Long John Silver
- Автор: Larsson Bjorn
- Язык: испанский
- Жанр: Морские приключения
Электронная книга - «Long John Silver». Краткое содержание книги:
Este hombre seductor, capaz de mil traiciones y siempre dispuesto a pactar para sobrevivir, nos cuenta ahora su intensa vida desde su retiro en la isla de Madagascar: así es como la magia de la letra impresa consigue hacernos llegar una autobiografía imposible y sin embargo tan real como las mejores páginas de la buena literatura.
Björn Larsson, escritor y navegante, es el autor de este doble salto mortal que nos regala la voz de Pata de Palo para que él mismo nos diga la verdad, y nada más que la verdad, sobre sus andanzas de hombre y marinero.
– Señor teniente -dijo el capitán Barlow como si hablara con un grumete-, todos podemos cometer errores, pero no creía yo que los hombres de la Marina Real fueran ciegos como gallinas. Mire las manos del chico. ¿Cree que las han tocado alguna vez el sol o la sal, la polea o la cuerda? ¿Verdad que no? Y mire la ropa del chico. ¿Desde cuándo ha empezado la Marina a vestir a sus marineros como espantapájaros, como si hubieran de ir a la escuela o a la iglesia?
Sin embargo, el oficial no daba su brazo a torcer y no parecía dispuesto a retractarse. Era evidente que temía quedar mal ante sus subordinados, que, curiosos, esperaban en el fondo.
– Con todos los respetos, capitán, ¡si usted supiera lo que llegan a hacer los desertores para salirse con la suya! Los he visto quemarse con vitriolo para que pareciera escorbuto, los he visto cortarse las carnes y romperse los huesos con tal de quedar inútiles para el servicio.
– ¿Y nunca se le ha ocurrido pensar en los motivos, teniente? -interrumpió el capitán Barlow.
El teniente arqueó las cejas. El capitán Barlow de nuevo había ido al grano -de eso, pese a mi juventud e ignorancia, me di perfecta cuenta-, aunque sin percatarse de que lo dicho era una clara apología de los desertores.
– Respondo por el chico como si fuera mi propio hijo -continuó Barlow.
Incluso yo comprendí que el capitán no entendía a la gente, y me preparé para lo peor. ¿Por qué no había dicho sencillamente que yo era hijo suyo? Por lo visto, no le gustaba mentir ni siquiera cuando era realmente necesario. «Al grano», ése era su lema, desde luego, aunque ya me diréis qué provecho sacábamos con ello, por muy razonable que fuera.
– Capitán -dijo el teniente, que había recobrado la seguridad en sí mismo-, lo cortés no quita lo valiente. Si usted responde por el chico será porque es un espléndido material para la Marina, supongo.
El capitán Barlow enderezó todo el cuerpo. Quizá comprendió que había sido manipulado, que había perdido su posición a barlovento por culpa de un error. Distinguí con toda claridad cómo se abría camino la ira entre todas sus arrugas, cómo se le estiraba la piel alrededor de la boca y se le tensaban las mandíbulas. El teniente cometió el error de creer que el resto era una cuestión de mera formalidad. Alargó el brazo hacia mí, pero antes de que la mano llegara a rozarme, la muñeca del teniente quedó sujeta en la presa que le hizo el capitán Barlow; al instante siguiente el brazo colgaba desarticulado. De golpe y porrazo estaba quebrado, y un trozo de hueso debía de sobresalir por la manga del uniforme del oficial, porque parecía una tienda de campaña. La expresión del teniente fue todo un espectáculo para los dioses. Sorpresa, dolor, incredulidad, rabia, humillación, miedo, todo a la vez.
– ¡Señores! -dijo el capitán Barlow a los marineros, que no habían tenido tiempo de ver y entender lo que había ocurrido-. El teniente ha sufrido un accidente. Se despistó al irse a reclinar sobre la mesa. Por desgracia, es algo que suele ocurrir si no se va con cuidado.
¡Por fin! El capitán Barlow no era peor que otros. Cuando era necesario también sabía inventarse unas cuantas cosas.
– Creo que será mejor que el cirujano de a bordo examine el brazo del teniente. ¿Quién sabe si no será necesario amputar?
El teniente se puso todavía más pálido.
– Capitán Barlow -se esforzó en decir con los labios sin color-, levantaré atestado del incidente.
– Hágalo -contestó el capitán Barlow alegremente-. Ojalá pueda escribir con la mano que le queda entera. Por lo demás, poco es lo concedido. Y sobre todo, no olvide decir que tuvo la desgracia de tropezar cuando le iba a estrechar la mano a un anciano de bien y a un chiquillo.
