Traficantes de dinero
- Автор: Хейли Артур
- Язык: испанский
- Жанр: Современная русская и зарубежная проза
Электронная книга - «Traficantes de dinero». Краткое содержание книги:
El jefe de Seguridad estaba profundamente afectado tras la reunión del martes por la mañana en el cuarto de sesiones, porque la verdad era que, en una década, él y Ben Rosselli habían conseguido tenerse amistad y mutuo respeto.
No siempre había sido así. Ayer, al volver de la torre de los ejecutivos a su oficina más modesta, que daba a un tragaluz, Wainwright dijo a su secretaria que no le molestara por un rato. Después se sentó ante el escritorio, triste, pensativo, recordando la primera vez que había chocado con la voluntad de Ben Rosselli.
Hacía diez años. Nolan Wainwright era nuevo jefe de policía en un pueblecito de las afueras. Antes había sido teniente de detectives en un gran fuerza ciudadana, con una ficha notable. Tenía capacidad para ser jefe y, dado el clima de los tiempos, probablemente había ayudado a su candidatura el hecho de que fuera negro.
Poco después del nombramiento del nuevo jefe, Ben Rosselli salió en auto por las afueras del pueblecito y sobrepasó la velocidad de 80 kilómetros permitida. Un patrullero de la policía local le extendió una citación ante el tribunal de tráfico.
Tal vez porque su vida era conservadora en otros sentidos, a Ben Rosselli siempre le habían gustado los coches rápidos, y los conducía como los habían planeado los diseñadores… con el pie derecho casi tocando el suelo.
Una citación por exceso de velocidad era cosa de rutina. De vuelta al First Mercantile American, envió la citación, como de costumbre, al departamento de Seguridad del banco, con instrucciones de arreglar la cosa. Para el hombre más poderoso del estado en cuestión de dinero, muchas cosas podían arreglarse, y se arreglaban.
La citación fue despachada por correo al día siguiente, al gerente de la sucursal del FMA de la ciudad donde había sido enviada. Sucedió que el gerente era también consejero municipal y había influido en el nombramiento de Nolan Wainwright como jefe de policía.
Con menos amabilidad, el consejero manifestó a Wainwright que él era nuevo en la comunidad, que necesitaba amigos y que la falta de cooperación no era manera para conseguirlos. Wainwright se negó a hacer nada en favor de la citación.
El consejero sacó a luz su condición de banquero y recordó al jefe de policía que él, personalmente, había recomendado al First Mercantile American una hipoteca privada, destinada a permitir que Wainwright trajera a la ciudad a su mujer y a su familia. Míster Rosselli, añadió de manera un poco innecesaria el gerente, era presidente del FMA.
Nolan Wainwright dijo que no veía relación entre una solicitud de préstamo y una citación de tráfico.
A su debido tiempo míster Rosselli, que fue llamado ante los tribunales, sufrió una pesada multa por conducir indebidamente y recibió tres puntos en contra, que iban a anotarse en su libreta de conductor. Quedó terriblemente enojado.
También, a su debido tiempo, la solicitud de hipoteca de Nolan Wainwright fue rechazada por el First Mercantile American.
No había pasado una semana cuando Wainwright se presentó en la oficina de Rosselli, en el piso treinta y seis de la Torre del FMA, aprovechando una facilidad de ingreso que enorgullecía al mismo presidente.
Al enterarse de quién era su visitante, Ben Rosselli se sorprendió de que fuera negro. Nadie se lo había mencionado. No era que esto importase para la todavía temblorosa ira del banquero ante la ignominiosa anotación en su libreta de conductor… la primera en su vida.
Wainwright habló con frialdad. Ben Rosselli no sabía nada del préstamo hipotecario pedido por el jefe de policía y del rechazo consiguiente; tales asuntos se habían llevado a cabo en un nivel más bajo que el del presidente. Pero olió la injusticia y pidió que le trajeran el fichero del préstamo, que examinó mientras Nolan Wainwright esperaba.
– Por simple curiosidad -dijo Ben Rosselli al terminar de leer-, si no le otorgamos este préstamo. ¿Qué piensa hacer?
La respuesta de Wainwright fue ahora helada.
