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El Pajaro Canta Hasta Morir (el Pajaro Espino)

Электронная книга - «El Pajaro Canta Hasta Morir (el Pajaro Espino)». Краткое содержание книги:

En la Australia casi salvaje de los primeros años delsiglo XX, se desarrolla una trama de pasión ytragedia que afecta a tres generaciones. Una historia de amor ¿la que viven Maggie y el sacerdote Ralph de Bricassart? que se convierte en renuncia, dolor y sufrimiento, y que marca el altoprecio de la ambición y de las convenciones sociales. Una novela que supuso un verdadero fenómeno y que ha alcanzado la categoría de los clásicos.
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Ella saltó, se sentó en el pretil de la fuente y se calzó 'los zapatos, retorciendo con irritación los dedos de los pies.

– Tengo los pies hinchados, ¡maldita sea!

Como no manifestó ninguna reacción de enojo o de indignación, cualquiera habría dicho que no había oído siquiera lo último que dijera él. Como si, al dirigirle alguien una censura o una crítica, se limitase ella a desconectar unos auriculares internos. ¡Cuántas veces no lo habría hecho! Lo milagroso era que no odiase a Dane.

– Es una pregunta muy difícil de contestar -declaró al fin-. Debo poder hacerlo, o no sería tan buena actriz como dicen, ¿no es cierto? Pero es como… una espera. Me refiero a mi vida fuera del escenario. Me conservo, no puedo gastarme fuera de la escena. Tenemos que dar mucho, ¿no cree? Y allá arriba, no soy yo, o quizá, dicho más correctamente, soy una serie sucesiva de «yoes». Todos debemos ser una mezcla profunda de persona, ¿verdad? Para mí, representar es, ante todo y sobre todo, cuestión de inteligencia, y, sólo después, de emoción. Una cosa libera la otra, y la pule. No basta con llorar o gritar o reír de un modo convincente. Es maravilloso, ¿sabe? Pensar que soy otro yo, alguien que habría podido ser, en otras circunstancias. Éste es el secreto. No convertirme en otra persona, sino incorporar su papel como si fuese yo misma. Y así, convertirla en mí misma. -Como si la excitación no le permitiese estarse quieta, saltó sobre sus pies-. ¡Imagínese, Rain! Dentro de veinte años, podré decirme: he cometido asesinatos, me he suicidado, me he vuelto loca, he salvado o arruinado a hombres. ¡Oh! ¡Las posibilidades son infinitas!

– Y todas serán usted. -Él se levantó y volvió a asirla de tina mano-. Sí; tiene toda la razón, Justine. No puede gastarse fuera del escenario. Si fuese otra persona, diría que lo haría a pesar de todo; pero, tratándose de usted, no estoy tan seguro.

18

Si se empeñaban en ello, los moradores de Droheda podían imaginarse que Roma y Londres no estaban más lejos que Sydney, y que los ya crecidos Dane y Justine seguían siendo los niños que iban al pensionado. Naturalmente, no podían venir a casa para las vacaciones cortas, como antaño; pero, una vez al año, pasaban en ella al menos un mes, por lo general agosto o setiembre, y su aspecto era casi el mismo de antes. ¿Qué importaba que tuviesen quince y dieciséis, o veintidós y veintitrés años? Y, si los de Drogheda esperaban a principios de primavera como: «Bueno, ¡sólo faltan unas pocas semanas!» o «¡Dios mío, todavía no hace un mes que se marcharon!» Pero, en julio, todos caminaban con más brío y las sonrisas se hacían permanentes en sus rostros. Desde la cocina hasta la dehesa y hasta el salón, se proyectaban banquetes y regalos.

Mientras tanto, se iban cruzando cartas. La mayor parte de ellas reflejaban la personalidad de sus autores, pero, algunas veces, resultaban contradictorias. Por ejemplo, cabía pensar que Dane escribiría con regularidad y que Justine lo haría raras veces. Que Fee no escribiría nunca. Que los varones Cleary lo harían dos veces al año. Que Meggie beneficiaría al servicio de correos con cartas dianas, al menos para Dane. Que la señora Smith, Minnie y Cat, mandarían felicitaciones de cumpleaños y de Navidad. Que Anne Mueller escribiría a menudo a Justine, y nunca a Dane. Las intenciones de Dane eran buenas, y de.hecho escribía con regularidad. Pero lo malo era que se olvidaba de echar al correo los frutos de sus esfuerzos, con el resultado de que pasaban dos o tres meses sin noticias suyas y, de pronto, Drogheda recibía docenas de cartas en la misma remesa. La locuaz Justine escribía largas misivas que eran puros desahogos de conciencia, lo bastante rudas para provocar rubores y murmullos de alarma, y absolutamente fascinantes. Meggie escribía sólo una vez cada dos semanas a sus dos hijos. Si Justine no recibía nunca cartas pe su abuela, Dane las recibía con mucha frecuencia. También las recibía regularmente de todos sus tíqs, que le hablaban de la tierra y de los corderos y de la salud de las mujeres de Drogheda, pues parecían pensar que tenían el deber de asegurarle que todo marchaba realmente bien en casa. En cambio, no hacían partícipe de esto a Justine, que se habría sentido abrumada por ello. En cuanto a los demás, la señora Smith, Minnie, Cat y Anne Mueller, su correspondencia era como cabía esperar.

