El Pajaro Canta Hasta Morir (el Pajaro Espino)
- Автор: Маккалоу Колин
- Язык: испанский
- Жанр: Историческая проза
Электронная книга - «El Pajaro Canta Hasta Morir (el Pajaro Espino)». Краткое содержание книги:
Palabras vacías, falsas; de pronto, supo muy bien oué era lo que la había espantado tanto, lo que la había hecho huir de Rain como si éste hubiese querido asesinarla, no besarla. ¡La propia lógica de ello! El sentimiento de regresar al hogar, cuando no quería volver a él, como no quería las cargas del amor. El hogar era frustración, y también lo era el amor. Y no sólo esto, aunque la confesión fuese humillante: no estaba segura de que pudiese amar. Si hubiese sido capaz de ello, sin duda habría bajado la guardia alguna vez; seguramente habría sentido alguna vez la punzada de algo que era más que el afecto tolerante por sus nada frecuentes amantes. No se le ocurrió pensar que elegía a propósito amantes que nunca pudiesen amenazar la indiferencia que ella misma se había impuesto y que había llegado a considerar como absolutamente natural. Por primera vez en su vida, no tenía un punto de referencia que le sirviese de guía. Nada en el pasado podía consolarla, ningún compromiso profundo, ya fuese de ella misma o de aquellos amantes vaporosos. Y tampoco podían ayudarla sus parientes de Drogheda, porque también se había distanciado de ellos.
Había tenido que huir de Rain. ¿Decirle que sí, comprometerse con él, y, después, verle retroceder cuando descubriese la enormidad de su insuficiencia? ¡Insoportable! Él sabría cómo era ella en realidad, y este conocimiento mataría su amor por ella. Era insoportable decir sí, y verse después rechazada para siempre. Era mucho mejor que ella Je hubiese rechazado. De este modo, al menos su orgullo quedaría a salvo, y Justine era tan orgullosa como su madre. Rain no debía saber nunca cómo era ella, debajo de su apariencia petulante.
Él se había enamorado de la Justine que veía; ella no le había dado oportunidad de vislumbrar el mar de dudas que se agitaba en su interior. Esto sólo lo sospechaba…, no, lo sabía, Dane.
Se echó hacia delante para apoyar la cabeza en la fría mesita de noche, mientras las lágrimas corrían por sus mejillas. Por esto quería tanto a Dane, na turalmente. Porque sabiendo cómo era la verdadera Justine, seguía amándola. La sangre contribuía a ello, y también toda una vida de recuerdos, problemas, dolores y alegrías compartidos. En cambio, Rain era un extraño, no atado a ella como lo estaba Dane o incluso los otros miembros de su familia. Nada le obligaba a amarla.
Resopló, se enjugó la cara con la palma de la mano, se encogió de hombros y empezó la difícil tarea de encerrar su aflicción en algún oscuro rincón | de la mente, donde pudiese yacer en paz, sin ser recordada. Sabía que podía hacerlo; se había pasado la vida perfeccionando esta técnica. Sólo que requería una actividad incesante, una continua absorción de cosas externas. Alargó una mano y encendió la lámpara de la mesita de noche.
Uno de sus tíos debió dejar la carta en su habitación, porque estaba encima de la mesita; un sobre azul pálido de correo aéreo, con el membrete de Queen Elizabeth en su ángulo superior.
«Querida Justine -le escribía Clyde Daltinham-Boerts-. Vuelve al redil, ¡te necesitamos] ¡Inmediatamente! Hay un papel vacante en el repertorio de la próxima temporada, y un pajarillo me ha dicho que podría interesarte.
¡Desdémona, querida! ¡Con Marc Simpson como Ótelo! Por sí te interesa, los ensayos empiezan la semana próxima.»
¡Que si le interesaba! ¡Desdémona! ¡Desdémona, en Londres! ¡Y con Marc Simpson como Ótelo! La oportunidad de su vida. Su estado de ánimo cambió hasta el punto de que la escena con Rain perdió toda significación, o, mejor dicho, tomó una nueva significación. Tal vez si tenía cuidado, mucho cuidado, podría conservar el amor de Rain; una actriz aclamada, triunfal, estaba demasiado ocupada para compartir una parte apreciable de su vida con sus amantes. Valía la pena probar. Si parecía que él se^acercaba demasiado a la verdad, siempre podía echarse atrás de nuevo. Para conservar en su vida a Rain, y en especial a este nuevo Rain, estaba dispuesta a todo, salvo a quitarse la máscara.
