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El Pajaro Canta Hasta Morir (el Pajaro Espino)

Электронная книга - «El Pajaro Canta Hasta Morir (el Pajaro Espino)». Краткое содержание книги:

En la Australia casi salvaje de los primeros años delsiglo XX, se desarrolla una trama de pasión ytragedia que afecta a tres generaciones. Una historia de amor ¿la que viven Maggie y el sacerdote Ralph de Bricassart? que se convierte en renuncia, dolor y sufrimiento, y que marca el altoprecio de la ambición y de las convenciones sociales. Una novela que supuso un verdadero fenómeno y que ha alcanzado la categoría de los clásicos.
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Él yacía sobre los peldaños, boca abajo, como muerto. ¿Qué estaba pensando? ¿Sentía un dolor que no tenía derecho a atenazarle, porque su madre no había venido? El cardenal Ralph miró a través de sus lágrimas y supo que no era dolor. Antes, sí; después, también. Pero, ahora, el dolor no existía. Todo, en el ordenando, se proyectaba en el momento, en el milagro. No había sitio en él para nada que no fuese Dios. Era el día de sus días, y nada importaba, salvo lo que iba a hacera la consagración de su vida y de su alma a Dios. Probablemente podría hacerlo; pero, ¿cuántos lo habían hecho en realidad? No el cardenal Ralph, aunque recordaba todavía su propia ordenación como colmada de santo arrobamiento. Lo había intentado con todas sus fuerzas, pero algo no había querido doblegarse dentro de él.

Mi ordenación no fue tan solemne, pero vuelvo a vivirla a través de él. Y me pregunto cómo es él en realidad, que, a pesar de nuestros temores, ha pasado tantos años entre nosotros sin provocar ninguna hostilidad, y menos una enemistad declarada. Todos le quieren, y él les quiere a todos. Nunca le pasa por la mente que esto es algo extraordinario. Y, sin embargo, cuando vino a nosotros, no estaba tan seguro de sí mismo; nosotros le dimos esta seguridad, y tal vez esto justifica nuestras existencias. Aquí se han hecho muchos sacerdotes, miles y miles de ellos; sin embargo, para él, es algo especial. ¡Oh, Meggie! ¿Por qué no has venido a ver la ofrenda que le has hecho a Nuestro Señor, la ofrenda que yo mismo no pude hacerle? Y supongo que por esto es por lo que hoy se ve él libre de dolor; porque hoy he podido yo tomar el dolor sobre mí mismo, y librarle a él de él. Yo vierto sus lágrimas, yo gimo en su lugar. Y así es como debe ser.

Más tarde, volvió la cabeza y contempló el banco de los de Drogheda, con sus extraños trajes oscuros. Bob, Jack, Hughie, Jims, Patsy. Un puesto vacío, el correspondiente a Meggie, y después, Frank. Los chillones cabellos de Justme, apagados por un velo negro de blonda; era la única hembra Cleary que estaba presente. A su lado, Rainer. Y después, un montón de personas a las que no conocía, pero que participaban en el acontecimiento con tanto entusiasmo como los de Drogheda. Pero, para él, hoy era un día diferente, un día especial. Hoy tenía la impresión de que él mismo, casi ofrecía también un hijo. Sonrió y suspiró. ¿Qué debía sentir Vitforio, al encargarle la ordenación de Dane?

Tal vez por lo mucho que echó en falta a su madre, Dane se llevó antes que nadie a Justine al locutorio que el cardenal le había reservado. Con su sotana negra y el alto cuello blanco, estaba magnífi co, pensó ella; pero no parecía un sacerdote, sino un actor en el papel de cura. Hasta que le miró a los ojos. Y entonces vio en ellos la luz interior, aquel algo que le transformaba de hombre apuesto en hombre único.

– Padre O'Neill -dijo.

– Todavía no lo he asimilado, Jus.

– Es fácil de comprender. Yo nunca había sentido lo que sentí en San Pedro; por consiguiente, no puedo imaginarme lo que debió ser para ti.

– ¡Oh! Ya lo creo que puedes; es algo interior. Si no pudieses, no serías tan buena actriz. Pero en ti, Jus, viene del subconsciente; no surge en el pensa miento hasta que necesitas emplearlo.

Estaban sentados en un pequeño sofá, en el rincón más alejado de la estancia, y nadie vino a molestarles.