Era estupendo leer cartas, y muy pesado escribirlas. Es decir, para todos menos para Justine, que sentía punzadas de irritación porque nunca le enviaban las cartas que deseaba: largas, llanas y francas. Los de Drogheda recibían de Justine la mayor parte de la información sobre Dane, pues las cartas de éste nunca describían plenamente la escena a sus lectoras, como hacían las de Justine.

«Rain ha llegado hoy a Londres en avión -escribió una vez- y me ha dicho que vio a Dane en Roma la semana pasada. Bueno, ve a Dane mucho más que a mí, ya que Roma está en primer lugar en su agenda de viajes, y Londres, en el último. Por consiguiente, debo confesar que Rain es una de las primeras razo nes de que yo vaya todos los años a reunifme con Dane en Roma, antes de venir los dos a casa. A Dane le gusta venir a Londres, pero yo no se lo permito si Rain está en Roma. Soy una egoísta. Pero no tienes idea de lo bien que lo paso con Rain. Es una de las pocas personas que conozco a la que no le importa un bledo mi dinero, y quisiera que nos viésemos más a menudo.

»En un aspecto, Rain tiene más suerte que yo. Se reúne con los condiscípulos de Dane donde yo no puedo hacerlo. Supongo que Dane se imagina que los violaría allí mismo. O tal vez piensa que ellos me violarían a mí. ¡Ah! Esto sólo pasaría si me viesen con mi traje de amazona. Es despampanante; de verdad. Parezco una Theda Bara puesta al día. Dos pequeños escudos de bronce en el pecho, muchísimas cadenas y una cosa que supongo que es un cinturón de castidad y que se necesitaría un abrelatas para cortarlo. Con una larga peluca negra, pintado el cuerpo de oscuro, y con mis trozos de metal, estoy arrebatadora.

»¿Por dónde iba? ¡Ah, sí! Rain estuvo en Roma, la semana pasada, con Dane y sus compañeros. Se fueron todos de parranda. Rain insistió en pagar, salvando a Dane de un apuró. ¡Menuda noche! Nada de mujeres, desde luego, pero sí todo lo demás. ¿Podéis imaginaros a Dane arrodillado en el sucio suelo de un bar romano, recitando «El cielo está enladrillado, quién lo desenladrillará…?» Durante diez minutos trató de poner en orden las palabras sin conseguirlo; entonces, renunció, se puso un clavel entre los dientes y empezó a bailar. ¿Os imagináis a Dane haciendo esto? Rain dice que es una cosa inofensiva y necesaria, que no se puede estar siempre trabajando sin divertirse, etc. Excluidas las mujeres, lo mejor es un buen copazo. Al menos, así lo dice Rain. Pero no vayáis a pensar que esto sucede a menudo, y creo que, cuando sucede. Rain es el promotor y va con ellos para vigilar a la ingenua pandilla. Pero yo me reí de buena gana, pensando en que a Dane se le caía la corona mientras bailaba flamenco con un clavel entre los dientes.

Dane tuvo que pasar ocho años en Roma preparándose para el sacerdocio, y, al principio, todos pensaban que este período no terminaría nunca. Sin embargo, los ocho años pasaron mucho más de prisa de lo que había imaginado la gente de Drogheda. Nadie sabía exactamente lo que pensaba hacer cuando hubiese sido ordenado, pero presumían que regresaría a Australia. Sólo Meggie y Justine sospechaban que querría quedarse en Italia, aunque Meggie calmaba su inquietud pensando en lo contento que parecía cuando venía todos los años a casa. Era australiano, tenía que querer volver a casa. Justine era diferente. Nadie soñaba en su regreso definitivo. Era actriz; no podía hacer carrera en Australia. En cambio, el trabajo de Dane podía realizarse con igual celo en todas partes.

Lo cierto fue que, en el octavo año, nadie hizo planes para las vacaciones anuales de chicos; en vez de esto, la familia de Drogheda preparó el viaje a Roma, para asistir a la ordenación de Dane.

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