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El camino de dagas

Электронная книга - «El camino de dagas». Краткое содержание книги:

Mientras Elayne y Nynaeve tratan de hacer funcionar el Cuenco de los Vientos, Perrin se dirige a Ghealdan para que la reina Alliandre respalde públicamente al Dragón Renacido. Rand continúa en Illian, intentando pacificar el país.
El tan deseado cambio climático, propiciado por el Cuenco de los Vientos, provoca bruscos cambios de temperatura que dificultan el desplazamiento de tropas.
Rand decide hacer frente a los seanchan en las costas de Ilian para frenar el avance del ejército invasor, pero además de al enemigo también tendrá que enfrentarse a la traición.
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Rand se centró en sentir el saidin. Aunque era consciente de él en todo momento —cualquier otra cosa habría significado la muerte o algo peor—, se había acostumbrado al forcejeo con el Poder. Luchaba por su vida, pero la lucha había pasado a ser algo tan natural como la propia vida. La lucha era la vida. Se obligó a sentir ese forcejeo, a sentir su vida. Frío que pulverizaría rocas. Fuego que las volatilizaría. Inmundicia que haría que una nauseabunda cloaca pareciera un jardín florido. Y… una especie de pulsación, como algo palpitando dentro de su puño. No era la clase de vibración que había sentido en Shadar Logoth, cuando la infección de la mitad masculina de la Fuente había resonado con la maldad de ese lugar y el saidin había palpitado a su compás. Aquí, la inmundicia era intensa, pero estable. Era el propio saidin el que parecía lleno de corrientes, de repentinos flujos. Ansioso, lo había descrito Dashiva, y Rand entendía por qué.

En la ladera, detrás de Flinn, Morr se pasó los dedos por el pelo y miró en derredor con inquietud. Flinn rebullía en la silla y toqueteaba la espada en la vaina alternativamente. Narishma, que escudriñaba el cielo en busca de criaturas voladoras, parpadeaba con excesiva frecuencia. En la mejilla de Adley, un músculo se contraía en un tic. Todos ellos mostraban algún signo de nerviosismo, y no era de extrañar. Rand experimentó un gran alivio. No eran señales de demencia, después de todo. Dashiva sonrió, una mueca sesgada y ufana.

—No puedo creer que no lo notaseis antes. —En su voz había un timbre rayano en el desdén y la sorna—. Habéis estado asiendo el saidin prácticamente día y noche desde que emprendimos esta absurda expedición. Esto sólo es una simple salvaguardia, pero no quería formarse, y luego se unió bruscamente, como soltándose de golpe de mis manos.

La línea azul pateada de un acceso rotó en lo alto de una de las peladas colinas, casi un kilómetro al oeste; un soldado salió por él tirando de su caballo y montó rápidamente, de regreso de su exploración. Incluso a esa distancia, Rand pudo distinguir el débil brillo de los tejidos que rodeaban el acceso antes de desvanecerse. El jinete no había llegado al pie de la colina cuando se abrió otro en la cima, y lo siguieron un tercero, un cuarto, y más, uno detrás de otro, casi tan deprisa como el hombre precedente se quitaba de en medio para dejar paso al próximo.

—Pero se formó —dijo finalmente Rand. Y también los accesos de los exploradores—. Si el saidin es difícil de controlar, siempre lo ha sido, y sigue haciendo lo que quieres. —Pero ¿por qué la dificultad aumentaba allí? Un interrogante para otro momento. Luz, ojalá Herid Fel no hubiese muerto; el viejo filósofo podría haber tenido la respuesta—. Regresa con los otros, Dashiva —ordenó, pero éste se quedó mirándolo sin salir de su asombro, y Rand tuvo que repetirlo para que el hombre dejara que la salvaguardia se desvaneciera para, acto seguido, hacer girar bruscamente el caballo sin saludar siquiera y taconear al animal cuesta abajo.

—¿Algún problema, milord Dragón? —dijo con una sonrisa tonta Anaiyella. Ailil se limitó a mirarlo con frialdad.