En todo caso, una noticia como esta tenía que celebrarse. Todavía no se sentía con ánimos de enfrentarse con Rain, pero tenía otras personas a mano para celebrar su triunfo. Por consiguiente, se puso los zapatos, se dirigió al salón común de sus típs y, cuando Patsy le franqueó la entrada, se plantó en ia habitación y abrió los brazos, entusiasmada.
– Traed cerveza. ¡Voy a ser Desdémona! -anunció a gritos.
De momento, nadie respondió; después, Bob le dijo, calurosamente:
– ¡Es estupendo, Justine!
La satisfacción de ella no se evaporó, sino que creció con ímpetu indomeñable. Riendo, se tumbó en un sillón y miró a sus tíos. ¡Qué simpáticos eran! Desde luego, su anuncio no significaba nada para ellos. No tenían la menor idea de quién era Desdemo-na. Si les hubiese dicho que iba a casarse, la respuesta de Bob habría sido la misma.
Hasta donde alcanzaba su memoria, ellos habían formado parte de su vida, y era triste que se hubiese apartado de ellos desdeñosamente, como de todo lo que guardaba relación con Drogheda. Los tíos eran una pluralidad que nada tenía que ver con Justine O'Neill. Eran simples miembros de un conglomerado, que entraban y salían de la casa, le sonreían tímidamente y eludían toda conversación. Y no es que no la quisieran -ahora lo comprendía-, sino que tenían la impresión de que era muy distinta de ellos, y esto les hacía sentirse incómodos. Pero, en este mundo romano, extraño para ellos y familiar para ella, empezaba a comprenderles mejor.
Sintiendo por su familia el calor de algo que tal vez podía llamarse amor, Justine contemplo sucesivamente aquellas caras arrugadas y sonrientes. Bob, que era la fuerza vital de la unidad, el jefazo de Drogheda, pero sin alardear de ello; Jack, que sólo parecía seguir a Bob a todas partes, aunque tal vez se debía a lo bien que se llevaban los dos; Hughie, que tenía un algo de malicia que no tenían los otros, y que, sin embargo, se les parecía mucho; Jims y Patsy, las caras positiva y negativa de un conjunto que se bastaba por sí mismo; y el pobre y apagado Frank, el único que parecía víctima del miedo y la inseguridad. Todos ellos, salvo Jims y Patsy, tenían el pelo cano; Bob y Frank lo tenían completamente blanco; pero, en realidad, no parecían muy diferentes de como los recordaba ella de cuando era pequeña. -No sé si debería darte una cerveza -dijo Bob, vacilando, con una botella de «Swan» fría en la mano. Esta observación la habría irritado intensamente sólo medio día atrás, pero ahora era demasiado feliz para sentirse ofendida.
– Escucha, querido, sé que no se te ha ocurrido ofrecerme una cerveza durante nuestras sesiones con Rain; pero piensa que ya soy mayor y que puedo aguantarla. Te prometo que no es ningún pecado -añadió, sonriendo.
– ¿Dónde está Rainer? -preguntó Jims, tomando de Bob un vaso lleno y ofreciéndoselo a ella. -Reñí con él. -¿Con Reiner?
– Pues, sí Fue culpa mía. Le veré más tarde y le pediré perdón.
Los tíos no fumaban. Aunque ella no les había pedido nunca una cerveza, hasta hoy, en anteriores ocasiones se había puesto a fumar descaradamente' mientras ellos hablaban con Rain; ahora se necesitaba más valor del que tenía para sacar sus cigarrillos, y por esto se contentó con su pequeña victoria de la cerveza, pereciéndose por bebérsela de un trago, ¿ero dominándose a causa de sus miradas recelosas. Bebe a sorbitos como las damas, Justine, aunque estés más seca que un sermón de segunda mano.
– Rain es todo un tipo -declaró Hughie, haciendo un guiño.
Justine, sorprendida, comprendió de pronto por qué había adquirido tanta importancia para ellos: había pillado a- un hombre al que les gustaría tener en la familia.
– Sí, bastante -dijo brevemente, y cambió de tema-. Ha hecho un día espléndido, ¿no?
Todas las cabezas asintieron, incluso la de Frank; pero nadie pareció querer comentar esto. Ella veía ahora lo cansados que estaban, pero no lamentaba su impulso de visitarles. Los sentidos y los sentimientos casi atrofiados necesitaban un rato para aprender a funcionar debidamente, y los tíos eran un buen blanco para hacer prácticas. Éste era el inconveniente de ser como una isla; una se olvidaba de lo que pasaba más allá de sus playas.