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El Pajaro Canta Hasta Morir (el Pajaro Espino)

Электронная книга - «El Pajaro Canta Hasta Morir (el Pajaro Espino)». Краткое содержание книги:

En la Australia casi salvaje de los primeros años delsiglo XX, se desarrolla una trama de pasión ytragedia que afecta a tres generaciones. Una historia de amor ¿la que viven Maggie y el sacerdote Ralph de Bricassart? que se convierte en renuncia, dolor y sufrimiento, y que marca el altoprecio de la ambición y de las convenciones sociales. Una novela que supuso un verdadero fenómeno y que ha alcanzado la categoría de los clásicos.
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Probablemente, incluso cuando fuese una anciana, conservaría ella algo infantil en su cara y en sus maneras; como si nunca pudiese adquirir una feminidad esencial. Su frío, egocéntrico y lógico cerebro parecían dominarla completamente; sin embargo, Justine ejercía sobre él una fascinación tan poderosa que dudaba de que jamás pudiese remplazaría por otra mujer. Ni una sola vez se había preguntado si valía la pena sostener una lucha tan prolongada. Posiblemente, no lo valía desde un punto de vista filosófico. Pero, ¿qué importaba esto? Ella era un fin, una aspiración.

– Estás muy guapa esta noche, herzchen -dijo Rainer al fin, levantando su copa de champaña en un ademán que podía ser un brindis o un tributo a un adversario.

Un fuego de carbón chisporroteaba sin pantalla t en la pequeña chimenea victoriana; pero Justine no parecía sentir el calor, acurrucada delante de aquélla y mirando a Rainer sin pestañear. Después, dejó su copa sobre la repisa, con un leve tintineo, y se inclinó hacia delante, con los brazos cruzados sobre'las rodillas y ocultos los pies descalzos bajo los/pliegues de su gruesa bata negra.

– No me gusta andarme por las ramas -dijo-. ¿Hablaste en serio, Rain?

Súbitamente relajado, él se arrellanó en su sillón.

– ¿A qué te refieres?

– A lo que me dijiste en Roma… Que me amabas.

– ¿Conque era eso, herzchen?

Ella desvió la mirada, se encogió de hombros, volvió a mirarle y asintió con la cabeza.

– Pues, sí.

– ¿Por qué volver a hablar del tema? Me dijiste lo que pensabas, y yo me imaginé que la invitación de esta noche no era para resucitar el pasado, sino sólo para proyectar el futuro.

– ¡Oh, Rain! Te portas como si creyeras que voy a armar jaleo. Pero, aunque fuese así, seguro que comprendes la razón.

– No, no la comprendo. -Dejó su copa y se inclinó hacia delante, para observar a Justine más de cerca-. Tú me diste a entender rotundamente que no querías saber nada de mi amor, y yo esperaba que tendrías al menos la delicadeza de no volver a hablar de ello.

Justine no había pensado un solo instante que esta reunión, fuera cual fuere el resultado, habría que ser tan incómoda; a fin de cuentas, él se había colocado en la posición de un aspirante, y le correspondía esperar humildemente que ella revocase su decisión. Y, en vez de esto, parecía que él había vuelto las tornas. Ahora se sentía como una colegiala rebelde, llamada a responder de una travesura idiota.

– Mira, amigo, eres tú quien ha cambiado el statu quo, ¡no yo! ¡No te pedí que vinieses esta noche para pedirte perdón por haber herido el amor propio del gran Hartheim!

– ¿A la defensiva, Justine?

Ella se agitó con impaciencia.

– ¡Sí, maldita sea! ¿Cómo consigues hacerme esto, Rain? ¡Oh! ¡Al menos podrías dejar que por una vez llevase yo las de ganar!

– Si lo hiciese, me arrojarías como un trapo sucio -dijo él, sonriendo.

– ¡Todavía puedo hacerlo, amiguito!

– ¡Tonterías! Si no lo has hecho hasta ahora, nunca lo harás. Seguirás viéndome, porque te tengo en vilo: nunca sabes qué esperar de mí.

– ¿Por esto dijiste que me amabas? -preguntó ella, en tono dolido-. ¿Fue sólo un truco para tenerme en vilo?

– ¿Qué crees tú?

– Creo que eres un bastardo de tomo y lomo -contestó ella, apretando los dientes y avanzando de rodillas sobre la alfombra, hasta acercarse lo bastante a él para hacerle ver toda su ira-. Di otra vez que me amas, gordo alemanote, ¡y verás cómo te escupo en un ojo!

Él estaba también irritado.

– No, ¡no volveré a decirlo! No me pediste que viniera por esto, ¿verdad? Mis sentimientos te importan un bledo, Justine. Me pediste que viniera para poder experimentar tus propios sentimientos, y ni siquiera se te ocurrió pensar que esto era injusto para mí.

