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Observadores del pasado: La redención de Cristóbal Colón [Pastwatch: The Redemption of Christopher Columbus - es]

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En un futuro no demasiado lejano, un pequeño grupo de científicos e historiadores dedican sus horas a estudiar el pasado con una nueva máquina de observación a través del tiempo, la TruSite II.
Por desgracia su mundo es un lugar trágico: la especie humana ha quedado reducida a una población de menos de mil millones de personas tras un siglo de guerras y plagas, de sequía, de inundaciones y de hambrunas. Ha habido demasiadas extinciones, demasiada tierra ha quedado envenenada y baldía. La gente que sobrevive lucha por renovar el planeta, mientras los especialistas observan el pasado en busca de las causas de su terrible presente.
Un día, sin embargo, al contemplar la terrible matanza de las tribus caribeñas a manos de los españoles, que conducidos por Cristóbal Colón se dirigen a La Hispaniola, la observadora Tagin descubre que la mujer a quien está estudiando también la ve a ella y, a su vez, interpreta esa imagen como un mensaje de los dioses.
¿Podría alterarse el pasado? ¿Seria correcto que un pequeño grupo de observadores actuara deforma que, de tener éxito, hiciera desaparecer una línea temporal, aunque fuera la suya propia? ¿Se justificaría su acción si, gracias a ella, se evitara la muerte de todo el planeta?
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—También vio que éramos dos, que la observamos tres veces, que yo sabía que podía vernos. Incluso acertó nuestra época con gran aproximación. Ella vio y comprendió. Nosotros cambiamos el pasado.

Hassan se encogió de hombros.

—Lo sé —dijo. Entonces se enderezó en su asiento, otra vez alerta, pues había encontrado un argumento—. Eso no significa que la circularidad sea falsa. Los españoles se comportaron exactamente igual de lo que lo habrían hecho de todas formas, así que cualquier cambio que se produjera porque ella nos vio observarla no creó ninguna diferencia en el futuro, ya que ella y todos los suyos murieron pronto. Tal vez sea el único caso en que el TruSite II tiene un efecto rebote. Cuando no puede crear ninguna diferencia. Así que el pasado sigue a salvo de nuestra intervención. Lo que significa que también nosotros estamos a salvo.

Tagiri no se molestó en señalar que aunque los españoles hubieran matado o esclavizado a todo el mundo, eso no cambiaba el hecho de que a causa de lo que Putukam vio en su sueño, la gente cantaba una oración cuando fueron capturados. Eso tuvo que tener un efecto sobre los españoles. Una situación tan extraña tuvo que cambiar sus vidas, aunque fuera mínimamente. Ningún cambio en el pasado dejaría de tener algún tipo de reverberación. Era el ala de la mariposa, como enseñaban en el colegio: ¿quién sabía si una tormenta en el Atlántico Norte no habría sido provocada, muy lejos en la cadena de causa y efecto, por el movimiento del ala de una mariposa en China? Pero no tenía sentido discutir esto con Hassan. Que creyera en la seguridad mientras pudiera. Ya nada era seguro; pero los observadores tampoco carecían de poder.

—Ella me vio —dijo Tagiri—. Su desesperación la hizo creer que yo era un dios. Y su sufrimiento me hace desear que hubiera tenido razón. Tener el poder de ayudar a esa gente… Hassan, si pudo sentirnos, eso significa que estamos enviando algo hacia atrás. Y si enviamos algo, cualquier cosa, entonces tal vez podamos hacer algo que sirva de ayuda.

—¿Cómo podríamos salvar esa aldea? —dijo Hassan—. Aunque fuera posible viajar hacia atrás en el tiempo, ¿qué haríamos? ¿Dirigir un ejército vengador para destruir a los españoles que llegaron allí? ¿Qué conseguiría eso? Más tarde vendrían más españoles, o ingleses, o habitantes de cualquier otra nación conquistadora de Europa. Y mientras tanto, nuestra propia época habría sido destruida. Deshecha por nuestra propia intervención. No puedes cambiar grandes hechos históricos cambiando sólo un acontecimiento diminuto. Las fuerzas de la historia continuarían de todas formas.

—Querido Hassan, ahora me dices que la historia es una fuerza tan inexorable que no podemos alterar su marcha hacia adelante. Sin embargo, hace un momento me decías que cualquier cambio, por pequeño que fuera, alteraría tanto la historia que desharía nuestra propia época. Explícame por qué esto no es una contradicción.

—Lo es, pero eso no significa que sea falso. La historia es un sistema caótico. Los detalles pueden cambiar interminablemente, pero la forma general sigue siendo constante. Haz un pequeño cambio en el pasado, y eso cambia tantos detalles suficientes en el presente que no habríamos venido juntos a este lugar concreto a ver esta escena concreta. Y sin embargo los grandes movimientos de la historia quedarían intactos.