Viendo que el primer explorador se dirigía hacia Rand, los demás se desplegaron hacia el norte y el sur, donde se unirían a una de las otras columnas. Encontrarlas a la antigua usanza sería más rápido que buscarlas con accesos. Nalaam sofrenó su caballo delante de Rand y saludó golpeándose con el puño en el pecho. ¿Había una mirada desquiciada en sus ojos? Tras saludar, Nalaam presentó su informe. Los seanchan no estaban acampados a quince kilómetros, sino que se encontraban a ocho o nueve de distancia, marchando hacia el este. Y tenían decenas y decenas de sul’dam y damane.

Rand impartió órdenes mientras Nalaam se alejaba a galope, y su columna emprendió la marcha hacia el oeste. Los Defensores y los Compañeros cabalgaban a uno y otro flanco, y los legionarios iban en retaguardia, justo detrás de Denharad. Era una advertencia a las nobles y a sus mesnaderos, por si hacía falta recordárselo. De hecho, Anaiyella miraba hacia atrás cada dos por tres, y el empeño de Ailil para no hacerlo resultaba harto significativo. Rand, junto con Flinn y los demás Asha’man, formaban la fuerza ofensiva principal, igual que ocurría en las otras columnas. Asha’man para atacar y hombres con armas tradicionales para guardarles las espaldas mientras ellos mataban. Al sol todavía le faltaba un largo trecho para llegar al cenit. Nada había cambiado para modificar el plan.

«La locura aguarda a algunos —susurró Lews Therin— y se acerca sigilosamente a otros».

Miraj cabalgaba cerca de la cabeza de su ejército en marcha hacia el este, a lo largo de la calzada embarrada que serpenteaba entre ondulados olivares y bosques discontinuos. Cerca, pero no a la cabeza. Un regimiento completo, en su mayoría de seanchan, cabalgaba entre él y los exploradores de avanzada. Había conocido generales que querían ir al frente de las tropas. Casi todos estaban muertos. Y también casi todos habían perdido la batalla en la que murieron. El barro impedía que se levantara polvo, pero la noticia de un ejército en marcha se propagaba con tanta rapidez como un fuego arrasador en los llanos Sa’las, cualquiera que fuese el país. Aquí y allí, entre los olivos, se veía una carretilla o una podadora abandonada, pero hacía mucho que los trabajadores habían desaparecido. Con suerte, lograría pasar inadvertido a sus oponentes al igual que ellos procurarían no llamar su atención. Con suerte, y a falta de raken, sus oponentes no sabrían que iba a caer sobre ellos hasta que fuera demasiado tarde. A Kennar Miraj no le gustaba confiar en la suerte.

Aparte de suboficiales, listos para trazar mapas o escribir órdenes, y mensajeros dispuestos a llevarlas, sólo lo acompañaban Abaldar Yulan, un hombre fiero, negro como el carbón, lo bastante menudo para que su castrado marrón pareciera inmenso en comparación, que tenía lacadas las uñas de los meñiques en color verde y que llevaba una peluca negra para ocultar su calvicie, y Lisaine Jarath, una mujer canosa, oriunda de la misma Seandar, cuyo rostro regordete y pálido y ojos azules eran un modelo de serenidad. Todo lo contrario que Yulan; el capitán del Aire de Miraj a menudo fruncía el entrecejo por las reglas que rara vez le permitían ya montar un raken, pero ahora su gesto ceñudo se marcaba tanto que parecía llegarle al hueso. El cielo estaba despejado, un tiempo perfecto para los raken, pero por orden de Suroth ninguno de sus voladores subiría a la silla ese día, no allí. Había muy pocos raken como para arriesgarlos sin necesidad. La calma de Lisaine era motivo de mayor inquietud para Miraj. Más que la superiora Der’sul’dam a su mando, era una amiga con la que había compartido muchas tazas de kaf y no menos partidas de guijas. Era una mujer animada, siempre parloteando con entusiasmo y buen humor. Ahora mostraba una gélida calma, tan silenciosa como todas las sul’dam a las que había intentado sonsacar.

Al alcance de su vista había veinte damane que flanqueaban a los jinetes, cada cual caminando junto a la montura de su sul’dam. Éstas se inclinaban en las sillas cada dos por tres para dar unas palmaditas en la cabeza de su damane, y se erguían para volver a agacharse al momento y acariciarle el cabello. A él le parecía que las damane estaban bastante serenas, pero saltaba a la vista que no ocurría lo mismo con las sul’dam. Y la vivaz Lisaine cabalgaba más callada que una piedra.

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