Antes de que ella pudiera moverse, él se inclinó hacia delante, le agarró los brazos cerca de los hombros, la atrajo y la sujetó fuertemente con las piernas. El furor de Justine se extinguió de pronto; apoyó las manos en los muslos de él y levantó la cara. Pero él no la besó. Le soltó los brazos y se volvió para apagar la lámpara colocada detrás de su sillón; entonces aflojó su presa y reclinó la cabeza en el respaldo, de modo que ella ya no supo si había oscurecido la habitación como primer paso para hacerle el amor, o simplemente para ocultar la expresión de su semblante. Insegura, temerosa de un rechazo declarado, esperó a que él dijese lo que tenía que hacer. Debía haberse dado cuenta de que no se podía jugar con hombres como Rain. Eran tan invencibles como la muerte. ¿Por qué no podía apoyar ella la cabeza en sus rodillas y decirle: ámame, Rain; te necesito, y siento todo lo pasado? ¡Oh! Seguro que, si ella podía hacer que la amase, saltaría algún resorte emocional y todo se derrumbaría, y ella quedaría liberada…

Todavía retraído, distante, él dejó que le quitase la chaqueta y la corbata; pero, al empezar a desabrocharle la camisa, supo ella que la cosa no iba a funcionar. La instintiva habilidad erótica que podía hacer excitante la operación más vulgar no figuraba en su repertorio. Esto era tan importante para ella, que se estaba haciendo un lío. Sus dedos vacilaron y sus labios se fruncieron. Y entonces se echó a llorar.

– ¡Oh, no!!Herzchen, Hebchen, no llores! -La sentó en sus rodillas y, abrazándola, hizo que apoyase la cabeza en su hombro-. Lo siento, herzchen, no quería hacerte llorar.

– Ahora ya lo sabes -dijo ella, entre sollozos-. Soy un desastre; ¡ya te dije que no saldría bien! Quería conservarte, Rain, lo quería desesperadamente, pero sabía que todo iría mal si dejaba que vieses lo horrible que soy.

– No, claro que no podía ir bien. Era imposible. Porque yo no te ayudaba, herzchen. -La asió de los cabellos para hacerle levantar la cara, y le besó los párpados, las húmedas mejillas, las comisuras de los labios-. Fue culpa mía, herzchen, no tuya. Quería pagarte con tu misma moneda; quería ver hasta dónde podías ir sin animarte. Pero creo que interpreté mal tus motivos, nicht wahr? -Su voz se había hecho más espesa, más alemana-. Y digo que, si es esto lo que quieres, lo tendrás; pero ha de ser en seguida.

– Por favor, Rain, ¡dejémoslo! No tengo lo que hace falta. ¡Te defraudaría!

– ¡Oh! Lo tienes, herzchen; lo he visto en el escenario. ¿Cómo puedes dudar de ti misma cuando estás conmigo?

Lo cual era tan cierto que sus lágrimas se secaron.

– Bésame como lo hiciste en Roma -murmuró él.

Sólo que no fue en absoluto como el beso de Roma. Aquél había sido tosco, repentino, explosivo; éste fue lánguido y profundo, una oportunidad de gustar y oler y sentir, de sumirse gradualmente en una paz voluptuosa. Sus dedos volvieron a los botones; los de él fueron a la cremallera de su vestido, y después le asieron la mano y la llevaron sobreel pecho recubierto de un vello fino y suave. El subjto endurecimiento de la boca de él sobre el cuello dVella provocó una reacción invencible y tan aguda qué~~ella se sintió desfallecer, pensó que se caía y descubrió que era verdad, al encontrarse sobre la sedosa alfombra junto a Rain. Éste se había quitado la camisa, tal vez algo más, aunque no podía verlo; sólo veía el reflejo de la lumbre sobre los hombros de él, y la boca hermosa y dura. Decidida a destruir su disciplina para siempre, ella agarró los cabellos del hombre y le obligó a besarla de nuevo, más fuerte, ¡más fuerte!

¡Y la sensación de él! Como llegar a casa, reconociéndola en todas sus partes y, sin embargo, encontrándola fabulosa y extraña. Mientras el mundo se hundía en el marco diminuto de la chimenea, cuya luz luchaba contra la oscuridad, ella se abandonó a lo que él quería, y descubrió algo que no había advertido desde que le conocía: que él debió de haberla amado mil veces en imaginación. Su propia experiencia y su nueva intuición así se lo decían. Ahora estaba completamente desarmada. Con cualquier otro hombre, esta intimidad y esta sensualidad asombrosa la habrían espantado, pero ahora se dijo que éstas eran cosas que sólo ella tenía dererho a gobernar. Y así lo hizo. Hasta que al fin le grite pidiéndole que terminase, abrazándole con tal fuerza que podía sentir los contornos de sus huesos.

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