¿Es posible que viera una sonrisa en los labios de los marineros cuando se llevaban al teniente? Los marineros destinados a presionar probablemente habían sido elegidos con cuidado, pero no por eso se privaron de entender y valorar la humillación y la derrota de un superior.
– Por poco -dijo el capitán Barlow cuando se hubieron alejado-. Habría podido salir mal. Mucho tengo que agradecer a mis manos, más que a mi sentido común, que la verdad no vale gran cosa.
– Pero ¿no vamos a huir? -le pregunté acalorado-. ¿No van a volver?
– No creo. ¿Qué puede alegar ese pobre teniente en su defensa? ¿Que le venció un pobre viejo como yo y además con una sola mano? No, no sirve. Y supongamos que a pesar de todo el Estado Mayor quisiera investigar y nos encontrara a ti y a mí aquí. Estaría obligado a demostrar que tú eres un desertor. ¿Y qué pasaría con tus manos?
Me miré las manos. ¿Qué tenían de raro? El vio mi mirada y soltó una carcajada cloqueante.
– Tus manos son blancas como ovejas, delicadas como el culito de un bebé -dijo-. Ni una cicatriz, un arañazo, un callo, ni la menor huella de los libros que habrás llevado arriba y abajo. Así no son las manos de un lobo de mar, ni siquiera las de un grumete. ¡Mira las mías!
Puso sus manos sobre la mesa para mi contemplación. Y las miré fijamente. Eran un amasijo de cicatrices grandes y pequeñas que se cortaban unas a otras, y de curiosos dibujos que componían rizos y hendiduras, colinas y cerros. El color, marrón cobrizo como una piel recién desollada, daba a entender que se las había quemado con un hierro candente.
– Esto -dijo el capitán Barlow- son marcas de quemaduras de un marinero, que nunca se pueden ocultar ni hacer que desaparezcan. En la India llevan una marca en la frente para que se sepa a qué casta pertenece uno y otro y a qué tienen derecho. Nosotros no lo necesitamos. Tenemos nuestras manos. Y el que nos busca nos encuentra. Siempre puede reconocer a un marinero. Por eso, amigo mío, si no llegas a tener al capitán Barlow a tu lado, y no va a ser siempre así, cuando seas marinero has de saber que sólo hay un camino. No te emborraches nunca cuando la Marina esté cerca y apártate de ellos. Como marinero estás marcado, no lo olvides, no por la vida, sino por la muerte, incluso aunque haya quien sobreviva, como yo mismo.
Todo aquello recordé yo aquel día cuando empecé a mirarme las manos y olvidé para qué estaban hechas. Después de recordarlo todo lo escribí en un papel a la luz de la vieja lámpara de cardán colgada en el camarote del Walrus. Y después, cuando las últimas palabras del capitán Barlow quedaron plasmadas por escrito, comprendí también lo que había aprendido, lo más importante de todo: que iba a estar marcado para la vida, no para la muerte. Por eso decidí que mis manos nunca me delatarían. Me hice a la mar con guantes de piel untados en grasa. Se rieron de mí antes de temerme, pero cuando llegaba a tierra era yo quien disfrutaba de libertad. Cuando los demás eran vigilados, cazados y engañados por los delatores, los soplones, los confidentes y los vigilantes, yo me sentaba tranquilamente y saboreaba mi cerveza. Nadie entendía a John Silver, eso era seguro. Ante Dios afirmo que nadie lo ha conseguido nunca.
Capítulo 6
Así me libré de la presión ejercida por la Marina, y suerte que tuve. La mitad de los que reclutaban no volvía. Morían como si nunca hubieran vivido. El resto vivía a las órdenes de otros, y eso es peor que la muerte cuando uno quiere vivir, claro está. Si no, da lo mismo.
Abandoné al capitán Barlow a su suerte, como dirían por ahí; unas cervezas en una taberna, viejos recuerdos, claros la mayoría, y sus manos grandes, recubiertas de cicatrices, que poco a poco irían perdiendo la fuerza. Le dejé y no llegué a saber cuáles eran los capitanes de Glasgow que no odiaban a la gente en general, sino que se contentaban sólo con los marineros. Imaginaba que de todas maneras llegaría a enterarme. Pero me equivoqué de nuevo, y no hay peor pecado que engañarse a uno mismo. Si hay una lección que se me ha metido en la mollera a pesar de los pesares es pensar que no todo es bueno, sobre todo las personas, y por encima de todo uno mismo.