Al cabo de un rato, dijo éclass="underline"

– Me alegro mucho de que Frank haya venido -y miró al sitio donde Frank estaba hablando con Rainer, con el semblante más animado que jamás le hubieran visto sus sobrinos-. Conozco a un viejo sacerdote rumano refugiado

– siguió diciendo Dane- que suele decir: «¡Oh, pobrecillo!», con una compasión en su voz… No sé por qué, pero es lo que digo siempre cuando pienso en Frank. Y sin embargo, Jus, ¿por qué?

Pero Justine hizo caso omiso de esto y pasó directamente al asunto más espinoso.

– ¡No sé qué le haría a mamá! -dijo, apretando los dientes-. ¡No tenía derecho a hacerte esto!

– ¡Oh, Jus! Yo lo comprendo. Trata tú también de comprender. Si lo hubiese hecho con mala intención o para fastidiarme, me sentiría dolido; pero tú la conoces tan bien como yo, y sabes que no hay nada de esto. Pronto iré a Drogheda. Entonces hablaré con ella y sabré lo que le pasa.

– Supongo que las hijas son siempre menos pacientes con sus madres que los hijos. -Frunció tristemente las comisuras de los labios y se encogió de hombros-. Tal vez he hecho bien en mantenerme-en soledad; así no podré imponerme a nadie en el papel de madre.

Los ojos azules la miraron dulce y cariñosamente; Justine sintió que se erizaban los cabellos, al pensar que Dane la compadecía.

– ¿Por qué no te casas con Rainer? -preguntó de pronto él.

Ella abrió la boca, contuvo el aliento.

– Nunca me lo ha pedido -declaró débilmente.

– Sólo porque se imagina que le dirías que no. Pero podría arreglarse.

Sin pensarlo, ella le agarró una oreja, como solía hacer cuando eran pequeños.

– ¡Pobre de ti se te atreves, imbécil de cuello alto! Ni una palabra, ¿entiendes? ¡Yo no amo a Rain!

Sólo es un amigo, y quiero conservarlo como tal. Si enciendes una vela a san Antonio, te juro que me sentaré, cruzaré las piernas y te lanzaré una maldición; supongo que recuerdas cuánto te asustaba esto, ¿no?

Él echó la cabeza atrás y se rió.

– ¡No te serviría de nada, Justine! Actualmente, mi magia es más poderosa que la tuya. Pero no debes preocuparte por esto, tontuela. Me equivoqué, eso es todo. Pensaba que había algo entre tú y Rain.

– No, no hay nada. ¿Después de siete años? Déjalo estar, los cerdos pueden volar. -Hizo una pausa, pareció buscar las palabras y le miró, casi tímidamente-¡Me alegro tanto por ti, Dane! Pienso que, si estuviese aquí, mamá sentiría lo mismo que yo. Sólo hace falta que te vea, así. Espera, ya cambiará de actitud.

Él tomó su afilada cara entre sus manos, cariñosamente, sonriéndole con tanto amor que ella levantó también las manos para asirle las muñecas, absorbiéndolo con todos sus poros. Como si resucitasen todos aquellos años preciosos de su infancia.

Sin embargo, detrás de lo que veía en sus ojos, percibió una sombra de duda, aunque tal vez la palabra duda era demasiado fuerte, más bien ansiedad. Él estaba seguro de que mamá acabaría comprendiendo, pero era humano, aunque procurase olvidarse de ello.

– Jus, ¿quieres hacerme un favor? -preguntó, al soltar ella sus muñecas.

– Todos los que quieras -contestó su hermana sinceramente.

– Me han concedido una especie de descanso, para reflexionar sobre lo que voy a hacer. Dos meses. Y voy a realizar mis reflexiones más profundas montado en un caballo de Drogheda, después de que haya hablado con mamá. No sé por qué, pero tengo la impresión de que no puedo decidir nada hasta haber hablado con ella. Pero ante todo, bueno… tengo que hacer acopio de valor para ir a,casa. Por consiguiente, si puedes arreglarlo, ven conmigo al Peloponeso durante un par de semanas, pínchame y hostígame, diciéndome que soy un cobarde, hasta que me harte de oír tu voz y tome un avión para librarme de ella. -Le sonrió-. Además, Jussy, no quiero que pienses que voy a excluirte en absoluto de mi vida, como tampoco a mamá. De vez en cuando, necesitas oír tu vieja conciencia.

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