

– ¡Rain! -dijo Justine, visiblemente entusiasmada-. ¿Recibiste mi carta?

– Acabo de recibirla.

Después de una delicada pausa, ella preguntó:

– ¿Y vendrás pronto a comer?

– Tengo que estar en Inglaterra el viernes y el sábado próximos. ¿Será demasiado pronto?

– No, si te conviene el sábado por la noche. El viernes tengo ensayo de mi papel de Desdémona.

– ¿Desdémona?

– ¡Es verdad que aún no lo sabes! Clyde me escribió a Roma, ofreciéndome el papel. Marc Simpson es Ótelo, y Clyde dirige personalmente la obra. ¿No es maravilloso? Volví a Londres en el primer avión.

Él se tapó los ojos con una mano, alegrándose de que su secretaria estuviese en la oficina exterior y no pudiese verle la cara.

– Justine, herzchen, ¡es una noticia estupenda! -exclamó, dando a su voz un tono de entusiasmo-. Me estaba preguntando por qué habías vuelto tan pronto a Londres.

– ¡Oh! Dane lo comprendió -dijo ligeramente ella-, y, en cierto modo, creo que se alegró de que le dejase solo. Había inventado una historia, diciendo que necesitaba que yo le incordiase para decicirse a ir a casa; pero creo que el verdadero motivo era que no quería que me sintiese excluida de su vida, ahora que ya es sacerdote.

– Es probable -asintió él cortésmente.

– Entonces, hasta el sábado por la tarde -dijo ella-. Alrededor de las seis; así tendremos tiempo de discutir el tratado de paz, mientras bebemos unas botellas, y te alimentaré cuando hayamos llegado a un acuerdo satisfactorio. ¿Te parece bien?

– Sí, desde luego. Adiós, herzchen.

La comunicación se cortó bruscamente al colgar ella el auricular; él sostuvo un momento el suyo en la mano y, después, se encogió de hombros y colgó a su vez. ¡Diablo de Justine! Empezaba a interponerse entre él y su trabajo.

Y siguió haciéndolo en los días sucesivos, aunque él no pensaba que nadie lo sospechara. Y el sábado por la tarde, se presentó en su piso un poco después de las seis, con las manos vacías como de costumbre, pues era difícil hacer regalos a Justine. Las flores le importaban un comino, no comía nunca caramelos y habría dejado en un rincón cualquier obsequio más costoso, olvidándolo después. Los únicos regalos que parecía apreciar eran los que le había hecho Dane.

– ¿Champaña antes de comer? -preguntó él, mirándola sorprendido.

– Creo que la ocasión así lo exige, ¿no? Fue nuestra primera ruptura de relaciones, y ésta es nuestra primera reconciliación -respondió ella, indicándole un cómodo sillón y sentándose a su. vez sobre una piel de canguro, con los labios entreabiertos, como si tuviese preparada una respuesta a cuanto pudiese él decirle.

Pero él no estaba para conversaciones, al menos hasta saber más de cierto cuál era el estado de ánimo de ella, y la observó en silencio. Antes de haberla besado, le resultaba fácil mantenerse parcialmente distanciado; pero ahora, al volver a verla por primera vez después de aquel suceso, tenía que confesarse que le resultaría mucho más difícil en el futuro.

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