– Luchar. Contrataré a un abogado e iremos a la Comisión de Derechos Civiles en primer término. Si no tenemos éxito, haremos cualquier cosa que pueda hacerse para molestarles a ustedes.
Era evidente que hablaba en serio, y el banquero exclamó:
– No me mueven las amenazas.
– No estoy amenazando. Usted me ha hecho una pregunta y se la contesto.
Ben Rosselli vaciló, después garabateó una firma en el fichero y dijo, sin sonreír:
– La solicitud está concedida.
Antes que Wainwright se fuera, el banquero preguntó:
– ¿Qué pasará ahora si me cogen a toda velocidad en su pueblo?
– Le detendremos. Si se trata de otra acusación de velocidad, probablemente irá a la cárcel.
Al ver irse al policía, Ben Rosselli tuvo una idea, que confió años después a Wainwright: Ah, tipo recto. Algún día te cogeré.
Nunca lo hizo… en ese sentido. Pero lo hizo en otro.
Dos años más tarde, cuando el banco buscaba a un ejecutivo para el Departamento de Seguridad que fuera -como decía el personal- «tenazmente fuerte y totalmente incorruptible», Rosselli dijo:
– Yo conozco a ese hombre.
Poco después se hizo una oferta a Nolan Wainwright, se firmó un contrato, y Wainwright entró a trabajar en el FMA.
Desde entonces Ben Rosselli y Wainwright nunca habían tenido un choque. El nuevo jefe de Seguridad cumplía con su tarea eficientemente y procuraba compenetrarse más siguiendo cursos nocturnos de teoría bancaria. Rosselli, por su parte, nunca pidió a Wainwright que quebrara su rígido código de ética y el banquero hizo que le arreglaran en otra parte las citaciones por velocidad, en lugar de hacerlo por intermedio de su oficina de Seguridad, en la creencia de que Wainwright no estaba enterado de la cosa, aunque generalmente lo estaba.
De todos modos la amistad entre los dos hombres creció, hasta que, tras la muerte de la mujer de Ben Rosselli, Wainwright empezó a comer frecuentemente con el viejo y después jugaban al ajedrez hasta altas horas de la noche.
En cierto modo había sido un consuelo para Wainwright también, porque su matrimonio había terminado en divorcio, poco después de entrar a trabajar para el FMA. Sus nuevas responsabilidades y las sesiones con el viejo Ben ayudaban a colmar el vacío.
Hablaban en esas ocasiones sobre las creencias personales, y se influían el uno al otro de una manera que ambos comprendían, y también en otras, de las que ninguno de los dos era consciente. Fue Wainwright -aunque los dos fueron los únicos en saberlo- quien convenció al presidente del banco para que usara su prestigio personal y el dinero del FMA para contribuir al desarrollo del Forum East en la olvidada zona de la ciudad, donde Wainwright había nacido y pasado sus años de adolescente.
Así, como muchos otros en el banco, Nolan Wainwright tenía sus recuerdos privados de Ben Rosselli, y su propio dolor.
Hoy, su estado depresivo persistía, y, tras una mañana en la cual casi no se había movido de su escritorio, evitando ver a gente que no necesitaba ver, Wainwright se dirigió solo a almorzar. Fue a un pequeño café en el otro lado de la ciudad, donde acudía a veces cuando quería sentirse por unos momentos libre del FMA y de sus negocios. Volvió a tiempo para una cita con Vandervoort.
El lugar del encuentro era la División de Tarjetas Clave de Crédito del banco, situada en la Torre Principal.
En el sistema de tarjetas de crédito, el FMA había sido uno de los pioneros y ahora operaba en conjunto con un fuerte grupo de otros bancos en los Estados Unidos, Canadá y en ultramar. Las Tarjetas Clave venían inmediatamente después del sistema del Bankamericard y del Cargo Máximo. Alex Vandervoort tenía, dentro del FMA, toda la responsabilidad por esta división.
Vandervoort llegó temprano y, cuando Nolan Wainwright se presentó, ya estaba en el centro de autorización de las Tarjetas de Crédito, observando las operaciones. El jefe de Seguridad del banco se le unió.