—Ninguno de nosotros es matemático —dijo Tagiri—. Sólo estamos jugando a la lógica. El hecho es que Putukam nos vio, a ti y a mí. Hay algún tipo de envío desde nuestra época al pasado. Eso lo cambia todo, y pronto los matemáticos descubrirán explicaciones más verdaderas para el funcionamiento de nuestras máquinas del tiempo; entonces veremos qué es posible y qué no lo es. Y si resulta que podemos alcanzar el pasado, de forma deliberada y con un propósito, entonces lo haremos, tú y yo.

—¿Y por qué?

—Porque ella nos vio a nosotros. Porque ella… nos dio forma.

—Rezó para que enviáramos una plaga que eliminara a todos los indios antes de que llegaran los europeos. ¿De verdad vas a tomarte eso en serio?

—Si vamos a ser dioses, entonces creo que tenemos un deber que cumplir con soluciones mejores que las de la gente que nos reza.

—Pero no vamos a ser dioses —dijo Hassan.

—Pareces seguro de eso.

—Porque estoy seguro de que la gente de nuestro tiempo no recibirá con agrado la idea de que nuestro mundo se deshaga para aliviar el sufrimiento de un pequeño grupo de personas muertas hace siglos.

—La palabra no es deshacer —dijo Tagiri—. Sino rehacer.

—Estás aún más loca que los cristianos. Creen que la muerte de un hombre y su sufrimiento mereció la pena porque salvo a toda la humanidad. Pero tú estás dispuesta a sacrificar a la mitad de las personas que han vivido jamás, sólo para salvar a una aldea.

Ella se le quedó mirando.

—Tienes razón —dijo—. Por una aldea no merecería la pena.

Y se marchó.

Era real, lo sabía. El TruSite II había llegado al pasado, y los observadores eran de algún modo visibles por los observados, si sabían dónde mirar, si estaban ansiosos por ver. ¿Qué deberían hacer entonces? Sabía que habría gente que querría cerrar toda la Vigilancia del Pasado para evitar el riesgo de contaminar la historia con resultados impredecibles y posiblemente devastadores en el presente. Y habría otros que confiarían complacientes en las paradojas, creyendo que Vigilancia podría ser vista por gente del pasado sólo en circunstancias donde sin duda no se podría afectar al futuro. Una reacción temerosa desmedida o la negligencia indolente, ninguna de las dos actitudes era apropiada. Hassan y ella habían cambiado el pasado, y el cambio que introdujeron había, de hecho, modificado el presente. Quizá no había cambiado todas las generaciones intermedias desde entonces, pero sin duda los había cambiado a Hassan y a ella. Ninguno de ellos pensaría, haría o diría nada que hubieran pensado, hecho o dicho sin haber oído la oración de Putukam. Habían cambiado el pasado, y el pasado había cambiado el futuro. Las paradojas no lo detenían. La gente de esta época dorada podía hacer más que observar, grabar y recordar.

Si así era, ¿qué había entonces de todo el sufrimiento que había visto a lo largo de todos estos años? ¿Podría haber algún medio de aliviarlo? Y si se podía cambiar, ¿cómo podría ella negarse? La habían formado. Era superstición, no significaba nada, y sin embargo no pudo comer esa noche, no pudo dormir pensando en esa oración cantada.

Tagiri se levantó de su esterilla y consultó la hora. Pasada la medianoche, y no podía dormir. Vigilancia del Pasado permitía a sus trabajadores, dondequiera que viviesen, hacerlo a la manera nativa, y la ciudad de Juba así lo había decidido, en la medida de lo posible. Así que ella dormía sobre juncos tejidos en una choza de frágiles paredes refrescada sólo por el viento. Pero esta noche soplaba la brisa, y la choza estaba fresca, así que no fue el calor lo que la despertó. Fue la oración de la aldea de Ankuash.

Se puso una túnica y se dirigió al laboratorio, donde otro turno también trabajaba hasta tarde: no había horas fijas de trabajo para la gente que jugaba de aquella forma con el fluir del tiempo. Le dijo a su TruSite que le mostrara de nuevo Ankuash, pero después de unos segundos no pudo soportarlo y cambió a otra escena. Colón, desembarcando en la costa de La Española. El naufragio de la Santa María. El fuerte que construyó para albergar a la tripulación que no pudo llevarse de regreso. Era triste ver de nuevo cómo la tripulación intentaba convertir en esclavos a los aldeanos, quienes simplemente escaparon; el secuestro de las jovencitas, las violaciones en masa hasta que las niñas murieron.

Entonces los indios de varias tribus empezaron a contraatacar. No era la guerra ritual para traer a casa víctimas que sacrificar. Ni tampoco una partida de guerra típica de los caribes. Era una nueva clase de guerra, una guerra punitiva. O tal vez no era tan nueva, advirtió Tagiri. Estas escenas, vistas muy a menudo, habían sido traducidas por completo y parecía que los nativos ya tenían un nombre para la guerra de aniquilación. La llamaban la «guerra de la aldea del hombre blanco de la estrella». La tripulación se despertó por la mañana y encontró los trozos de los cuerpos de sus centinelas diseminados por todo el fuerte y quinientos soldados indios ataviados con todo su esplendor dentro de la empalizada. Naturalmente, se rindieron.

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